Kopk poj: el aliento de la montaña Nikxm (exterior)Mutök vaktany (primera pausa)Capítulo 2. El deslenguamiento - oberturaCapítulo 3. Naaytum - marcha fúnebreMumäjtsk vaktany (segunda pausa)Capítulo 4. El Hombre de Metal - aire regional
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Nikxm (exterior)Mutök vaktany (primera pausa)Capítulo 2. El deslenguamiento - oberturaCapítulo 3. Naaytum - marcha fúnebreMumäjtsk vaktany (segunda pausa)Capítulo 4. El Hombre de Metal - aire regional

Ixyam ahora siente curiosidad por saber quién es a los ojos de alguien otrora indispensable, harto querida, aceptadora del rótulo peripatético de mejor amiga : ¿Quién creen aquellos, antier cercanos, que es ahora?

La primera gran enseñanza de la derrota ante las enfermedades degenerativas, incurables, es la renuncia a ser quien se fue.

El deseo por volver a los días sin dolor, si los hubo, es un zumbido enloquecedor, receta infalible hacia la desesperación.

Evocar demasiado aquella época es un ejercicio morboso e infértil, y puede volverse perverso: cuando ya es imposible distinguir las fronteras entre dolor y existencia, los recuerdos entrañables corren riesgo de quedar contaminados.

Ixyam Dolor no puede recordarse niño sin pensar, de inmediato: Ése que juega, ¿soy yo?

, ¿supe correr alguna vez?, ¿me lo permitieron estas rodillas?

, ¿tuve otras? Debe volver pronto para no enturbiar aquellas aguas todavía a salvo del lirio invasor del lago memorioso.

Eso lo aprendió desde hace mucho, pero ¿a quién le hablan estos a quienes ya no reconoce cuando se dirigen a la sombra de quien siguen llamando Ixyam?

, ¿a aquellas articulaciones o a éstas? ¿Qué recuerdos, qué ilusiones, qué decepciones de sí mismos evocan al mirarlo?

¿Por qué piensan que todavía existe aquél con quien rieron antaño?

¿Qué nos hace pensar que un rincón del mundo y un periodo insignificante de tiempo permiten conocer a nadie o a cualquier cosa, o peor, que aquellas figuraciones pueden sobrevivir a los años?

«Alguien que ya no soy te mira y se disocia», piensa, «quien fui no es quien te escucha».

—¿No sabes que, si escribo algo así, lo único que haré será quejarme?

—responde con tranquilidad e ironía el empotrado.

El sonido de su propia voz le da consistencia y solidez a la realidad, la hace emerger de entre la nebulosidad opiácea que envuelve las digresiones mentales dentro de la cabeza inclinada hacia el frente, apoyada en tres almohadas para alcanzar con la vista a su interlocutora—.

Y ¿quién quiere pasar tiempo con un quejumbroso?

¿Quién querría conocer el comportamiento de la espondilitis anquilosurrechingadamadre , el trabalenguas con el cual me rebautizaron los médicos?

¿A quién le apetece comprar un libro para asquearse con descripciones de ganglios inflamados y gasas purulentas?

, ¿o con letanías de articulaciones, músculos y huesos comprometidos, intervenidos, disputándose el derecho de ser el centro de atención a hinchazones, alfilerazos, destellos, palpitaciones, retortijones, enrojecimientos quemantes, escozores, contracciones, machetazos eléctricos, retorcimientos o punzadas heladas?

¿Quién tendría la paciencia para escuchar mi propuesta sobre la necesidad de un Buzón de pedradas y sugerencias , para hacer reaccionar a los doctorcitos y burócratas del ISSSTE , poderosos tiranos de reinos cubiculares de tres por tres?

¿O la denuncia de las cofradías mafiosas armadas entre médicos, laboratoristas, farmacéuticos, radiólogos y clínicas, diseñadas para exprimir la desesperación?

¿Por qué alguien se interesaría en la cobardía que me posee cuando se aproximan los fríos de noviembre?

¿O en la vergüenza que tengo por volver, otra vez, a sentirme mal, y arruinarles los planes a todos?

Estoy veinte kilos debajo de mi peso y me da pena mirarme desnudo al espejo.

Mi cuerpo no sirve y por eso, en el pueblo, yo no sirvo.

Temo tener hijos, no vayan a nacer como yo, ¿es ya suficiente motivación?

»Si ahora me dices que escriba es precisamente porque ya te hostigaron mis lamentos y apenas llevas dos horas conmigo.

Tu pierna se sacude ansiosa, no la culpo: la quejumbre harta.

Tienes razón, no tengo ningún monopolio sobre el sufrimiento ni lo deseo, pero este mal, para mal, ya me es inherente y no sabría cómo compartirlo (aunque capaz repartido dolería menos, como dijiste).

A lo mejor ya no sé vivir sin él. No le rezo a nada por las mañanas, pero a Él, a mi dolor, lo busco cada que despierto durante las madrugadas.

Creo en Él porque se llama Ixyam. Este dolor es mío.

Este dolor soy yo. El dolor, mi dolor, yo dolor: Ixyam Dolor: el Dolor de Hoy.

¿Desvarío? ¿Te desespero? ¿Preferirías que escribiera algo como el documental que me regalaste?

—Ixyam mira fijamente a Kumaapa y recita un fragmento, con un fingido acento asturiano—: Me llamo Juan y tengo un sueño.

El soporte físico, ese entramado íntimo que nos sustenta, el eje corporal que nos mantiene erguidos, con la cabeza alta, sin desmoronarnos, presentes y vitales, ese soporte a mí me traicionó.

Sin remedio. Me llamo Juan y tengo un sueño: mi sueño es vivir plena e intensamente sin dolor —continúa la mirada fija, vacía, insoportable—.

Me lo sé de memoria y comprendo por qué me lo regalaste, pero yo no quiero exponerme, no me atrevo.

Mi dolor no se llama Juan, se llama Ixyam.

No voy a retratar abiertamente mi postración, bastante me ha costado mantenerla lo más privada posible.

No, no voy a escribir sobre mi dolor —niega, como convenciéndose a sí mismo, mientras se toca la cabeza. La nota abrasada.

»Pero no te rindas tan fácil: puedo escribir sobre otros dolores, a lo mejor acerca del tuyo —la expresión se desfrunce y se asoma una media sonrisa característica, burlona—.

A final de cuentas, la literatura es el ejercicio del derecho canónico e inalienable de hablar de cosas que desconocemos.

Puedo opinar sobre dolores que desconozco, si apelo al mismo derecho con el cual todos opinan sobre el mío.

O podría crear personajes ficticios y sobre ellos volcar los dolores que conozco y los que no.

De hecho, ya tengo algunas ideas sobre personajes patéticos y, espero, vendibles.

Tengo a unos héroes trágicos estilo Pepe el Toro.

Si quieres editarme, échame la mano con la lastimería que estoy fraguando.

Ayúdame a llevar la pesadumbre hasta un nivel genealógico: una saga antiheroica, una filogenia tumoral.

Ayúdame a buscar alguna editorial que me la reciba y me pague las medicinas: están caras y ya no tengo seguro.

Si ya es un privilegio enfermarse (uno que nadie cuestiona, ahora que se critican todos los demás), adoptar una enfermedad crónica es un verdadero lujo.

De construir un Underground Railroad para ayudar a los cautivos en su escape del samsara hablamos después.

— Being mentally ill is not an excuse to act like a jackass 5 —Kumaapa cita a algún comediante estadounidense.

Está sentida. Le avergüenza el arrebato optimista de hace unos instantes y le molesta la potestad que da la convalecencia permanente para maltratar a quienes intentan acompañarla o a cualquiera juzgado indigno, impertinente o simplemente al alcance.

Entre más grave y prolongado el padecimiento, mayor permisividad para la agresión doliente: lastima siempre a quienes están más cerca y, entre más se sufre, más prerrogativas se obtienen para hacer daño con impunidad.

El dolor sin fin forja personas insensibles a sufrimientos que no sean los suyos, cavila apesadumbrada: esperaría que fuese al revés.

—Hablo en serio, chaparra —Ixyam reconoce la vileza de la perorata anterior, desfogada sobre la mollera de quien tuvo a la mano, no menos ruin por sincera o por carecer de mala intención.

Usa un tono cariñoso e intenta hacer un mal chiste como siempre que se siente ansioso—.

Los Coquillos dicen que la eternidad se alcanza en un segundo de heroísmo , yo digo que también en las ferias del libro —ríe y hace un esfuerzo por sentarse que la sorprende y alegra.

Queda recargado sobre los codos, inclinado, e intenta continuar—.

Pero escucha, te contaba que ya estoy escribiendo algo, según que una novela.

La historia inicia con unos hijos . No personas completas, sino hijos .

Los hijos son los malogrados, aquellos quienes nunca llegaron a ser ellos mismos.

Ser el hijo de es condición deseable sólo cuando estás creciendo.

Es como aquí, cuando alguien llega de visita y no lo reconocen, es normal que le pregunten: «¿Hijo de quién eres?

». Pero si vives acá, no puedes ser el hijo de toda la vida. Debes ser tú.

—¿Como en la lucha libre? —Kumaapa, no del todo desagraviada, acepta la pantalla y devuelve el pase en pick and roll.

Nota la intención del cambio de tema: dejar de hablar de dolor o de Ixyam, pues ha quedado establecido que es lo mismo—.

Nadie homenajea a las leyendas y maltrata a sus hijos tanto como el pancracio.

—No había pensado en los luchadores, tienes razón —reflexiona él—.

Es muy ingrata esa persecución de los pobres juniors: dan todo en pos de una gloria que, si la llegan a rozar, nunca será suya.

Es una losa pesada querer ser alguien más, peor si es tu papá: aquel otro siempre superior, de quien apenas eres una sombra.

La vida de los hijos , en todos lados, es el sacrificio de la propia identidad, en un festejo tormentoso del patronímico a dos de tres caídas sin límite de tiempo.

La nube que cubría el cuarto y el rostro de Kumaapa se ha ido.

El ceño se le ha relajado y suelta una carcajada, festejando el juego de palabras de su dulce y bienquisto Ixyam, cuya estampa ahora le causa menos compasión.

Aún está ahí, tras la palidez, el cinismo y las ojeras.

Ganas no le faltan de aplicarle La Mística, como cuando niños.

Entre los dos, aficionado uno del Huracán Ramírez y la otra fanática de Pierrot, había un récord de victorias como de diez y cien, ningún empate, a favor de la ruda.