Kopk poj: el aliento de la montaña Capítulo 4. El Hombre de Metal - aire regional
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Capítulo 4. El Hombre de Metal - aire regional

El Hombre de Metal - aire regional

Se revuelca Mónico jugando a las canicas.

Mediocre inicio para un relato, pero excelente para el niño, pues va ganando.

Nada lo distingue de sus compañeros: cabello negro y necio, corte a lo paisano y cara chimeca.

Aunque, si él no resalta, sí lo hace su kutsa —la diminuta canica color agua traslúcida, con vivos verdes—, herramienta de sus más grandes victorias, harto codiciada por los rivales.

El chimeco se concentra, frunce el ceño, analiza las posiciones, traza mentalmente los ángulos, pone las rodillas sobre el suelo, saca la lengua: dispara y gana la canica preferida de su contrincante, pues el juego era de adeveras.

Y ya se va, ganón y saltarín. Corre para reunirse con Felícitas, una anciana que vende atole, café y tamales en el mercado.

La mujer despliega un porte frondoso, robusto y enérgico que contrasta con la frente barbechada y la niebla en los cabellos.

En el rostro moreno, ovalado, curtido por el sol y por los fríos, un ceño estricto pero bondadoso, con esa aparente apacibilidad propia de las personalidades recias cuando las alcanzan los años.

Aunque intuye la majestuosidad, Mónico tiene naturalizado el tamaño del mercado. Divisa pronto a la anciana, sentada bajo un oyamel: se ha vendido todo, buena noticia. Pero, en vez de retirarse a su casa, como tienen por costumbre, ella se levanta y le dice al niño:

—Dame la mano, vamos a entrar al mercado y te puedes perder.

—¿A dónde vamos, ma?

—A un mandado, apúrate.

—¿Qué mandado?

—Es una sorpresa.

—¿Para mí?

—¡Ay, qué preguntón eres! Rápido, camina, dame la mano.

El niño obedece y la sigue a paso veloz, silbando fragmentos de sones serranos diferentes que en su mente se confunden en uno solo. La señora se interna en los laberintos del mercado sin detenerse una sola vez para orientarse. Su acompañante la mira con asombro y orgullo.

—Ma, usted no se pierde, ¿verdad?

—A veces sí, pero no es malo perderse si se encuentra el camino de vuelta.

El chamaco no hace una nueva pregunta, pero ella nota el destello que emana de los ojos oscuros.

Aquella expresión suele acudir al rostro del pequeño cuando se queda sin saber qué pregunta hacer a continuación, y es evidente el esfuerzo mental por descifrar las palabras, quién sabe si ominosas o esperanzadoras.

Estos momentos constituyen un gozo tortuoso para ella, pues se dice que siempre que tenga algo para enseñar al vivaracho pequeñito, el día temido no llegará aún. Así se consuela para sus adentros.

Después de recorrer, doblando un par de veces, varias hileras de puestos, la pareja llega a la sección de los textiles y prendas de vestir, casi en el extremo oriental inferior del gran tianguis.

Conforme el niño camina, se reflejan en su rostro todas las emociones que pasan por su corazón.

Me va a comprar ropa. Ese sombrero forrado con nailon.

No, no, está viendo la chamarra de borrega, se dice.

Así se suceden las ilusiones y los desengaños conforme se acercan y alejan de alguna pieza que le agrada, pero ella continúa caminando sin voltear a ver las prendas, para desazón de Mónico.

Al fin, llegan al puesto buscado, cuando las esperanzas del niño casi se han extinguido.

El local es atendido por un hombre de mediana edad y barba rala:

—Quiubo, Mónico —las choca con el chimeco—. Tía Felícitas, buenos días. ¿Trae café?

—Buenos días, Cele. No, ya se me terminó. Pero no venía a eso, vengo a comprarte tela para mi hijo. Muéstrame lienzos completos —enfatiza—, por favor: va a hacer su primera comunión.

Quien ha sido niño y recuerde el alborozo que hincha los pulmones cuando se tiene al alcance un bien encandilador, un juguete, un objeto hasta ese momento inalcanzable, puede darse una idea del haz de alegría brotando del pequeño Mónico.

Es el gozo una sustancia cuyas dimensiones se mantienen en la edad primera y en la adultez.

Por eso, a los niños no les cabe en su pechito y se les derrama sobre todas las fibras del cuerpo.

Tristemente, el paso de los años y el crecimiento de la cavidad torácica imposibilitan, después, el desborde del júbilo desde el plexo solar.

El pequeñito, extasiado de felicidad, siente que el pecho se le revienta, no atina a hacer ninguna pregunta, pero no ya porque se le presente un acertijo, sino por una auténtica conmoción.

—Por una vez te has quedado mudo, ja, ja —lo provoca la anciana, de guasa—. Ojalá pudiera yo tener más seguido esta paz que se siente cuando aprietas los labios.

—¿Pero no está muy chiquito? —pregunta Celedonio, el vendedor, sin esperar respuesta—. Mire ésta, tía , es la que vino a comprar tía Martina, se llevó para sus dos hijos.

—Es muy bonita, ¿cuál es su precio?

—Son cuatro pesos por cada vara, se necesitan dos varas para el pantalón y la camisa, o cuatro si quiere hacerle saco —responde el vendedor, mas, mirando el rostro de la compradora o preguntona (no hay nada seguro todavía), recompone con presteza—; pero mire, vamos a hacer algo: también tengo ésta que cuesta dos pesos la vara, así que con ocho le alcanza para el trajecito completo.

—Mmm, sólo tengo seis pesos y aun habría que pagarle a alguien por el saco. No sé hacer sacos. No había pensado en el saco.

—No se preocupe, mire, vamos a hacer algo: deme los seis que trae y se lleva las cuatro piezas. También puedo hablar con Manuel para que le haga fiado el saco, al fin que me debe varios favores.

—No, Cele. Vine a comprar, no a pedir regalado —responde lacónica, indignada. Se propuso hacer ella misma el traje y así lo va a hacer—. Dame dos tantos de ésta, por favor

—Como usted diga. De todos modos, voy a guardar la tela. Si quiere el resto, nomás me avisa.

Se despiden el hombre, la mujer y el niño con la cabeza de cada cual reposando sobre superficies muy distintas.

Celedonio piensa que la tela amarillenta que supuestamente va a reservar, semitransparente por lo separado de las costuras, es difícil de vender, de cualquier manera.

Doña Felícitas camina cabizbaja: el gusto de confeccionarle ella misma un atuendo a su chimequito se le ha agriado por no prever el chingado saco.

Seguro que todos los niños irán con saco, menos él, se dice frustrada, obsesionada con el descuido.

¿Por qué no pensé antes en el saco?, se lamenta y voltea para mirarlo.

Al instante torna su enojo en alegría, porque el niño flota ensoñado.

Una vez puesta su ropa nueva de primera comunión, se dice, no se la quitará hasta que le hagan un traje para la segunda.

—¿En qué piensas? ¡Fíjate dónde pones el pie! ¡Vas a llegar todo enlodado! —dice intentando parecer severa, mientras una risa diáfana le brota contra su voluntad.

—¿De qué se ríe, ma? —pregunta el pequeño, expulsado de la ensoñación por la risa de Felícitas.

—No me estoy riendo, te digo que te fijes por dónde caminas —continúa ella fingiendo severidad.

—Ma, ¿qué es la primera comunión? —sigue él sin acusar recibo de la reprensión.

—La comunión es, ejem, bueno es… cuando la gente se forma en la iglesia, ¿has visto?, se forman para comulgar. La catequista te lo va a explicar, antes de hacer la primera comunión ellos te enseñan.

—¿Cuántas veces ha hecho usted la primera comunión?

—La primera comunión sólo se hace una vez, su nombre lo dice.

—Y usted, ¿cuántas comuniones ha hecho?

—Muchas, no llevo la cuenta.

—¿Más de mil?

—A lo mejor, no he contado.

—¿Y por qué nunca estrena traje?

La Anciana y el niño atraviesan juntos la zona poblada de Santa María: suben, siguen subiendo, doblan a la izquierda y luego vuelven a subir, hasta llegar al extremo noroeste del pueblo.

Un hombre patizambo, de manos cortas y regordetas —malas para las canicas—, más viejo que Felícitas, los espera sentado a la entrada de su vivienda: el techo de palma, las dos puertas y las cuatro ventanas —de madera— complementan la piedra de que está hecha.

—¿Cómo les fue? —pregunta examinando el rostro del infante con curiosidad.

—¡Muy bien! ¡Mamá me compró tela nueva para hacer mi primera comunión! —explica—. ¿Cuándo la tendrá lista? —voltea hacia la anciana, incontenible—. ¿Mañana?

—Ten paciencia, hijo, yo coso despacio para que quede bien —responde la anciana, mientras los ojos negros del pequeño desprenden aquel fulgor balsámico para las tribulaciones de los viejos.

—Ya te inscribimos al curso de preparación —informa el anciano—, mañana empiezas. Irás al curato y ahí podrás torturar a alguien más con todas las preguntas con que nos atormentas a nosotros. El traje vas a verlo hasta que tengas que probártelo.

Ambos ancianos entran a su feliz casa, pues felices son desde que llegó Mónico hace siete años, desde que su hogar está completo, tras tanta pedidera.

Una galera contiene, en una mitad: el brasero, el fogón y el leñero encima, junto con el trasterío y una mesa para comer; y, en la otra: en una esquina, una bodega y, frente a ésta, un par de tablas largas sostenidas en sus extremos por pequeños horcones —las cuales se retiran por las noches para colocar los petates—.

Este rincón tiene la puerta principal y la bodega una trasera secundaria que, tras una veintena de pasos, desemboca en el coscomate, un poco más allá en un gallinero y culmina en una letrina de madera, con hule colgante como puerta.

Tal es el edificio y el pueblo donde Mónico se ha criado, en compañía de los viejos.

Ya es el día siguiente. El niño se levanta temprano, medio se lava la cara, desayuna y corre hacia el curato para iniciar la catequesis.

La doctrina —así llaman al curso de preparación— reúne a diez niños y niñas, once con aquel semichimeco preguntón, hoy silencioso ante el cúmulo de nuevos términos y conceptos.