Capítulo 2. El deslenguamiento - obertura #3
En las penumbras de aquel reino escondido también se le aparecía la cabeza flotante —viijnmook amook, viijntsipïn atsipïn—, 18 el fantasma que lo atosigaba desde hacía años y no se iba con ninguna cantidad ingente de licor.
Súbitos se tornaban corpóreos, lo atenazaban y se carcajeaban de él, cobraban realidad las figuraciones o recuerdos (quién sabe cuál) de aquella mañana maldita cuando volvieron a su casa y no encontraron a Brígida.
No obstante, a diferencia del resto de los lugares en donde lo atacaba la entidad (sobre todo en su casa), acá se tornaba bondadosa, le esclarecía su potestad sobre los reinos de la memoria y la ficción —ambas hijas del mismo espíritu creativo—.
Fila volteaba la mesa —improvisada con adobes y tablas para cama— y el pequeño exorcismo direccional le permitía seguir escribiendo, lleno de gozo y orgullo por la gesta, sin temerle ya a la aparición: muy al contrario, dejándose conducir por ella.
En aquel escritorio , con el aroma a queroseno y con el fuego neonato en su entraña, Filarmónico el mermado, el quebrado, el cobarde, pasó de apolónico a homérico.
Recompuso. Porque justo eso hizo: compuso en el sentido más artístico, estético y hasta ontológico, una música propia de ainur : moldeadora de mundos y sucesos, de lógicas y consecuencias, de tiempos y posibilidades.
También, y sobre todo, se compuso a sí mismo: se tronó la columna mediante la composición, en operación quiropráctica mística, y se irguió sin vergüenza, restaurando la sustancia —intacta aunque enterrada— que lo sostenía y conformaba.
Que el favorito del padre fuera Sulfato de Armonio —otro apodo juguetón, éste más ácido—, el hijo y estudiante modelo preferido por don Mónico.
Que éste sustituyera a Brígida —asegún el amor de su vida— con Carmen.
Qué más daba si Filarmónico tenía para sí, y para nadie más, aquel rincón en cuyos confines llegó a rozar la plenitud.
Apenas se volviera más fuerte (estaba seguro de que iba a pasar, conforme absorbiera el poder del antiguo centro ceremonial que Fila percibía, aunque no conociera el origen de la sensación), se manifestaría ante el pueblo en toda su potencia y reclamaría el respeto que le escatimaban, así como la posición correspondiente a la derecha de su padre y en la historia: ¡ya se aprenderían todos la leyenda de Filarmónico!
Pero la temperancia, las ausencias prolongadas y las rondas en las cercanías de la escuela de música, cada vez más descaradas, no pasaron desapercibidas para el Maestro.
Fingiendo no prestar atención se enteraba, con aquel oído privilegiado, de muchas habladas: ¿Qué le pasaba recientemente al hijo de don Mónico, el borrachito?
Ya casi no tomaba, se notaba más sereno, limpio.
Se le veía por aquí y por allá, en las casas donde la banda municipal cumplía con algún compromiso, observando y escuchando con mucha atención, casi siempre sin beber.
Pero ¿a dónde iba cuando se perdía durante días?
Nadie sabía. No faltaron los intentos de seguirlo, algunos incentivados por el director de la banda, de maneras sutiles e indirectas, mas todos acabaron burlados.
Más de un par de sus compinches intentaron descubrir el secreto y, al no poder hacerlo, hablaron incluso de un pacto con el Cerro, ¿qué otra explicación podía haber?
: «Tiene trato con Kukojm», 19 decían los bien intencionados; «O con algo malo, con el diablo», «Capaz es un kumantök», «Algo tenebroso está sucediendo, esa familia está maldita», secundaban los mal pensados.
La desconfianza se tornó en preocupación paternal: ¿lidiaba su hijo con su propio Mefistófeles?
Se resolvió a descubrirlo, con paciencia, sigilo y mucha cautela, de a poquito.
Durante su apogeo y después de éste, nadie cuestionó nunca la grandeza de Mónico —grabada en letras doradas y con mayúsculas en la memoria de la comunidad, literalmente, pues la cancha municipal después llevó su nombre—.
Sin embargo, en su juventud, hubo quien sugirió una característica, vestida más de virtud que defecto: la obra moniciana era resultado de una mente industriosa, obsesiva, barroca.
Sí, se trataba de un genio, mas de uno artesanal, metódico y obrero.
Más Sada que Rulfo, el talento de Mónico tenía directa correspondencia en un intelecto maquinal, estudioso e infatigable, insaciable.
Y, cuando tal capacidad de obsesión se reposó sobre el asunto de la renovación carismática de Fila, era sólo cuestión de tiempo.
El Maestro se enfocó en el asunto sin arriesgarse a contribuir, con rondines o rastreos, a las habladurías, ni a un combate singular con el resentimiento filial.
Construyó un mapa de posibilidades y las fue descartando con manía indicial.
Sin frustrarse, dedujo dos cosas: la primera, el ¿A dónde iba Fila y qué hacía ahí?
era lo fundamental, mas era irresoluble sin llamar la atención; y la segunda, el extraño comportamiento tenía un síntoma mayúsculo, obvio pero inexplorado: la abstinencia —que no sobriedad—.
Sólo tenía posibilidades de vencer el secreto cuando Filarmónico estuviera alcoholizado y eso ya no sucedía desde hacía tiempo.
Conjeturó —sabedor de la connotación asignada a la fecha de los funerales de Brígida, cuando medio pueblo esperaba el fin de los brindis panegíricos para escucharlo hacer llorar también al otro armonio, al parroquial— que Filarmónico no se perdería ese momento, desde una distancia prudente, y que, si tocaba con suficiente pasión, conmocionaría al hijo, forzándolo a anegar la pesadumbre.
Preparó, durante semanas, la ejecución y, llegado el día, fingió él mismo una embriaguez monumental.
Luego, se dirigió a la iglesia y tocó El reclamo de los montes como nunca nadie lo ha hecho, ni antes ni después, en aquella comunidad mixe acusada de amestizada.
Al terminar, se levantó tambaleante y caminó sin rumbo aparente, recorriendo en rutas aleatorias distintos parajes del pueblo.
Filarmónico, leído y releído por su padre como pasaje bíblico por fanático, hizo exactamente lo que aquél esperaba: se rindió ante la pena y la sequedad de la lengua geográfica.
Ambos dolientes continuaron la olímpica farra hasta la madrugada, por separado, sin cruzarse, aunque cerca uno del otro.
Y sucedió lo inevitable: el hijo se puso rijoso en algún patio ajeno y fue denunciado.
La paciencia de las autoridades, empáticas por bastantes horas, se colmó y mandaron a los topiles a encargarse del ángel recaído.
Bajo la mirada atenta, aunque taimada, del otro borracho, situado en un terraplén estratégico, Filarmónico fue conducido hacia las celdas municipales (tres cuartos con barrotes oxidados).
Manso y extenuado, se dejó conducir hasta que, de repente, se detuvo y anunció con voz digna y enronquecida:
—Momento, compañeros…
Los topiles, entre sorprendidos y divertidos, hicieron una pausa y atendieron expectantes la nueva puntada que se le iba a ocurrir a Filarmónico, de quien todos sabían era muy ingenioso:
—¡A Filarmónico nadie lo mete a la cárcel! —exclamó aquél con tono resuelto y señorial, mandón— ¡Filarmónico se mete solito!
Y, desembarazándose de las manazas que lo maniataban, se enfiló zigzagueando hacia el presidio, escupiendo una apología de su aflicción.
Se trataba, intentaba explicar, de una trágica impotencia ante el alcohol y una enfermedad, no un defecto de carácter ni una falta a la moral, por lo que no merecía ser revictimizado.
Tal condición terminaría pronto, ya lo verían: iba a curarse.
Pero, tan fecundo en ardides como Mónico, Filarmónico había esbozado un plan de batalla con el que, a últimas, estaba invicto: la huida —aunque no directa— hacia el reducto sagrado, con la fuerza de éste que no lo había abandonado del todo.
De manera que comenzó a gesticular con exageración y fingió al caminar un vaivén superior al que traía.
Los juveniles agentes de la ley —muy recientes desertores escolares haciendo apenas el primer cargo comunitario—, sin percatarse, lo dejaron avanzar y caminaron tras él, carcajeándose, y le concedieron uno, a lo sumo dos pasos de ventaja.
Garrafal error de novatos. El orador no necesitó más y sustituyó la elocuencia tribunesca de un programa de doce pasos con una explosión de adrenalina y ácido láctico: arrancó a correr como lo que era, un atleta curtido en carreras a campo traviesa, veterano de numerosas persecuciones.
Corrió con una habilidad y agilidad que destantearon a sus captores.
No le costó mucho trabajo a Filarmónico perder a los perseguidores y se enfiló hacia su Gondolin particular pensándose seguro, ufano, sin vueltas extras ni una espera prudente que habría observado de estar sobrio y sin percatarse de los ojos vigilantes que lo observaron entrar y desaparecer en aquella negrura.
Una parte del misterio había sido revelada, aunque faltaban muchas explicaciones.