Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo treinta y cinco
99%

Capítulo treinta y cinco

Karma

No. No negro. Blanco, todo a mi alrededor, frío y opresivo. Maldita sea. ¿No se supone que debería estar yendo hacia una luz blanca y cálida?

Tú no, amiga. Tú vas al infierno, que es donde te corresponde.

Bueno, tampoco eran las malditas llamas del infierno. Estaba atrapada bajo el peso de la nieve, asfixiándome y congelándome a la vez, sin poder moverme. No me quedaba mucho tiempo.

Algo duro me pinchó en el costado. Obligué a mi brazo a moverse y agarré acero frío.

Habría reconocido el tacto y la forma de ese cañón en cualquier momento, en cualquier lugar.

Con los pulmones ardiendo por falta de aire, empujé hacia arriba y clavé el cañón de Miranda en la capa blanca hasta que sentí que atravesaba hacia donde había menos resistencia.

—¡Miranda! —Una voz amortiguada me llegó desde lejos—. ¿Karma? ¿Eres tú?

No me quedaba aire suficiente en los pulmones para formar palabras, pero en menos de un minuto percibí movimiento por encima de mí.

Después, el peso sobre mi cara se aligeró lo bastante para dejar pasar algo de luz.

Unos dedos se abrieron paso y una bocanada de aire salvador llenó mis pulmones hambrientos.

Parpadeé para quitarme la nieve de los ojos. Knox me miraba desde arriba, con la frente magullada, la nariz sangrando, el rostro convertido en una máscara de desesperación.

—Háblame. —Apartó capas de nieve de encima de mí, desenterrándome con las manos desnudas—. Dime que estás bien.

—Estoy viva. —Tosiendo y resollando, escupí un bocado de nieve y me limpié aquella cosa fría de la cara y las orejas, bastante sorprendida de seguir viva—. Estoy bien.

Después de cavar un poco más, me arrancó de las garras de la avalancha y me estrechó contra su pecho. Para entonces había empezado a temblar, y no había forma de controlarlo.

Bueno. Tiembla todo lo que quieras.

Había sobrevivido a Gustav y a una avalancha. Tras haber hecho mis disparos, el temblor no era más que retroceso.

No protesté cuando Knox me tomó en brazos y me llevó ladera abajo por el campo de nieve y rocas, resbalando y tropezando. Él también había quedado atrapado en la avalancha, mi héroe imprudente.

Durante su peligroso descenso, inhalé grandes bocanadas de aire frío y me aferré a Miranda. Menos mal que mi vieja amiga había estado ahí cuando la necesitaba.

La respiración entrecortada de Knox me acariciaba la cara. Salió vadeando del alud, dirigiéndose hacia la zona llana al borde del bosque, la única parte que no había sido arrasada por la avalancha.

Con un gruñido, me depositó en el suelo, me apoyó contra un tronco caído y se dejó caer a mi lado, aspirando grandes bocanadas de aire mientras se sacudía la nieve y el hielo de la cabeza y el cuerpo.

Me froté el enorme chichón que me palpitaba en la nuca. No era el mismo dolor de cabeza crónico de siempre. Este era flamante, reluciente como una moneda recién acuñada. Seguramente se me estaba formando un nuevo hematoma mientras lo pensaba.

Busqué a tientas mi pañuelo. Había desaparecido, arrancado de mi cara. También me faltaba una bota y tenía los dedos de los pies helados, pero aun así el mundo parecía un lugar más luminoso.

Levanté la vista y, por primera vez en semanas, vi cada detalle del rostro de Knox: las líneas que partían de la comisura de sus ojos, cada pelo de la sombra de su barba, los tonos que oscurecían sus moretones.

El color de sus ojos cambió cuando nuestras miradas se encontraron.

Sus iris avellana cobraron un brillo que reflejaba el amanecer.

—Joder, Knox. Puedo ver. ¡Puedo verlo todo!

La nieve centelleaba sobre el paisaje y un halcón de pecho rojo trazaba círculos sobre nosotros, con la luz filtrándose a través de su plumaje rojizo.

Knox me cogió la mano, con el ceño fruncido de preocupación.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Puedo verlo todo. Con claridad. Solo hay uno de ti. Uno. Solo hay uno de cada cosa, y cuando miro alrededor todo está nítido y mis ojos enfocan sin esfuerzo.

Me miró como si me hubiera vuelto loca.

—¿Se te ha ido la visión doble?

—Sí. —Asentí y sonreí—. ¿Un hematoma anula al otro?

—Milagro médico. —Me estrechó contra su pecho, pero hizo una mueca cuando le rodeé con el brazo y le devolví el abrazo.

—¿Estás herido? —pregunté, soltándolo.

—Qué va —mintió—. Una costilla magullada, nada más.

—Claro. —Le tomé la barbilla y le pasé el pulgar por la mejilla—. ¿En qué coño estabas pensando cuando te convertiste en el blanco de Gustav?

—¿En que haría de cebo mientras tú cazabas al cabrón?

—Eso fue una temeridad, Knox.

—¡Ja! —Echó la cabeza hacia atrás y se rio—. Mira quién fue a hablar.

El rugido de un helicóptero nos hizo levantar la vista al cielo.

El Blackhawk de Troy trazaba círculos sobre nosotros.

Las puertas del aparato estaban abiertas y podía ver a nuestra tripulación sentada al borde de la cabina.

Seb nos hizo la señal del pulgar arriba y las señas de «esperad» y «vamos para allá».

Podía distinguir sus gestos como si estuviera mirando a través de mi mira telescópica.

El helicóptero desapareció de nuestra vista, sin duda para encontrar un lugar donde aterrizar y que la tripulación pudiera venir a buscarnos.

—Veo con claridad. —Me recosté contra el árbol y suspiré—. He vuelto.

—Como si alguna vez te hubieras ido —murmuró Knox, algo malhumorado—. No eres tu vista, ¿sabes? Tampoco eres tu puntería. Eres tú, y eso es lo mejor de ti.

—Qué zalamero. —Ensanché la sonrisa—. Sigue echándome humo por el culo, por favor.

Me besó con tanta fuerza que mis labios se encendieron con su calor y mi cuerpo empezó a descongelarse.

—No puedes hacer gilipolleces así —murmuró contra mi boca.

Me eché hacia atrás.

—¿De qué estamos hablando?

—Me diste un susto de muerte. Pensé que te me habías muerto. Soy duro, pero eso no lo aguanto.

—Tú, tú, tú —me acurruqué contra él—. Siempre tiene que ser sobre ti.

—Se trata de nosotros —me abrazó tan fuerte que apenas podía respirar—. Sin ti, no puedo seguir adelante. Se trata de nosotros. Para siempre. Nosotros.

Su dulzura me inundó con esa rara combinación de fuerza y ternura que jamás había experimentado hasta conocerlo.

Este vaquero arrogante, poderoso SEAL, destructor de enemigos y conquistador de esta mujer dura había calibrado mi verdadero potencial, recalculado mi alcance y me había lanzado hacia una nueva trayectoria.

Me había enseñado que la debilidad estaba en la raíz de toda fortaleza y que ser vulnerable era un camino inesperado para cambiar y crecer como persona. En mis momentos de mayor debilidad fue cuando más aprendí. Cuando estaba hundida fue cuando por fin comprendí el amor.

Recorrí las líneas de su rostro con las yemas de los dedos, contemplándolo sin velos ni engaños, solo él en alta definición. Era el único hombre en el mundo hecho a mi medida, moldeado a mi fuerza, creado para mi placer.

En un mundo lleno de violencia, crueldad, frivolidad, voluntades débiles y seres mediocres, había redefinido mi concepto de masculinidad y me había mostrado el complejo equilibrio que implicaba ser un hombre moderno.

También me había enseñado con su amor que ser mujer era algo bueno, mejor que ser marine, o SEAL, o una de las mejores francotiradoras del mundo.

Más allá de eso, Knox me había ayudado a darme cuenta de que ser mujer era un superpoder como ningún otro, y gracias a él lo acepté plenamente. Este valiente guerrero que había luchado por conquistar mi corazón me había llevado a descubrir el poder, la emoción y la gloria de ser mujer.

De ser yo misma.

—Sabes que estamos destinados, ¿verdad? —susurró entre besos—. Es el karma.

—Esa es la cursilada más grande que he oído en mi vida —solté una carcajada—. Me encanta.

—¿Qué? —me miró con recelo—. ¿No crees en el destino?

—¿Destino? —me encogí de hombros—. No lo tengo claro, pero creo en ti y en mí. Creo que podemos ser un buen equipo, en el trabajo y en la vida. Puede que requiera un poco de esfuerzo de tu buey y mi llama, pero creo que podemos conseguirlo.

—¿Un poco de esfuerzo?

—Vale, conociéndonos, nos va a costar un montón —concedí—. Pero sí creo que uno cosecha lo que siembra, así que ambos obtuvimos lo que merecíamos. Eso sí que es karma, cariño.

Me dedicó esa sonrisa perezosa que tanto me gustaba y luego se rio. Tuve que besarlo, largo y tendido, porque ambos estábamos vivos y nos habíamos ganado una oportunidad. Después le hablé de mi muñeca dolorida y mi tobillo torcido.

Se desvivió por atenderme, improvisó un cabestrillo y me echó su chaqueta sobre los hombros.

También me llevó a un lugar más cálido, de modo que ahora nos sentábamos justo donde caía un rayo de sol que se descomponía en colores y me hacía sentir como si hubiéramos llegado al extremo afortunado del arcoíris.

Le dejé que cuidara de mí. No era para tanto. Al fin y al cabo, pensaba cubrirle las espaldas el resto de mi vida.