Kopk poj: el aliento de la montaña Capítulo 6. Brígida - vals #2
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Capítulo 6. Brígida - vals #2

»Yo acepté, Brij, aunque no entendía la naturaleza de la propuesta.

Tenía siete años (¿o eran catorce ya?) y nomás asentí con la cabeza.

¿Qué esperaba de un niño de esa edad? ¿Eso es una elección?

Nunca me hubiera separado de mi mamá, si en verdad hubiera podido elegir.

Estuve adentro tres días, aunque ahí no hay noches ni días.

Nomás hay unas estrellas brillantes, Tööjktëp, 11 que cantan de una manera para hacerte saber que es de día, y de otra para que sepas que es de noche.

Cuando salí, me descubrí tomando agua, pero de una cascada que no caía, nomás estaba quieta.

Observé a la distancia el pueblo al que quería y debía volver, pero me costaba reconocerlo.

Descansé un momento, porque no me había sentado desde que me levanté de la banca de la iglesia, hacía tres días con siete años.

Observé los bosques de niebla y el verde eterno como nunca los había visto.

No es cierto: sí los veía, pero nunca los había escuchado, no de verdad.

Mientras me refrescaba, reflexioné sobre una frase que escuché una vez en el mercado: de niña, el tiempo corría como la música en las flautas .

Corría en serio, porque vi mi reflejo en la cascada: un bigote incipiente había sido humedecido con el agua helada.

¿Cuántos años tenía yo? ¿El tiempo quiso correr tan deprisa o lo obligaron?

¿A qué edad nací? ¿El Hombre de Metal controlaba el tiempo o era una de las cosas que había aprendido a cantar y nosotros estamos olvidando?

Reinicié la caminata con pasos lentos, enlodados, pero con una firmeza que no es mía y que me ha acompañado desde entonces.

Mis acciones y mis palabras me son siempre extrañas: sólo la música que hago tiene sentido.

»El sol ya se había ocultado en ese momento.

Pálidas luces de quinqués iluminaban las casas más lujosas de Jyajöma'am, había ocotes encendidos en la mayoría y, en las menos favorecidas, sólo el brillo de los ojos.

Caminé como obligado por una fuerza física de atracción similar a la de la gravedad, que emanaba del pueblo.

Parecía que mis cansados miembros estuviesen hechos todos de hierro y no resistieran la fuerza del imán de la querencia.

Me sentí yo mismo metálico, aunque en ese momento no me incomodó.

Jyajöma'am me alegró y me causó una impresión parecida a la que deben sentir los akats 12 cuando vienen.

Pero yo soy más akats que cualquiera de ellos, porque la verdadera condición de akats es serlo de tu propio pueblo, con la extranjería como defecto congénito.

Yo ni siquiera sé dónde nací, ni cuándo.

¿Me guardó en ésa o en otra cueva por días-años hasta encontrar a quién regalarme?

La arquitectura del pueblo captó mi atención, las calles bien trazadas, evidencia de la mezcolanza entre naciones en estas tierras durante tantas generaciones, me parecieron merecer tapetes de piedra de río en fa menor, y me imaginé a qué sonarían mis pasos sobre los caminos empedrados y los pentagramas futuros.

La gigantesca roca gris, moteada de verde musgo, me saludó al llegar, y desde entonces me sonríe cada mañana.

Anyïkääts ya estaba ahí desde siempre, pero yo no le había prestado atención.

No pude evitar sentir un temor reverente hacia el santuario y tuve la certeza de que ahí dentro los días no duraban años sino siglos.

Me encaminé hacia el centro del pueblo, pues lo conocía bien, aunque no reconociera el nuevo palacio municipal.

Su fachada estaba estructurada en once arcos de estilo sencillo sin adornos, sostenidos por doce pilares.

No estaban pintadas estas columnas, como ahora, y me dieron la impresión de ser simplemente piedras de muy especial forma que el tiempo había labrado a través de incontables años o pocos días, como aquellas goteras de la cueva que caían hacia arriba y formaban figuras de bestias antiguas, cuyo nombre me enseñó Kopkjoot, pero no me atrevo a pronunciar.

»Luego caminé hacia la parroquia, atraído por los otros arcos de piedra cuyos picos apuntan al cielo y que fueron levantados como cerca alrededor de la propiedad que recibieran los dominicos un poco más de tres siglos antes.

¡Todo lo conocía pero se me hacía tan nuevo!

¡Cuántas melodías se me iban ya formando en la cabeza!

Los sedimentos rocosos del templo formaban una canción, con el musgo colgando de sus paredes exteriores, dándole un aspecto a la vez antiguo y a la vez rebosante de vida; el sencillo techo de dos aguas reclamaba alguna partitura, una por cada incendio que había padecido; los contrafuertes y el llanto de las campanas requerían un lamento sacro, solemne, en compás de himno: yo ya lo sabía desde entonces.

»A la entrada del curato alcancé a ver a un vigoroso individuo que se afanaba en barrer el lodo acumulado a la entrada de sus habitaciones, no importándole que fuera la suya una faena que cosecharía una victoria demasiado efímera, pues ya se anunciaba en el horizonte una tromba, y la que vendría después también.

No era el diocesano que me dio la comunión, sino Giovanni jovenazo y fuerte, recién llegado del mediodía italiano.

No lo saludé, nomás me paré frente a él, pero no me malmiró, más bien escondió en una amplia sonrisa la sorpresa y la compasión que yo le provoqué.

Él observaba en mí a un hombre taciturno, porque era ya un adulto quien se le presentaba y no el alegre niño que se había marchado hacía años.

Vio la estampa de un joven crecido, sí, pero sólo en estatura.

Sus ojos verdes intuían las adversidades místicas de donde yo venía, ante potestades que su mundo cristiano se esforzaba en negar, no por ignorancia, sino por estrategia: habían descubierto que para vencerlas se requerían callamientos y cercenamiento de las lenguas.

Por eso te pedí que no les hablaras en mixe a mis hijos, por eso tú y yo hablamos siempre en castellano, siguiendo el consejo de Giovanni.

Él creyó mi historia y, con eso, me devolvió a la realidad, a su realidad.

No me conocía, pero dijo que algo había sabido de mi desaparición.

Fue él quien me avisó que habían pasado siete años y que mis padres estaban muertos.

Yo había aceptado la propuesta tramposa del Hombre de Metal sobre todo para volver a ver a mi mamá: ya ves cómo fui engañado.

Giovanni me recomendó guardar el secreto, de nada serviría andar contando algo que ni él ni yo alcanzábamos a comprender.

Él le confirmó a la gente que según me habían llevado a estudiar a México, que por eso la música se me hacía tan fácil.

Desde entonces, el cura ha sido más bien mi hermano.

Sólo a él le había yo contado lo que ahora te narro: ¿quién otro me hubiera creído?

Me hubieran agarrado más coraje y miedo de lo que ya me tienen».

—Yo no tengo miedo, ni a ti ni al Hombre de Metal —le repetí.

—¡Perdí mi niñez, Brij! —aulló con el timbre agudo que se le sale cuando el niño perdido le gana al adulto todavía más extraviado—.

No en sentido figurado: se me cayó en la cueva, ahí me la quitaron, junto con mi madre.

El genio que poseo lo pagué con mucho más que sangre.

¿De qué voy a estar agradecido, si pagué por adelantado?

Si se hubiera llevado a cualquier otro, ¿escribiría como yo?

¿Hubiera formado a tantos músicos y compuesto tantas piezas?

Claro que no. Instrumento que llega, instrumento que aprendo a tocar.

¡El Maestro soy yo y éstos son mis dominios!

Cuando salgo del pueblo, disminuye mi esclarecimiento, es verdad, pero aquí, en este territorio, soy el mayor.

Todos los demás me son inferiores. Y ya no soy un niño, veremos si cuando venga, Kopkjoot me vuelve a asustar como cuando tenía siete y catorce años.

No le voy a dar así nomás lo que es mío, no suyo.