Kopk poj: el aliento de la montaña Capítulo 3. Naaytum - marcha fúnebre
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Capítulo 3. Naaytum - marcha fúnebre

No hay silencio ni bullicio, sólo piedra aparente , memoria y sonidos intermitentes.

Las tejas crujen. Un trozo de repello se despega indolente del muro y cae al suelo de tierra.

Las láminas repiten los pasos de los pájaros y los cantos de éstos sobreviven a los altavoces del pueblo.

Pasa un ratón entre las trabes de madera, a toda velocidad: no se detiene, sabe de sobra que no hay alimento aquí, en esta casa encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo .

La luz de los focos se mantiene color aire.

Las llaves, deseosas de abrir al menos un recuerdo, cuelgan inseguras de los clavos oxidados, mientras las telarañas reclaman espacios alguna vez prohibidos.

Sombreros de diario y de etiqueta se enmohecen al mismo ritmo.

Los santos ya nomás pueden bendecirse entre ellos y miran desesperados el polvo acumulado entre sus ropas de yeso.

Las personas en los retratos observan compadecidas hacia las habitaciones, mirando un tiempo tan arrinconado como ellos.

En el patio caen solas las anonas y se pudren en el suelo.

La piedra de afilar se ha llenado de musgo.

El chichicaxtle crecido mendiga una piel para besar.

Muda la casa observa, muda sobrevive. ¿A dónde fueron las chapas encendidas de Carmelita y sus canas amarillentas como luna menguante?

¿En qué mesas recalan ahora las notas y las culpas de Mónico?

Los hijos padecieron el aliento de la vida y luego se liberaron de él, cada quien a su ritmo.

La autoinmolación de Brígida, estéril, retumba en el mutismo vetusto de la vieja morada.

Sin nadie para hacer la costumbre, sin alguien para mantener el faro luminoso de la tradición, ninguno ha vuelto a emerger de entre las brumas, desde el litoral ecotono de la muerte.