Capítulo 6. Brígida - vals
Brígida - vals
Recuerdo que mi mamá alegó cuando ya era inminente nuestro casorio:
—Ni siquiera se sabe quién es su familia —dijo amuinada.
—Cómo de que no —le respondió don Giovanni—, eran doña Felícitas y don…
—Lo tuvieron cuando ya estaban viejos y nadie supo que estuviera embarazada —lo interrumpió ella.
—Para mí que ni es de aquí y se los regalaron. Para mí que es un chinanteco que les fueron a aventar al mercado —completó mi papá, prejuicioso—. Luego se desapareció no sé cuántos años y tampoco se sabe a dónde fue.
Abuelita Nazaria me contó ese día lo que le iban diciendo los hongos: mis suegros no podían tener hijos, pero eran muy costumbristas.
Te pidieron por un hijo y se los concediste, por eso siempre te dejaban comidita en jícaras afuera de su casa.
Antes de sembrar, hacían sacrificio y tiraban mezcalito, por eso los animales nunca se metían en su milpa.
Mónico fue un obsequio para ellos, pero no lo encontraron desnutrido tirado afuera del mercado, donde mi suegra tenía su puestecito, como dice la gente.
Algunas personas decían que lo abandonaron cerca del puesto de atole y ahí lo encontró ella, que los abuelos no la pensaron y se lo llevaron a la casa.
Pero no es cierto: lo encontraron adentro de su casa, junto al metate, bien sanote y envuelto como pööjmï'ïk.
7 Mónico fue un regalo, pero también una ofrenda: una que apareció cantando, en vez de llorando.
Los abuelos pidieron y se les concedió. Rogaron por un hijo, pero no dijeron que uno suyo ni cuánto tiempo lo querían: debían ofrendarlo cuando les fuera indicado.
Recuerdo cómo abuelita Nazaria cerró un poco más los ojos y dijo, con una voz que no era la suya: «Oy kay oy uuk ëts yë'ë ntsëk n'ixït npaatït ku ëts ja vuxtöjtïk jööjnt min nyaktsoo'ni.
Oy këts jats oy ka'amay ëts yë'ë ntsëk. Xtukmuyoojxtinupts ëtsë'ë vanxïp». 8
Desde que llegaste reconocí esa voz, yo ya te había escuchado.
Tienes una voz profunda, como de trueno, parecida a la de Anyïkääts, pero no me asusta.
Yo sé que tú no eres malo. Lo que los hongos le dijeron a nana Nazaria coincide con lo que Mónico me platicó, de cuando te lo llevaste del pueblo cuando hizo su primera comunión.
Me contó, y yo le creí, que nomás se fue tres días, aunque cuando volvió habían pasado siete años.
Yo sabía de los rumores, pero nunca le pregunté nada.
Tampoco le pregunto de sus estancias prolongadas en los pueblos donde hace bandas, sólo le pido que no ande regando hijos.
Se lo digo más por molestarlo, porque yo sé que no tiene fuerza cuando se aleja de Jyajöma'am y le empieza a pesar el cuerpo.
Empezó a contarme, te decía, pero titubeaba mucho: «Nunca la volví a ver», lloraba al recordar a su mamá, por eso casi nunca hablaba de ella.
Se hacía el fuerte, pero en realidad era muy sentimental.
Volvió para buscarla en cuanto pudo, hecho ya un adulto a los catorce años, nomás para encontrarla fallecida, poco antes que su esposo.
Nunca fue la misma, le contaron como con reclamo: «Se murió tres años después de que te fuiste.
Pensamos que te habías perdido o que te habías muerto, pero ella decía que no tardabas en regresar, que te habías ido a estudiar».
Pero él qué culpa tenía, a él te lo llevaste sin preguntarle y ellos ni siquiera eran sus papás, aunque siempre afirmaron que era su hijo.
—Pero la verdad es que no —me confesó Mónico aquella vez—, yo lo sé porque él me lo contó, cuando caminábamos adentro de la cueva.
No era gente del pueblo la que me abandonó, sino que él mismo me llevó con los abuelos.
Ellos siempre dijeron que yo era su hijo, que habían rezado mucho y que era la respuesta a sus oraciones.
Muchos sospechaban y hubo chisme un rato, pero los abuelos no eran importantes, la gente pasó rápido a otra cosa.
Luego hizo una pausa larga, como arrepentido de estar hablando demás.
Estuvo callado un rato, lo cual no me incomodó porque era así con él: palabras muy concretas, puntuales preguntas para pedir cuentas y larguísimos silencios, de diferentes colores, según su humor.
Yo podía saber si estaba preocupado o triste por lo carmesí de estos silencios; o si, en cambio, eran verdosos y estaba más bien componiendo mentalmente alguna pieza o corrigiendo otra; si azulones eran de muina y mejor quitarse.
Ahora era blancuzco, dubitativo, aunque se esmeraba por no mostrarse débil.
—Felícitas es una esdrújula que sólo puede decirse con la tildecita sobre el regazo —se lamentó y volvió a callarse.
—Cuéntame, Mónico —le dije, aunque no entendía a qué se refería—, todo ese veneno se te va a atorar. Confía en mí. No tengo miedo ni te voy a regañar.
—A mí sí me da miedo, tengo pesadillas con su cara, pero procuro no pensar en eso.
El Hombre de Metal —así te dice— me mostró muchas cosas que no puedo contarte, Brígida.
No sabría cómo. Tendría que hablar de atrás para adelante para que me entendieras, como un tocadiscos girando al revés.
Adentro de la cueva todo se parecía a lo que yo conocía, pero a la vez era muy diferente.
Había tianguis y animales, pero ellos hablaban y lo que se vendía no eran cosas sino momentos, historias y sueños.
No es que fuera magia, más bien era como fue hace mucho aquí afuera también, antes de que llegaran los españoles a imponer el silencio, cuando el tiempo se movía de abajo para arriba y de arriba para abajo 9 y nadie lo forzaba a avanzar siempre hacia adelante (cuantimenos de izquierda a derecha, como en las líneas del tiempo).
El tiempo jugaba mucho ahí adentro (jugaba como un niño, quiero decir), la lumbre era fría, el agua de la lluvia caía tibia y no te mojaba, y las estrellas estaban en las lagunas.
»El Hombre de Metal —él piensa que eres hombre, aunque yo sé que puedes tomar la forma que quieras y que no eres ni hombre ni mujer, sino ambas— me dijo que se llamaba Kopkjoot, 10 pero que también tenía muchos otros nombres.
«Me gusta el que tú me pusiste, cuida que no te quede mejor a ti que a mí», me advirtió, aunque yo nomás lo había pensado sin decirlo en voz alta.
Es que el sonido que hacía al caminar era metálico, no sé cómo explicarlo.
Me dijo que le parecía buen nombre porque, a quienes no le pagaban, les ponía camisa y pantalón de hojalata, como armadura, y los dejaba en las barrancas, a esperar a que su ropa se desintegrara con el tiempo.
No podían quitársela y, sólo hasta que el tiempo la deshacía y quedaban desnudos, los liberaba de su deuda.
Mientras caminábamos, me enseñó muchísimas cosas y me abrió por primera vez los oídos al entendimiento.
Comprendí que la música es el nombre verdadero de las cosas, cosas que sólo están vivas cuando aprendes a nombrarlas.
Pero me advirtió desde el principio que nada de aquello se trataba de mí:
»Grábatelo: no te vanaglories, tú no eres el importante.
Te traje acá para preparar la llegada de otro, uno mayor, si se llega a dar.
Yo puedo sembrarlo en donde yo quiera, pero no puedo deshierbarlo ni ponerle abono, no me es permitido intervenir en su crecimiento, ni cuidarlo de las plagas ni de que le pegue mucho el sol o se ahogue con demasiada lluvia.
Yo también tengo límites: debo actuar de manera indirecta.
A ti te va a tocar enseñarle lo que yo te he mostrado, prepararlo para cuando tengas que ofrendármelo, en el momento que yo te diga, sin quejas ni condiciones, así como tus padrinos hicieron contigo.
Hasta ahora, la milpa la he sembrado en muchos lugares, pero en ninguna he piscado la mazorca que busco.
Si no lo logro, todos los cantos que tengo a mi cuidado van a desaparecer. Yo mismo dejaré de ser entonado.
»Cuando llegamos al río, antes de los campos de flores, se detuvo y me dijo:
»Tienes dos opciones: acepta y serás importante, podrás crear con la fuerza de mi pensamiento; o rechaza y quédate a cuidar mis flores.
No es una mala vida, es más de lo que la mayoría tiene, pero no vas a poder salir de la cueva, ni para ir a comer tamales.
Hace mucho que tenías que venir, moriste sin recibir nombre-día, pero los lamentos de Felícitas me mostraron una posibilidad y decidí salvarte para responder a sus ruegos.
Elige libre, pero cuídate de aceptar y después fallarme, porque te traeré de vuelta, pero ya no para cultivar mi floresta: te castigaré a ti y a tu descendencia.