Capítulo 2. El deslenguamiento - obertura #4
El Maestro, convertido en inspector Clouseau, hizo gala de temple y esperó hasta la siguiente festividad del pueblo, la fiesta chica de enero, para explorar las minas del rey Filarmón.
Preparó, para la tradicional audición musical del último día de festejos —convivencia y competencia entre las bandas filarmónicas visitantes y la local—, un vals grisáceo (por triste y deslustrado) que intituló, con simpleza maquiavélica: Brígida , sabedor de la obnubilación que causaría en Filarmónico.
Durante los preparativos del concierto, el Maestro ordenó ensayos a puerta cerrada pues, explicaba, deseaba que la presentación oficial fuese, en la medida de lo posible, novedosa, para mayor deleite de los asistentes.
Llegada la noche del evento, durante los primeros intercambios cadenciosos, rounds apenas de estudio entre los directores, Mónico anunció una indisposición no del todo imprevista, a causa de la desgarradora herida recidiva en la boca del estómago.
Delegaba, por consiguiente, la dirección y el estreno del vals en uno de los maestros visitantes, en quien confiaba plenamente y a quien consideraba el mejor —dicho esto al oído, sabedor de la debilidad de aquél por los halagos—.
Complementó la petición con la entrega de las partituras, un abrazo y palmadas condescendientes en la nuca, como espíritu regio deferente ante un subalterno a quien honra con una tarea vulgar —inferior no por falto de talento o de conocimientos, sino por el simple infortunio de haber nacido en la misma época que el mayor de todos—.
Magnánimo, con la misma actitud señorial afectada, hizo seña a Carmen (con Armonio en el regazo, dormido) para librarla de su responsabilidad de enfermera (además de madre, cocinera, costurera, administradora, consejera, secretaria y albacea) y permitirle, con galantería, permanecer en el concierto.
Conforme al plan, se aseguró al retirarse de que toda la gente —sobre todo el hijo mayor— lo vieran dirigirse hacia su hogar y, cuando se sintió libre de miradas metiches, usando vías oblicuas, se encaminó veloz hacia el hoyo negro que se tragó la silueta de Fila meses atrás.
Enllegando, tras poco batallar, desenmascaró la puerta oculta —lámina circular cubierta con lodo y pasto—.
Se adentró y perdió un huarache, pero no se detuvo.
Como fray Juan María de Salvatierra —quien con el pie derecho mancilló el oasis de Mulegé y sentenció casi a la extinción a los cochimíes—, condenó, con sólo hollarlo, el feudo del hijo malogrado.
Ya en el pasadizo, el invasor encendió la linterna metálica de pilotas amarillas Rayovac que cargaba siempre consigo y gateó hasta el fondo.
Bajó los escalones de madera adaptados por el soberano en peligro de deposición y posó en la estancia primero el pie descalzo: hombre de una sola sandalia —perdición de Pelias y Medea—, los papeles volteados con su Filarmónico.
Observó asombrado las paredes, el espacio conservado y ordenado y los materiales maximizados: la cama y el vellocino (no de oro ni de carnero, sino de cuero y de chivo) que la cubría, la ropa, los cuencos con agua, la frutería de la estación, las reservas de petróleo, los ocotes para tizón, los cirios, la mesa llena de papeles —la mayoría pautados a mano— y, sobre todo, la Parker 51: obsequio de bautizo de don Giovanni para un Filarmónico bebé y sus padres culecos.
El contento y la ternura iban venciendo a la cautela y la desconfianza, el miedo y la dureza filtraban como las goteras de agua potable.
Orgulloso como no se había sentido en años, Mónico esculcó un hato de hojas: se trataba de ejercicios autodidactas, experimentaciones y composiciones medianas, nada despreciables en aquellas condiciones.
Con el pecho henchido, viró hacia el viejo cuaderno pautado de pasta lila y que, ahora, tenía engrapadas hojas con apariencia de mayor trabajo y reescrituración.
Lo abrió, lo hojeó y, llegado a cierta página, palideció.
La expresión un rayo lo atravesó no es suficiente, es necesaria otra —¿xïpïtoki?
— 20 para dar cuenta de la descarga eléctrica, la paraplejía y el cimbramiento de espíritu que sacudió a Mónico, el empequeñecido.
Como cuando Félix quitaba el péndulo al reloj, lo dejaba mudo y los Moncada se volvían memorias de sí mismos en Los recuerdos del porvenir , el hasta entonces más grande de todos cayó hacia un tiempo sin tiempo y fueron formándose en su mente, ya sin mandato de su voluntad, las imágenes musicales, las metáforas melódicas y los sonidos actanciales, habitantes del mundo de lo simbólico, imaginados durante numerosas jornadas por el renacido en este mismo escenario, desde aquella tarde de octubre marcada con el vozarrón relampagueante de Anyïkääts jubiloso, tal y como había sido vaticinado.
Sucedían en Santa María Jyajöma'am, al mismo tiempo, dos conciertos: descripción inexacta.
Dos desconciertos: mejor. Un concierto y dos desconciertos: todavía insuficiente.
Un concierto, dos desconciertos y un… ¿qué?
¿Con qué sintagma nominal adjetivar la situación?
: ¿torcimiento de lógicas concertistas?, ¿subversión de jerarquías?
, ¿reconfiguración vital?, ¿transfiguración?
, ¿descubrimiento trascendental?, ¿retorno inmanente?
, ¿constatación cósmica? ¿Cómo explicar el gozo horripilante de Mónico en aquel fugaz eterno?
Por principio de cuentas, ¿qué estaba haciendo?
: ¿filología acústica?, ¿un palimpsesto con una escritura magistral sobre su mente borroneada, degradada?
Peor aún, ¿cómo describir la música?: habría que transcribir completa la partitura. ¿Podía don Mónico, el gran Maes…