Mumäjtsk vaktany (segunda pausa)
Mumäjtsk va'ktany (segunda pausa)
—Un judío llega al cielo —dice Ixyam mientras esboza una sonrisa, la primera que se le va a asomar en días, si es que llega a formarse.
Ella lo mira de reojo, a través del espejo redondo de la habitación, con una mezcla de piedad y aversión: la vista del cabello quebradizo, las marcadas ojeras violáceas, la palidez por falta de sol, la barba hirsuta y llena de orzuela, y el olor del desodorante derrotado, le duelen tanto como le molestan.
Sabe que está sufriendo, pero no puede evitar el pensamiento: Ya no es Ixyam.
Siente un rencor involuntario cada vez más difícil de ocultar, un sentimiento de haber sido engañada, de un enamoramiento basado en medias verdades.
Porque podía ser encantador cuando se lo proponía —¿toda máscara es una mentira?
—, cuando la personalidad juguetona flotaba en la superficie y unas carcajadas diáfanas sustituían gruñidos dolientes y dardos sarcásticos, cuando ocultaba el dolor y la muina con cariños y bobadas traviesas, tiernas.
Pero hace días que no se molesta en simular un momento la alegría —¿toda alegría es una máscara?
—, puras muecas torcidas y humor dizque negro:
―Eso ni es chiste, es un cuento moralista. Peor: es un reclamo ―comenta sin reír, mientras culmina su trenza, se coloca una liga roja en la punta y abre un cofre con aretes, dispuesta a seleccionar algunos elegantes. Elige unos con forma de mazorca morada.
―Sí es un chiste, pero con varias capas.
Las anécdotas graciosas, los chistes locales, no se entienden a menos que uno los haya presenciado, ¿no?
La gracia es compartida por un grupo de confidentes, testigos presenciales.
El Inexistente no estaba ahí durante el Holocausto, porque si hubiese estado no lo hubiera permitido, ¿verdad?
Andaría ocupado en cosas más importantes porque, si en efecto estaba presente, ¿con qué clase de sadismo omnipotente tenemos que lidiar?
—Gracias por mansplicarlo —replica sarcástica, mirando hacia el espejo para evaluar la partitura central del peinado y la posición de los lentes también redondos—, porque es un chiste que sólo funciona explicado, y chiste que requiere explicación…
—Sí, pero creo que debe explicarse, no porque sea difícil de entender, sino porque el oyente encuentra en la explicación el permiso para reírse (o deja de sentirse mal si le pareció gracioso); como dijiste, es una sátira teológica, mas no una burla de la tragedia. Ridiculiza la fe, no el sufrimiento.
—Es ingenioso, te lo concedo… ¿Es tuyo? ―por fin voltea, girándose sobre su asiento sin respaldo.
―No, san Ricky Gervais se lo cuenta a Seinfeld, que es judío. Seinfeld le pregunta lo mismo antes de reírse: «¿Es tuyo?».
Los ojos se encuentran al fin y la risotada resuena con…
¿qué? No es acritud ni rabia contenida. No es la risa diabólica de Heathcliff, ni la fanática de Joseph, ni la histérica de Catherine.
Es la risa de quien abraza el absurdo y se solaza en el sinsentido (¿la de Nelly Dean?).
Es la expresión de un rencoroso (Hindley, pero menos violento), una ferocidad atemperada, quizá a tiempo de salvarse (eso es: ¡como Hareton!).
Las imágenes y los personajes del libro con el cual ella ejercita el arte de la fuga en estos días se combinan con el tufo medicamentoso del aire encerrado, de habitación de enfermo, y le importunan la nariz y la entraña.
Siente repulsión. Quiere vomitar, pero la arcada apenas contenida la avergüenza, le sabe incorrecta y, por eso, la siente doble: Me hubieras advertido que esto se ponía así de feo, quiere increparle, pero adivina, hastiada, la respuesta: «Te lo advertí y no quisiste creerme.
Pensaste que podrías soportarlo. Quisiste salvarme».
Además, es justo eso lo que más le duele, el hecho de que él nunca le haya pedido que se quede.
Si no fuera porque pasó una noche particularmente mala, hoy mismo se iría.
Lo viene pensando desde hace semanas. Con todo, aún la traspasan los quejidos de la madrugada, los gemidos escapados sólo durante la inconciencia, pinceladas de aquel horror particular ―incomunicable como todas las aflicciones―; esbozos fugados de lo más profundo de su dolor, cuando Ixyam Dolor logra conciliar el sueño y pierde el control sobre sí mismo.
En esos momentos de mayor indefensión la invaden los deseos de abrazarlo, de curarlo.
Quisiera apretujarlo y romperlo, y al romperlo liberarlo de ese pobre cuerpo.
Porque está convencida: ni él es ese cuerpo ni ella va a quedarse nomás para ser una enfermera.
Esto es una relación de pareja, no de cuidados hospitalarios.
O al menos eso era. No es justo. Hoy no va a dejarlo, mañana quién sabe.
—Antes de que te vayas, escucha —le dice Ixyam, adivinando los pensamientos.
Ella vuelve. Regresa del sabor agrio y aceitoso que trae en la lengua. Hoy no me iré, pero no puedo mantener yo sola esta relación, necesito al menos ver esfuerzo de tu parte, aunque sea mínimo…, quiere decirle, aunque su media sonrisa, pícara, la desarma y, en vez de amenazar, lo invita:
—Vamos a desayunar antes de que me vaya… a trabajar. Aprovecha que despertaste con ánimo —acentúa la ironía y traza un plan―. Luego puedes ponerte a escribir, para que no estés acostado todo el día. Hoy hay asamblea, regreso tarde.
—Espera, por favor. De eso quiero hablarte, del libro. Kumaapa dice que me concentre en los hermanos, pero no se trata de ellos. Bueno, sí, pero por herencia. Quiero que los lectores…
―Ah, ¿ya tienes lectores?
―Bueno, si llega a haberlos, que tracen mentalmente un árbol genealógico…
―Conociéndote, un viejo Hombre-Sauce gigante.
―No, más bien un brezo jorobado, inclinado por el viento, como los de las Cumbres borrascosas que estás leyendo.
―Bueno, pero ¿qué con eso? Tienes una petición diferente cada semana, pobres lectores-si-llega-a-haberlos.
―Bueno ―la imita―, antes que escritor, tengo oficio de pedinche. Justo ahorita necesito esomeprazol. ¿Todavía queda?
―Vamos a comer y ahí te la paso. Levántate que se me va a hacer tarde.
Ahí me explicas lo del brezal, a ver si con eso arreglas el problema del personaje Narrador.
Yo no acabo de entender quién es y me desespera.
Aunque ya me dijiste que su nombre es Legión, y que no es confiable, y que los flujos de conciencia y las matrioskas narrativas de Brontë y todo eso…
Más bien parece que a veces es uno y a veces otro, en ocasiones se esconde y luego se te escapa y se muestra sin querer, hace comentarios que desestabilizan la lectura.
Como que se crece de repente y se entromete sin justificación, nomás por endiosado. Decídete.
―¿Yo o Narrador?
―¿Ahora eres parte de las voces narrativas?
―¡Sí! Y tú también, desde hace unos párrafos ―se sienta Ixyam al filo de la cama, emocionado.
De a poco, provocado con precisión casi quirúrgica por Jotvij (incisión más habilidosa por hacerla parecer fortuita), se ha ido levantando: primero se había sentado y ahora, parado ya, busca las chanclas con un pie, causando ligeras punzadas en el tobillo pivote―.
Quiero ensayar una polifonía barroca, en capas, que hasta llegue a platicar consigo misma.
Daniel Sada marcaba las voces narrativas con cursivas, negritas o subrayados, cuando quería distinguirlas (cosa que casi nunca quería).
―No sé si llamar barroca a tu fraseología, la verdad.
Podrías lograr ese efecto que dices haciendo hablar a los narradores en idiomas diferentes.
Usa el mixe, al fin que los lectores-si-llega-a-haberlos no te van a entender ni en castellano ―continúa ella el desafío, entre sarcástica y contagiada de gusto.
―No he dicho que sean narradores en plural, igual sí, igual y no.
A lo mejor nomás es uno neurótico. Salió a pasear por un bosque de pinocotes y en ese bosque surgió una quemazón o él mismo se echó un Lucky, lo tiró prendido, quemó el bosque y él también se está incendiando, pero no deja de narrar.
Capaz que es el fuego el que está narrando, o el pinocote canta con voz fogosa, pero no de quemado.
Igual es todo una burlería y el narrador se divierte tanto con su misma narración que no puede evitar carcajearse, y las carcajadas se le desbordan igual que las lágrimas cuando se entristece.
Pero si, yendo que va, se le derraman, no es por descuido ni por descortesía: es pura incontinencia.
No son voces sino cambios en el ánimo. A lo mejor es alguna especie de tso'ok: 2 de día señora respetable, partera arreglamolleras, y de noche miisto 3 o tïïx 4 ...
Puede ser que quiera tanto a sus personajes que no soporta sus penas (las que les doy yo, no él) y se esconde cuando éstas se vuelven insoportables.
Después vuelve cuando la narración no es un reto, el muy cobarde…
Jotvij, viéndose triunfadora en la incitación, se preocupa por algún paso en falso del enfermo (se atrapa a sí misma pensándolo así).
Se acerca a Ixyam (¡así es como se llama!) y lo toma del brazo.
Con cierta presión lo dirige hacia la cocina.
Él se quita, tosco, las manos, pero se recarga en el hombro y camina con ella: