Capítulo 2. El deslenguamiento - obertura
El deslenguamiento - obertura
Pero, aunque el subidón del estómago hacia los pulmones anticipaba una abismal caída, ésta se vio acortada de inmediato: apenas iba a gritar cuando el hombro tocó el suelo y luego, girando hacia adelante, toda la espalda y las piernas en seco.
Pasado el susto, al levantar la cabeza, Filarmónico observó una amplia estancia, húmeda y rectangular, y varios pares de miradas luminiscentes.
Con la lección aprendida, se incorporó de manera paulatina e intentó descubrir el tope del techo con las manos.
Felizmente, no logró alcanzarlo. Luego, con los ojos ya adaptados a la semioscuridad, siguió los bordes y completó el recorrido de los límites de su futuro dominio.
La estancia se encontraba conservada y casi totalmente vacía, salvo por las telarañas, la suciedad de los pequeños mamíferos voladores, los líquenes en las paredes y un derrumbe en la esquina suroeste —en donde, Fila intuía, había existido una puerta que conectaba, ya con otras recámaras, ya con alguna salida interior, sepultada en ese momento—.
A pesar de la emoción, Filarmónico mantuvo la lucidez y anticipó el trabajo y la discreción necesarios para acondicionar la habitación: de primera se necesitaban unos puntales para asegurar la resistencia del antiguo sótano, bodega, mazmorra o lo que haya sido; y alguna lámpara de queroseno —desde ya, sabía dónde podía obtener varias a la sorda—.
Con paciencia, asiduidad y hermetismo —y una progresiva disminución en el consumo espirituoso, sorpresiva para quienes se daban cuenta—, Filarmónico fue acondicionando la estancia.
Inició protegiendo de la vista la antecámara, única parte por donde podría descubrirse el asilo palaciego.
Se agenció por aquí y por allá, en operación hormiga, de ladrillos, piedra, paja, teja, madera, pasto, arena, hule, lámina y hasta un camastro destartalado.
Por ejemplo, durante el torneo de baloncesto de la fiesta patronal mayor, la de agosto, Fila se ofreció a cuidar las pertenencias de un equipo visitante y lo hizo con presteza y obsequiosidad durante varios partidos, ganándose el agradecimiento de los jugadores y un par de pegues, cortesía de los mismos.
El juego final se había puesto muy bueno —estilo serrano: pocos puntos, poca estrategia, mucho chingadazo y muy parejo—, tanto que nadie se percató de la vigilancia interrumpida por parte del guarura y coach improvisado.
A la discreta, el Rey del Sótano huyó con las playeras, pants y chamarras hacia su principado, de donde no salió en días.
Aunque la manufactura de la ropa deportiva lo tentó —para ser vendida—, Filarmónico tuvo la suficiente continencia para sujetar su voluntad al bien común del nuevo mundo.
Rompió y cosió donde hizo falta y se construyó el más cómodo de los colchones, si se ignorara lo chipotudo.
Sólo faltaban velas y algunos cirios, para no abusar del petróleo, y listo.
Don Mónico, gran compositor de música (y descompositor de todo lo demás, como decía Filarmónico, quedito), había padecido un poco la elección de su nombre, hasta que le fue reconocida la inteligencia precoz, alterada la vida para siempre.
No cuento nada nuevo cuando digo que el nominativo que un tiempo trajo burla se prestó a un juego de palabras mediante el cual le reconocieron la habilidad musical, pues todos hemos escuchado la anécdota aquella de cuando, supuestamente, uno de los veteranos de la banda dijo admirado: «Más que Mónico, éste debió llamarse Filarmónico».
Cierta o no, aquella anécdota se imprimió en la mente de las personas de aquel periodo y, sobre todo, en la de Mónico, quien, con deseo ferviente, llamó Filarmónico a su primer hijo.
Así quisieron las Moiras, u otras voluntades tejedoras, que ese nombre fuera a parar a la existencia de Fila, llamado desde la cuna a superar al padre.
Grande entre los grandes, Mónico se evanecía de no tener competencia alguna entre sus contemporáneos (ni siquiera entre sus maestros), a quienes superaba no sólo en talento, sino también en habilidad, ética de trabajo y prolificidad.
Erudito, conocía la fertilidad de su pueblo y aquel auspicio de hacer germinar, con cierta regularidad, a ritmo de no más de uno por generación, prodigios que superaban a sus colegas y causaban el asombro de los mismos, como con él había sucedido.
Al Maestro le correspondería continuar y educar a la línea de los xööxpa, 6 ininterrumpida por siglos, hasta que llegara «pën ëëvnupap».
7 Razón para estar atento ante el arribo de aquella criatura que, decía la tradición luminosa, se alimentaría, más que de la leche materna, de los solos delicados de ni'ip 8 y xöökx, 9 de las síncopas sutiles de jö'k, 10 del fortissimo lejano de kuxypïj 11 y de los escandalosos coros de aaxïkak. 12
—Cuando nazca el elegido —le había dicho Jovita, una partera tenida por sabia—, se nublará de un de repente y Anyïkääts festejará tronando.
Así avisará de la llegada. Será grande acontecimiento porque ese bebé no llorará al llegar al mundo, al contrario de los demás.
Se dejará dominar por siglos de sabiduría contenidos en su sangre.
El instinto le mandará cantar: así consolará a la madre dolorida y esperanzará a todo su pueblo.
Cuando crezca, el entendimiento se le desarrollará tanto que será capaz de tomar nota de las clases que It Naxviijn 13 nos da, en un idioma que todos podemos escuchar, pero sólo él logrará comprender.
Así hará honor al antiguo nombre de nuestro pueblo, porque nosotros somos los ayöök jayu, 14 la gente que habla la lengua del bosque.
»Aunque soy madrina de medio pueblo, sólo me tocó esperanzarme con un nacimiento: el tuyo.
¿Pensabas que nadie atestiguó tu nacimiento?
No preguntes más al respecto, confórmate con saber que naciste en esta época, igual que todos nosotros, y yo pensé que ya había llegado, pero no fue así: no eras tú.
Con ése y previos vaticinios en mente, el Maestro observaba el crecimiento de su vástago: en ocasiones con temor (Filarmónico, chillón, arribó un día bien soleado, clarito, azul, sin nubes ni lluvia, mucho menos relámpagos: mal presagio); otras veces con orgullo, cuando el infante mostraba destellos de agudeza; y, no con menor asiduidad, con celos (aunque nunca lo reconociera, ni para sí mismo).
Filarmónico daba muestras de talento infantil y tenía chispazos de genialidad temprana; en cambio, adolecía por completo de la férrea ambición y la disciplina de su procreador: el niño era alegre, indolente, distraído y soñador.
Los padres le respetaban el temperamento de artista y pocas veces lo amonestaron, porque la música le venía con naturalidad, sin obsesiones: tyaatskkupoja, 15 y él la exhalaba con elegancia connatural.
Se decía que hizo su primera melodía en el piso con un tizón, a los doce años, y la borró antes de que el padre pudiera registrarla.
Desde entonces, por consejo de aquél, llevaba a todos lados una libreta lila pautada (hoy perdida), en caso de que lo asaltara la inspiración.
A los trece, bastaba un jëntïjpx 16 muerto o una mazorca morada para que se conmoviera y se sentara a jugar con progresiones armónicas para describir sus emociones.
Luego, se pasaba meses sin escribir nada ni practicar en absoluto.
«Déjalo dormir», le pedía el Maestro a Brígida, cuando el mediodía llegaba sin que Fila se despertara, «mi hijo no es un campesino, no necesita levantarse temprano».
Y así creció el heredero de don Mónico, solapado por su antecesor —con la duda palpitante e irresoluta de si se trataba de uno tocado por las musas o de un vago irremediable, aprovechado— y protegido por las enaguas de Brígida —quien no lo amaba en razón de ser o no una lumbrera—.
Ni siquiera había llegado a quinto de primaria, no sabía agarrar bien un machete y se ausentaba de los ensayos cuando quería; mas era gran lector (aunque en extremo selectivo) y le bastaban unos minutos para ponerse al corriente de sus compañeros músicos para memorizar una pieza y ejecutarla, tanta habilidad tenía, para su propia desgracia.
Porque el idilio no iba a durar siempre: paró una madrugada de viernes, dos semanas después del cumpleaños número catorce de Filarmónico, cuando Brígida desapareció del pueblo.
Esfumamiento no sin señales premonitorias, pero: ¿abandono o separación amistosa?
¿Huida, muerte o asesinato? En el pueblo no lo sabían y les parecía mucho más misterioso todo por ocultado que por súbito.
Padre e hijo quedaron marcados profundamente por la pérdida —y los rumores y acusaciones soterradas, nunca frente a don Mónico, el gran Maestro, que pulularon desde entonces—.
La relación, de por sí lejana, desconfiada, terminó por quebrarse poco después, con la transformación consecuente de ambos.
Algo horrible hubo de suceder, se especulaba en Santa María, para que aquel pingo retozón se transformara, primero en un adolescente lúgubre y nostálgico; y luego en un joven ebrio y vagabundo, por más simpatía e ingenio que derrochara durante las borracheras.