Kopk poj: el aliento de la montaña Nikxm (exterior)Mutök vaktany (primera pausa)Capítulo 2. El deslenguamiento - oberturaCapítulo 3. Naaytum - marcha fúnebreMumäjtsk vaktany (segunda pausa)Capítulo 4. El Hombre de Metal - aire regional
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Mutö'k va'ktany (primera pausa)

Según parece, ya nos viene de a derecho la de malas.

—Por eso te digo: escribe sobre la enfermedad.

Todos sufrimos, pero sólo podemos experimentar nuestro propio sufrimiento.

Nadie puede descargar las arrobas de su dolencia en el coscomate del vecino, ni compartirlo como yunta entre dos bueyes.

Pero eso tiene su ventaja: nos toca nomás de a uno, aunque a ti te haya tocado del tamaño de Cotzocón.

Tal es nuestro límite y ventura. El horror, perdona el atrevimiento, no es la encarnación del dolor, ni siquiera de uno como el tuyo, sino el vacío en donde se pierde.

¿Por qué los presos preferían escribir que leer cuando les llevábamos talleres de literatura?

La tragedia no es la suma de los tormentos que allí gusanean, sino la falta de un Esquilo para narrarlos: el eterno suceder, entre barrotes y horas perdidas, de infortunios sabidos por nadie; doble, triplemente horribles por inexistentes.

Tus lágrimas tampoco pueden desperdiciarse entre estas cuatro paredes y el techo donde se extravía tu mirada, justo como ahora, buscándole formas al tirol conforme pasa el día.

Afuera habrá quien pueda entenderlas, habrá quien pueda bruñirse con ellas.

— Alguien y algunos más, aunque les revienten o reboten nuestros gritos .

—¿Va a perderse tu tormento en el vacío y la intrascendencia, como agua sucia en el drenaje?

Eso sí que no puedo aceptarlo, tú no eres eso para mí.

Puedes ser el padecimiento que te aqueja, si tanto insistes, pero no te conviertas en la derrota.

Escribe. Escapa. Sálvate. No te rindas. Quizá el sufrimiento precede al hombre, quizá la primera orden, en el día cero, fue: «Hágase el dolor» y el dolor se hizo y nos cagó a todos.

Quién sabe. Lo cierto es que persiste y se repite exponencialmente durante cada generación, en cada hogar y habitación.

— Xënajxïn jats tsönajxïn… jokum xëë jokum tsöö . 1

—Si en el final termina por someter a la humanidad, es condición que nos excede.

Pero si la única constante de la existencia es el sufrimiento, entonces son un chingo quienes lo padecen, no nomás tú.

Escribe para ustedes, para los dueños de los dolores desnudos y desnutridos, los poco atractivos, los indecorosos, los más pedestres, aquellos que no generan simpatía, los dolores a quienes nadie les cede un asiento en el camión, por eso, por invisibles.

Los dolores que necesitan explicación para aspirar incluso a la lástima.

¿No te aliviaría algo, un poquito, saber que tu historia puede consolar a alguien?

A lo mejor ahí espera tu salvación: en el ejercicio de un talento con la esperanza de ayudar a otros igual de jodidos.

Porque, perdóname otra vez, tú no tienes la exclusividad del dolor físico, ni de los otros todavía peores.

— El mundo está inundado de gente como nosotros .

—Acaricia su sufrimiento con el tuyo, hermánate con otros pesares: sólo los verdaderamente desamparados pueden estrecharse con sinceridad.

Compárteles tu enojo, tu valentía. En el arrostro de un padecer similar podrían llegar a sentirse comprendidos.

Sé como aquel Buda del Rivotril a quien lees: invoca al Kontoy 2 del Tramadol.

Escribe sobre la lucha cotidiana, el peregrinar sordo e interminable, el esfuerzo heroico que requieres nomás para levantarte.

Háblales de tus batallas de cada día: sobre las punzadas que te dan en el ojo izquierdo, de lo mucho que te cuesta hallar una posición para conciliar el sueño, sobre no poder cortarte tú mismo las uñas o acerca de las veces en que te tienen que sujetar por la espalda mientras orinas.

Describe los estudios médicos más agresivos que te han hecho y la estancia hospitalaria más abyecta, tienes para escoger.

Con tal de recobrar la lozanía, ¿cuánta humillación se puede soportar?

Pinta a los médicos más mercenarios y las indignidades soeces soportadas durante la persecución de la salud, las burocracias hospitalarias más groseras, los viajes en donde los humanos dejan de serlo y se transforman en historias clínicas.

Has visitado los abismos del dolor y has vuelto.

Aunque digas lo contrario, todavía no te hemos perdido.

La crónica de esos trayectos, de la desazón, del abandono, del miedo, puede remediar un poco alguna soledad, quién sabe dónde.

Yo tampoco tengo certezas espirituales, pero hoy al verte, creo en la condolencia.

Creo con firmeza que el consuelo mutuo entre dolientes es nuestra única esperanza: no hay humanidad más allá de un abrazo entre desamparados.

Vamos, escribe, tienes mucho para decir: puedes ayudar a tanta gente.

Yo te ayudo a editar, si quieres. Luego tocamos puertas. ¡Deja de quejarte y escribe!

Ixyam 3 sonríe sardónico. Recita fragmentos de Coca-Cola en la sangre , pero no para burlarse de la visita, lo hace porque la vehemencia (no la arenga) lo enternece.

Hace un esfuerzo consciente por concentrarse en el cariño que subyace en la exaltación de Kumaapa, 4 en la ingenuidad de la amonestación y en el pánico de quien busca ayudar y no sabe cómo.

La propuesta es ridícula: ¿cuánta analgesia podría brindar cualquier construcción gramatical emanada de su desconsuelo?

¿A cuántos microgramos de buprenorfina equivale un texto así?

¿Cuántos gritos punzantes podría evitar?

¿Cuántas emanaciones ardorosas de los nervios apaciguaría?

Además, es tonto hablar de valentías, incluso insultante.

¿En qué epopeya romántica hay un héroe que emprenda una contienda, eterna e imposible de ganar, contra su propio cuerpo?

¿Qué victoria podría esperarse en ese caso?

La autoinmunidad es otra cosa, es un ultramaratón de supervivencia: mero impulso patético del instinto.

Él, pálido sobreviviente, no tiene de otra.

Quizá se aferre con tanta fiereza a la vida como el valiente, pero es porque no tiene remedio (en más de un sentido).

No hay en su faena de enfermo —corriente, sórdida y cotidiana— nada de loable, ni heroico ni lírico.

¿Qué cosa va él a compartir? No hay valentía alguna en enfrentar aquello de lo que no puede escapar.

Huir no es una opción cuando, a donde vaya, irá siempre acompañado de la causa misma de sus pesares: el cuerpo.

El único escape es la muerte (ojalá los budistas se equivoquen) y hace mucho habría huido, si en realidad fuera arrojado.

Con todo, Ixyam no está molesto. Aburrido, quizá, mas no indignado.

Ha escuchado mensajes parecidos en numerosas ocasiones, cuando se han acercado para ayudarlo y retroceden, asustados, al percatarse de la inmensa distancia que hay entre quien sufre y quien desea aliviarlo, asistirlo.

Porque la otredad nunca se siente tan horrorosa como ante la vista de los dolores que envuelven toda la experiencia vital y acaban por definirla en su completitud.

Porque entonces puede atisbarse al que se estima en el purgatorio lejano en donde, raquítico, subsiste.

Algunos creen que deben solidarizarse sintiendo un dolor equiparable, se autoflagelan por un sentido del amor o del deber mal entendidos.

Otros, más sensatos, cuidan de su integridad, manteniendo prudentes la distancia.

Regalan presencia o ausencia condicionadas: la una ante un rostro sosegado, cuando el dolor se mantiene en niveles soportables; la segunda justo cuando la humanidad corre mayor riesgo de perderse.

Y entre esos otros, sus otros queridos, lejanos: Ixyam solo, irremediablemente solo, determinándose a través del dolor, fundido con él: Ixyam Dolor.

Ante el absurdo del sufrimiento humano, piensa ahora, sólo se puede estar, mantenerse ahí, al alcance auditivo del alarido.

No se puede hacer ni pedir nada más. Kumaapa habla de abrazos, pero uno no puede abrazar el dolor de nadie.

Lo único acariciable son las horas y los años apilándose hasta que todo, incluido el dolor, termina (qué miedo si no se equivocan los budistas).

Sólo la espera puede compartirse. Tal es el destino de todo intento por comprender la magnitud de la deshumanización que acompaña a la aflicción crónica.

Ixyam está acostumbrado a miradas invasivas y a las opiniones no solicitadas de los sanos (ahora divide al mundo entre los compatriotas del país de los enfermos y los otros, extranjeros, ciudadanos de la nación salutífera, ellos mismos todo el tiempo en riesgo de perder la ciudadanía y de ser deportados).

Muchos de quienes lo visitan traen en el cuenco de las manos un argot belicoso, épico, más propio de la Ilíada que de una cama de enfermo (aunque, pensándolo bien, la Ilíada era un pabellón de desmembrados): «Lucha», «Eres un guerrero», «No te dejes vencer».

En esas ocasiones se dice: Ojalá ellos viviesen mi dolor, aunque sea una semana, nomás para que vean lo que se siente.

Sabe que la mayoría sólo viene para constatar sus propias convicciones.

Entran a su casa con caras bobas, pisadas impertinentes y sermones mal disimulados cuyo objetivo es el cotejo de alguna fe, endeble o fortachona, en permanente demanda de eso precisamente: la constatación continua y en los otros sufrientes, en este caso en él: «Vengo a decirte que tengas fe, mi fe si no es mucha molestia, y con mi fe venzas a tu aflicción.

Necesito de tu disposición para comprobar la veracidad de mi honesta y muy humilde verdad».

Ahora, viendo el gesto convencido y el rostro constipado de su amiga, las palabras le parecen igual de vacuas, mas sin la perversidad de la búsqueda de una clientela espiritual.

El de Kumaapa es el intento genuino, amoroso y torpe de una compañera de la infancia, de primeras aventuras y de borracheras juveniles.