Kopk poj: el aliento de la montaña Jootm (interior)Capítulo 1. La danza de los pöötsa - son #3
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Jootm (interior)Capítulo 1. La danza de los pöötsa - son #3

Extenuados y satisfechos, madre e hijo se permiten unas horas de modorra.

Sueño de punzadas articulares el de una y de cascadas de agua dulce el del otro.

Armonio, incapaz de dormir, se concentra en las marchas fúnebres entonadas por la banda municipal —reconoce varias de su papá—, mientras ésta recorre las calles del pueblo, acompañando a las familias afanadas, cada una, en preparar el festín para las visitas del día siguiente.

Pronto, pasadas las cuatro de la mañana, ya del primero de noviembre, Carmen despierta a Filarmónico: debe ir otra vez al molino y posteriormente armar el altar.

Mientras ella, habilidosa y experimentada: desmenuza las carnes; tortea la masa sobre las hojas, las rellena con carne y amarillito y las dobla con pericia; urde una vaporera con los tallos de platanillo y, ¡por fin!

, mete los tamales a la olla. «Vamos a misa mientras se cuecen, ya dieron la tercera», ordena y, al regresar, después de desayunar, destina calculadamente la cantidad de tamales que Filarmónico debe llevarles a familiares, amigos y vecinos.

Cuando éste ha hecho la última entrega (y en cada una recibió otros pöötsa en gozona), 14 Carmen anuncia complacida:

—Bueno, ya está todo listo. No tardan en llegar. Nëjkx mtsi'ivï, 15 papacito.

—Voy, ma —obedece astutamente Filarmónico, pues el viaje hacia la regadera es la oportunidad ideal para darle un buen bajón a la botella de mezcal colocada por Carmen en el altar, reserva especial para estas fechas—.

No creo que se enojen si les robo un traguito —se dice mientras saliva y se le forma una pícara sonrisa.

Es pasado el mediodía, con el sonido del Dios nunca muere y el repique especial de las campanas, cuando Armonio nota que se le despiertan el gusto y el olfato; y en esa hora sagrada se percata de la presencia de los otros caminantes, llegados desde no sabe hace cuánto y de quién sabe dónde, pues nadie puede decir, ni siquiera ellos, si la inmanencia sobrevive en los anchos arroyos, vertientes del silencio.

Se observan mutuamente, sin hablar. Armonio busca entre los recién descubiertos y reconoce pronto a Brígida, por el característico cabello azabache brillantísimo y los ojos valientes de los que algo escuchó, aunque no llegó a conocerla.

Inmediatamente después encuentra al Maestro, envuelto en latonería del cuello para abajo, como caballero de triste figura.

¿Por qué está vestido así? ¿Sabe que estoy acá?

, se pregunta mientras espera su turno para acercarse al altar, después de los otros caminantes invitados.

Al llegar, toma lo que le corresponde, lo depositado para él: nada más, nada menos.

Come naranjas, nísperos, manzanas, cañas, pan y dulces.

Se detiene solemne a observar los pöötsa humeantes, manjares de la vida: verdaderas pausas de la inexistencia.

Olisquea los suyos y los recorre con las manos, los desdobla uno a uno y, después de mucho rato, se permite probarlos, embelesado.

Luego, prueba el mezcal que se salvó del hábil asalto de Filarmónico.

En ese momento, Armonio siente la mirada insondable de su padre y se la sostiene como nunca antes.

No se hablan: ¿qué podrían decirse aquellos que han nadado en las aguas del vacío?

¿Qué adjetivo, qué verbo puede dar cuenta de la experiencia?

¿Quién se es después del zambullido inefable?

Quizá, en otra caminata, tendrán algo para contarse.

Quizá puedan dialogar sobre todas las sensiblerías que son el tejido fundamental del devenir humano, ahora absurdo e insignificante.

No hay prisa: tienen dos eternidades, cada uno la suya, para reencontrarse.

La noche ya está muy entrada cuando todos los invitados han recibido su ofrenda.

Mónico es el primero en retirarse, raspando el piso con sus zapatos ferrosos, y Armonio sabe que ha llegado el momento.

Mientras se dirige al umbral de la puerta echa un último vistazo hacia Filarmónico —quien ya lleva rato roncando— y escucha los murmullos de Carmelita, arrobada por el vapor saliendo de la olla de los tamales, entremezclándose con la neblina: «La muerte es cuestión de alegría y tragazón.

Los muertos también viven: vienen un ratito, se atascan de pöötsa y se marchan, demasiado pronto.

‘Jatö'k jöönt nay'ixumjatat’, 16 dicen danzando en retirada, ‘o antes, si tienes suerte y nos alcanzas’.

Es entonces cuando su aliento se vuelve niebla y nos envuelve, nos envuelve».

1 Tipo especial de tamal.

2 Nombre coloquial asignado al menor de los hermanos. Literal: piedra chiquita .

3 ¿Cómo crees?

4 Mejor tú quédate, papacito, tráete a tu esposa y a tu hijita.

5 Pobre.

6 ¿Quién le va a llevar taco y cobija cuando lo encierren en la cárcel?

7 Variación local de la palabra machincuepas , nahuatlismo que significa pirueta o voltereta .

8 Criatura legendaria mixe. Se quita la cabeza de humano y se pone otra de animal. Chupa la sangre y se sabe de su ataque porque deja marcas de dientes o moretones en las víctimas.

9 ¡Oye, apúrate!

10 En algunas comunidades mixes, es usual llamar ëm, tëk'ëk, nana o tata ( tío, tía, abuelito o abuelita ) a las personas mayores, no necesariamente por una relación de consanguinidad, sino como una muestra de respeto.

11 La Garrapata (paraje).

12 ¡Cuidadito y te vas a tomar!

13 Ten un poco de mezcalito, mijito chulo.

14 Costumbre extendida en la Sierra Norte de Oaxaca, en la que se establece un pacto de reciprocidad: quien recibe una ayuda, un presente, una visita o algún servicio en una ocasión, está obligado a corresponderla. Se da entre personas, familias o comunidades.

15 Vete a bañar.

16 Nos vemos dentro de un año.