Capítulo 1. La danza de los pöötsa - son #2
Porque, si el padre diferenció inflexible entre su progenie, para Carmelita nunca hubo diferencia entre ambos (salvo los años y los cientos de kilómetros que la separaron de uno) y los trató a los dos con el mismo cariño.
Y por su parte, Filarmónico —Armonio lo reconoce— le profesaba un amor reverencial a la madre que le quedaba.
Bastaba una mirada de ella para que los ardores más coléricos se le bajaran y un beso en la sien para que las tristezas más inconmensurables le dieran tregua.
No eran pocos los días en que la madrugada alcanzaba las libaciones de Filarmónico y, si las piernas y la niebla de su mente se lo permitían, éste suspendía la ingesta para acompañar a su mamá al molino.
Ensimismado, Armonio continúa la observación del hermano pasando la cruda, desgarbado a un costado del camino, sobre un pasto afortunado, como en tantas ocasiones durante la juventud de uno y la infancia del otro.
Siempre tuvo la habilidad de encontrar espacios pachoncitos para desparramarse, piensa Armonio, y recuerda las ocasiones cuando lo encontraba en tales condiciones, enviado por su madre a buscarlo: «El gran problema del quietismo», le decía entre bostezos Filarmónico, a quien las escasas lecturas que le prestaba don Giovanni, el párroco, le exponenciaron el ingenio nato, «está en su raíz cristiana: busca alcanzar la gracia y hablar con Dios desde la quietud.
Es un falso quietismo porque su motivo es, a fin de cuentas, la acción.
Un verdadero quietismo, el neoquietismo que nadie va a fundar, no debería tener aspiración alguna, ni siquiera la inactividad.
Las expectativas traen consigo el germen maligno de la actividad.
Cuéntaselo a tu papá, le va a gustar». Otra tarde, continúa Armonio memorioso, fue urgido por Carmen para despertar al filósofo malogrado ante la llegada inminente del padre, recibiendo postulados presocráticos en respuesta: «Los que saben dormir son compañeros míos y, cuando duermen, se convierten en mis camaradas, como decía Heráclito.
Tú en este momento eres mi enemigo», sentenciaba el exdurmiente, malhumorado pero agradecido, y lo atacaba a cosquillas simulando las chincuepas 7 y el caminar de un kumantök. 8
Por fin, Filarmónico siente la inminencia del amanecer.
Se estira y despereza, ante la mirada evocadora de Armonio.
La campanada de las cinco de la mañana en el reloj monumental lo termina de despertar y se prepara para cumplir con su deber, todavía medio mareado.
Se levanta sin acusar recibo de la presencia de su hermanito y camina hacia la casa familiar, donde espera Carmelita, con Armonio siguiéndolo de cerca.
—¡Ahí viene Fila con toda su calma! —reprende con cariño la anciana a Filarmónico, al percatarse de su llegada—.
¡Jex yëya! 9 Llévate esto al molino. ¡Apúrate, que ya es bien tarde!
Cuando regreses vas a tener que ir a cortar más hojas para los tamales.
Las que trajiste están bien bonitas, pero son muy pocas.
—Sí, ma —responde obsequioso Filarmónico, mientras fragua el plan para robarle hojas de platanillo al tío 10 Beto: qué va a andar yendo hasta Xiyup, 11 si las del vecino son casi tan bonitas y grandes como aquéllas.
—También tienes que ir por la carne con la comadre Marga, ya está apartada. Los pollos ya están listos, nomás falta la res.
—Sí, ma —repite Filarmónico.
—Bájame un poco de leña para el fogón, antes de que te vayas al molino. Ya puse café para cuando regreses. ¡Öjalamts mitse'e öökpa mnëjkxni! 12
—No, ma.
Es treinta y uno de octubre, se dice a sí mismo Armonio cuando comprende, sin aspavientos, con la inercia con la que otros respiran —la misma con la que caminó hacia la quietud—, que no debe hacer notar su presencia…
todavía. Advierte con sumo enternecimiento cómo Filarmónico suspende su borrachera vitalicia (o al menos disminuye el consumo de alcohol) para acompañar el afanoso trabajo de la elaboración de los pöötsa.
Observa, a una distancia prudente, las idas y venidas de su hermano, y el trabajo increíble que su mamá, a esta edad, continúa realizando.
Mira con deleite el cocimiento de las carnes y la formación de los recaudos, el crepitar hipnótico de la lumbre, las burbujas fugaces, los líquidos alcanzando la entalpía, las chapas encendidas de Carmen, y escucha, divertido, los resoplidos de Filarmónico, a quien ya va pasándosele la resaca.
Transcurre el día e inicia la molienda: trabajo de piedra basáltica y ahínco humano.
Las adoloridas articulaciones de Carmen se quejan y entran al quite las de Fila, llenas de ácido úrico.
Y viene el punto culminante en la preparación del amarillo: el rítmico batimiento de la pasta espesándose con lentitud en la olla, con un palo de madera hecho exprofeso para la labor, hasta lograr que hierva sin quemarse.
—Tsyaja mpi'knëë, nito tsyulo. 13 Ya te lo ganaste —dice la madre, entre cómplice, bromista y orgullosa—. ¿Verdad que no es fácil? Vamos a descansar un rato.
—Sí, ma —recibe, ya menos temblorino, Filarmónico.