Kopk poj: el aliento de la montaña Capítulo 2. El deslenguamiento - obertura #2
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Capítulo 2. El deslenguamiento - obertura #2

También el padre cambió. Si antes era adusto y estricto, no dejaba de ser afable.

Se volvió severo, inclusive cruel. Los regaños a los músicos noveles se transformaron en coscorrones y hasta hubo, se dice, algún ligero desprendimiento de oreja, a causa de los jalones.

Se concentró en su trabajo como maestro de música, desatendió todo lo demás y acaso aquella fue su temporada más prolífica en cuanto a composición, sobre todo de marchas fúnebres, volcado como estaba en su creatividad y dolor.

Aunque nunca corrió a Filarmónico de la vieja casona familiar, sí lo hizo de la banda, prohibiéndole la entrada a la escoleta, después de otra seguidilla de faltas y un arribo impuntual con aliento alcohólico.

Filarmónico no había terminado de ser un niño cuando abandonó la música y se dedicó a apaciguar una sed permanente —quizá de cariño, árida y resentida—, y a recorrer la comarca en busca de farra, comida y mezcal.

Desde entonces, ambos procuraron evitarse, porque en las contadas ocasiones en que se encontraron de frente e intentaron dialogar, injurias airadas y reclamos hirientes (confusos), imposibles de olvidar y perdonar, se dispararon de uno y otro lado.

Dos años después, el Maestro buscó mujer: se llamaba Carmen Ortiz, hija de doña Tencha y don Medardo, los de la tienda.

Aunque sin estar enamorado y sin pretender casarse, la llevó a vivir consigo para atender demandas de hombre principal de aquella época.

El arreglo satisfizo sobre todo a los padres de Carmelita (a ella ni le preguntaron), preocupados por el estigma amenazante de quedada y empavonados por quedar emparentados con el ilustre compositor.

A los pocos meses, en una alborada calurosa del 58, arribó a It Naxviijn Armonio: menos guapo y trigueño que Filarmónico; más serio, delgado y circunspecto; igual de chaparro.

Fue bautizado de esa manera por consejo del cura y por ciertos ritos fúnebres y libaciones en honor a Brígida.

Don Mónico tenía una nueva familia a la cual abocarse, cuando sus ocupaciones se lo permitían.

Dejó de ponerle atención al mayor y, en las raras ocasiones en que, no pudiendo evitarlo, llegaron a cruzar caminos, le esquivaba incluso hasta la mirada.

Fila tomaba el soslayo como un desconocimiento de la raigambre, cercenamiento nada sutil de las raíces, desafiliación cuantimás sentida porque, pensaba, servía de abono para otro florecimiento: el de Armonio.

Tales entrecruces y no-miradas segadoras le dislocaban todo el ser y doblegaban la poca seguridad que le quedaba, haciéndolo redoblar el esfuerzo por estropearse el estómago a farolazos.

Conforme Armonio iba creciendo, a Filarmónico también le aumentaba un rencor hacia el hijo que sí tenía madre, el bien portado, el frugal, el enfocado, el que llegaría lejos, el obediente: el favorito.

Si bien, no por eso dejaba de quererlo y el niño, a su vez, le correspondía con un amor fraterno inocente y una admiración siempre intacta.

El pequeño lo seguía cuando el padre no se encontraba presente para impedirlo y Filarmónico lo apodó, mezclando cariño y burla, como el Licenciado .

—Te tengo una adivinanza, mi liik 17 —le decía juguetón, cuando el hermanito lo despertaba, hallándolo ya sabía dónde, bajo un árbol de duraznos—. ¿Sabes cuál es el problema de las mañanas?

—¿Cuál?

—El problema de las mañanas es que no suceden por las tardes.

Tal es su condición. Son esa cosa alicaída y pesarosa que llega en la mera ricura de la modorra, cuando el sueño está más sabroso.

No deberían llegar tan temprano, con la canija cruda a todo vapor —se estiraba y desperezaba con desfachatez—. Cuéntaselo al Maestro, le va a gustar.

A Filarmónico le causaba cierto consuelo notar el escaso talento para la música que tenía el pequeñito, un poco por el rencor que sentía, pero sobre todo porque pensaba que esto podría salvarlo de la presión asfixiante de ser hijo de don Mónico.

Por suerte, éste ponía mayor énfasis en la educación escolar que en enseñarle las sutilezas de la filarmonía.

Pero había en el talante de Mónico mucho más agobio del que Filarmónico comprendía, pues su cercanía hacia el chico era más resultado de la angustia y el remordimiento que de un cariño devoto, desinteresado.

Para asegurarse de la formación de Armonio, Mónico había terminado por sojuzgarlo; y en el trato diferenciado hacia los vástagos jugaba la culpa, primero, y luego la esperanza de ayudarlo a escapar de sí mismo y de Jyajöma'am.

El Maestro se aseguraba de la formación de Armonio en un intento desesperado —no exento de malicia— por alejarlo del hado familiar a través del mejor método que conocía: el destierro del pueblo a través de la castellanización y el camino escolar: la educación estatal expulsiva de las comunidades.

Mónico sabía muy bien que quienes estudian no vuelven.

Filarmónico era, en el atardecer en que pasó de paria a descubridor, un solterón sin hijos, estudios, oficio, terrenos o logros ningunos; y, aunque el padre no le hacía reproches, el resto de la gente se lo recordaba cada vez que podía, con o sin disimulo: «Qué filarmónico va a ser ese borracho nalgas meadas», «Es un desperdicio, no sacó nadita de su papá», «Sería diferente si su mamá no hubiera muerto, pobrecito», «Ya era así desde antes de que muriera, siempre ha sido un flojonazo», «Qué vergüenza para el Maestro», «El chiquito es diferente, a ése sí lo están educando bien».

De manera que la conquista y colonización de su Ondolindë particular —cosa del destino y nada fortuita, en su opinión— le brindaba una secreta venganza contra todo el mundo, frente a cada desplante recibido a diario, doblemente apreciada por secreta e inexpugnable.

De manera progresiva, Filarmónico pasó cada vez más tiempo en su locus amoenus , pues le pareció que el gran poder del reducto se extendía biológicamente hacia él.

Tomaba cada vez más agua y menos aguardiente porque el remanso le hacía llegar hasta eso, agua filtrada por método pétreo, quién sabe si santificada.

Primero dejó de menguar y luego, al menos por un instante, medró.

La música también volvió y, no pudiendo utilizar ningún instrumento (por el ruido que haría y por no saber de dónde sustraerlo sin generar sospechas), se obligó a escuchar en la cabeza las notas que recordaba de las obras aprendidas y luego las reprodujo en su vieja libreta pautada, apenas usada.

Principió a rondar, para sorpresa de los chismosos más atentos, la escoleta y los lugares en donde tocaba la banda filarmónica municipal, aunque cuidando la distancia, por miedo a un encontronazo con la ira paterna.

Después, con no pocas precauciones, volvía a sus aposentos y, acudiendo a su memoria, a partir de los ensayos y tocadas presenciadas a distancia, se dedicaba por largos periodos a entretejer notas, acordes, pausas, claves y compases, hasta formar composiciones completas, inéditas, con la esperanza de escucharlas, pronto, realizadas sonoramente.

Escenarios de retorno triunfal a la banda y de confrontación con el padre, asaz demorada, le cosquilleaban el estómago y las plantas de los pies.

Con todo, no los siguió porque sentía que su nueva fuerza emanaba de la guarida y, como aquellos que sufren el mal de la nostalgia con la mera idea de abandonar su pueblo, el arrojo se iba desvaneciendo conforme se alejaba.

La proximidad del refugio recóndito era una necesidad imperiosa: necesitaba mantenerse cercano y, al mismo tiempo, debía cuidar del secreto o todo acabaría por desmoronarse.

La seguridad del espacio se sustentaba en la discreción: era su fortaleza y estaba obligado a mantenerla privada y soberana a toda costa.

Porque, aunque Fila no lo imaginaba, el espacio era un par de milenios anterior a la construcción dominica y el poder ahí latente no se había agotado… todavía.