Kopk poj: el aliento de la montaña Capítulo 1. La danza de los pöötsa - son
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Capítulo 1. La danza de los pöötsa - son

Armonio camina trece pasos exactos. Ligero titubeo en el doceavo, calosfrío casi imperceptible en donde estaba el espinazo.

¿Por qué trece? No le pesan, no son amargos ni extraños.

No tiene miedo. Los observa como se saborea la saliva: está ahí, en la boca, no requiere sabor ni evaluación, salvo cuando uno se concentra en ella.

Ni siquiera se trata de un imperativo: ¿quién lo manda?

, ¿quién va a cuestionarlo? Armonio ciertamente no, para él se trata de una inercia, como respirar.

Uno no es consciente de que respira hasta que deja de hacerlo.

Siempre han sido trece, deben ser trece y acaba de darlos.

Y entonces: la quietud. El caudal de silencio de los rumores míticos.

El gran cuerpo fluvial de la nada, lo sempiterno...

Sin embargo, la eternidad, cuando es narrada, dura poco: un par de escenas en el cine, puntos suspensivos en la literatura, una pausa parsimoniosa en las leyendas.

Porque no puede durar más, sería el suicidio del relato.

En su sentido más literal, lo eterno es inenarrable y mata la narración.

Transcurre hasta la horripilancia: sólo sucede y sigue sucediendo.

¿Qué hay para narrar durante el descanso eterno?

¡Habrase oído cosa más apetecible y menos humana!

Lo verdaderamente humano, la capacidad de contar historias, abjura y reniega de la eternidad; y este son también.

Cuentan los comuneros de Santa María que don Mónico había dejado de acudir a la iglesia, salvo en las ocasiones en que su presencia era indispensable —como en las Vísperas y Maitines— o en las tardes calurosas de abril, cuando lo abrumaba el peso de la ausencia de Brígida, su esposa.

En aquellos días, invariablemente soleados, Mónico hacía algo muy raro en él, aunque común en su gremio: tomar.

Empero, no eran borracheras vulgares las del director de la banda filarmónica municipal, maestro de varias generaciones de músicos, formador de una decena de bandas de aliento en la región y autor de más de dos centenares de piezas musicales, entre sones, oberturas, marchas fúnebres, aires regionales, maitines, vals, jarabes y demás.

Los testigos de tales deslices alcoholizados, ocurridos sólo en contadas ocasiones, recuerdan como un gran privilegio el haberlos presenciado porque, dicen, todos esperaban el momento en que Mónico, satisfecho de aguardiente, se dirigiera a la iglesia y desempolvara el armonio parroquial, con la venia tácita del sacerdote, don Giovanni.

Entonaba entonces, una y otra vez, con profundo dolor y gran dramatismo, la obertura El reclamo de los montes , y las lágrimas recorrían los rostros del intérprete y de los congregados.

La primera vez que lo hizo, cuentan, tocó con tanto sentimiento que el párroco, conmovido, exclamó: «Lo mío han sido años de trabajo y desilusión.

Lidio con más lodo en las conciencias que en los senderos serranos.

He estudiado el cielo y el infierno, y nunca he llegado a comprenderlos.

Y llega este cabrón, se sacude los huaraches, se arremanga la camisa percudida y ¡me lo explica con las manos y los pies! ¡Él a mí! ¡Él, de entre todos!».

Pocos años después, el cura sugirió el nombre y bautizó al segundo hijo de Mónico como Armonio, con la esperanza de dar buen augurio al infante y librarlo de la fatalidad que se cernía sobre la familia ante su impotencia, aunque no logró ahuyentar el peso del legado sobre los pequeños hombros morenos: estéril intentona de salvación desembocada en destierro: el mal de Medea.

Don Mónico —recuerda ahora con resentimiento el hijo menor— se mostró permisivo con Filarmónico, al grado de solaparle la holgazanería y el alcoholismo.

«Ay, mi borrachito», solía lamentarse entre pesadillas.

«Ya no toca, ya no escribe. Mi pobre borrachito.

Es mi culpa, es mi culpa…». Sin embargo, Armonio no recordaba ningún regaño frontal y enfático hacia el hermano descarriado, porque su padre, pensaba, se guardaba todas las reprensiones para él, incluso las que le correspondían al mayor.

Aunque se cuidó de decirlo en voz alta, Armonio creyó, desde que hubo de irse, que el cariño, respetuoso y protector, de Mónico hacia Carmen —su segunda mujer y mamá de Armonio— era tan sólo una menguada imitación del que debía haber sentido por Brígida —su primera y única esposa y madre de Filarmónico—, aquel amor trágico sobre el que tantos rumores corrían; y que aquella abismal diferencia entre el cariño y el amor también se reflejaba hacia los hermanos: a uno lo envió lo más lejos posible y al otro le permitió todo, sobre todo quedarse en el pueblo.

Sin embargo, había mucho más que Armonio no alcanzaba a comprender, pues desentendido como podía verse el padre con Filarmónico, su actitud era resultado de terribles sucesos que Armonio nunca conoció, ni siquiera ahora.

Más que solaparlo, don Mónico había acabado por ignorar al mayor y buscaba por todos los medios no encontrárselo.

En el trato diferenciado hacia los vástagos jugaba la decepción, sí, pero de sí mismo, y sobre todo la culpa: cargo de conciencia inaguantable cuando asomaba la testa deforme y tremebunda debajo de las cobijas del olvido (más negación que amnesia auténtica) con que el director la había cubierto con riñonudos arrestos de voluntad y con la correspondiente asistencia postraumática del subconsciente.

Don Mónico hacía mutis ante el comportamiento de Filarmónico y actuaba con Armonio de modo opuesto, acaso en un intento desesperado de opera posthuma , frente al evidente deslave de la prima.

Fue severo con el menor y lo obligó desde temprana edad a dedicarse con extrema disciplina a la formación escolar.

Cuidadito y faltaba a la primaria o le llevaba un reporte, pues en esas ocasiones, en lugar de los jalones de oreja cotidianos, lo hacía bailar al Son del mecapal .

Y cumpliditos los diez, con las lágrimas y los mocos todavía frescos en las mejillas y los labios, lo llevó personalmente al México lejano, a un internado para niños indígenas, a estudiar.

Y Armonio hizo justo eso: estudió concienzudamente.

Le costó trabajo, pero se adaptó. Lloró muchas veces, quedito bajo las mantas, o en los baños cuando nadie lo observaba.

Se defendió cuando debió hacerlo (se trataba de estar dispuesto a pelear, no tanto de ganar las peleas) y leyó los libros que le encargaban, siempre con el deseo ferviente de enorgullecer al Maestro —como llamaba a su papá, con admiración, ironía y resentimiento entremezclados—, a quien reportaba avances periódicamente, con caligrafía y ortografía impecables, guardándose siempre de quejarse o de hablar de sensiblerías.

«En el pueblo necesito trabajadores para el carrizal.

También se requiere un borracho que le haga segunda a tu hermano.

Regrésate si no eres capaz», lo provocaba en las cartas el padre, pero Armonio nunca se rajó.

Los avatares y las penurias acaecidas en los internados en donde creció mejor dejarlos ocultos tras la hierba crecida de los años, bastante le costó enterrarlos para ser medio funcional.

De las ciudades en donde vivió y trabajó tampoco puedo decir mucho: la neblina me dificulta las vistas más allá del pueblo.

Es suficiente repetir lo que le contaba a su madre en cartas y telegramas: «Informo graduación.

Ingeniero. Se pudo. Nada mal para niño mixe».

Armonio se recibió —becado por los jesuitas— de ingeniero biomédico, aunque el Maestro no alcanzó a verlo.

Y de ahí pal real, le avisaba a Carmelita: trabajó para la Secretaría de Salud; dio clases en la Universidad Nacional, en su alma mater y en otras escuelas; logró muchas cosas y fracasó en otras tantas, pero nunca estuvo cerca de su verdadero sueño, ni siquiera de perseguirlo: el de ser un gran maestro como su padre, superarlo incluso: músico de orquesta, solista de talla internacional, director de sinfónica.

Y también, afanado como estaba en aquellos templos del saber, dejó de aprender todo lo que su hermano y sus paisanos sí aprendieron de la vida comunitaria y que no puede aprenderse más que en la misma cotidianeidad del pueblo, incluso si se vive a través de un velo etílico.

Armonio, cumpliendo el deseo de su padre, se arrancó de tajo la lengua, el pasado y la querencia.

Volvió a su pueblo de visita en un puñado de ocasiones, no más.

Salvo una vez, lo hizo siempre solo, sin su familia citadina.

En cada venida, le rogó a su madre que se fuera con él, a tener una mejor vida, a la ciudad.

Ella siempre se negó: «¿Vintso xnasjava?

3 No, mijito, yo no puedo irme, aquí he vivido siempre y acá me van a enterrar —le decía—.

Si tú te fuiste fue porque tu papá quiso, descanse en paz.

Yo no quería y no me explicó por qué. Nyujk'oy mits kimtaani, papacito, yakminï ja mtë'ëxtejk jats mpi'knëëx.

4 Las tierras están desperdiciándose, las que tu hermano todavía no vende por un cuarto de aguardiente.

Aquí puedes dar clases. Necesitamos un buen secretario municipal, el de ahora es un chismoso y ni sabe escribir bien.

Además, ¿quién va a ver por tu hermano? Ayoopa.

5 Bien o mal, acá estoy para ir por él cuando se cae o cuando le pegan.

Para regañarlo, para calmarlo, porque nomás a mí me escucha cuando se aloca.

¡Bruto hace tu hermano! ¿Pënts yëve'e kyaaky uk tsyavixstïn tuk'anëjkxajap ku pöjxïntïjk tiyaktekatat?

6 ¿Quién le va a pedir al síndico que le tenga compasión y lo deje salir? ».