Capítulo treinta y dos
Karma
Contacté con alguien, en este caso, con el gorila junto a la puerta de Trev. La bala puso fin a sus actividades criminales para siempre. Cayó con tanta fuerza que una nube de nieve se levantó del suelo.
Solté un suspiro de alivio. Había acertado tres seguidos. Nada mal para una tía jodida que no había sido capaz de acertar una mierda desde que le machacaron el cerebro.
Kane apareció de la nada, agarró al hostil y desapareció con su presa durante menos de un minuto.
Cuando regresó, barrió la nieve con la bota y cubrió la sangre bajo una capa fresca.
Se volvió hacia mí, asintió y, con un cuchillo en la mano, abrió lentamente la puerta y se deslizó dentro de la autocaravana.
El tiempo pasó. Los minutos se me hicieron una jodida eternidad. Cuando Kane no me dio ninguna de las señales acordadas, empecé a sudar a pesar del frío.
El móvil metido en la chaqueta vibró contra el pecho. Lo saqué del bolsillo. Un mensaje encriptado de Knox se materializó ante mis ojos antes de volverse legible. En él, resumía su plan.
Era un plan arriesgado, de locos, y no me gustaba nada.
Kane ya estaba dentro de la autocaravana de Trev, sin saber ni un carajo de la peligrosa estrategia de Knox.
En cualquier momento, Gustav o sus matones podrían aparecer en la autocaravana y encontrar...
¿qué? Varios hombres muertos, con o sin Trev y Kane.
Me dolían las tripas por los dos, pero tenía que mantener la calma bajo presión. Mi plan era mejor que el de Knox e implicaría arriesgar menos vidas. Le envié un mensaje a Knox para ponerlo al día y pedirle que me dejara manejar la situación sobre el terreno. Pulsé Enviar.
Sin servicio.
¿Cómo que sin servicio? Maldije el móvil mientras revisaba la configuración, intentaba crear un punto de acceso y fracasaba. Tenía cero barras. ¡Cero! Sacudí el teléfono inútil. Tenías servicio para recibir el mensaje de Knox hace solo unos momentos, ¿y ahora esto?
Fue entonces cuando me di cuenta de que alguien había cortado el servicio de telefonía móvil del rancho.
Pegué el ojo a la mira y barrí las ventanas de la casa principal hasta llegar a la oficina.
Dos de los matones de Girard estaban manipulando el amplificador de señal que hacía posible la recepción en el rancho.
Ante mis propios ojos, los gorilas terminaron de desconectar el cableado que iba desde la antena Yagi en lo alto del tejado hasta el amplificador de señal dentro de la oficina.
Joder. Gustav había contactado con Knox, pero ahora que tenía su número de móvil, no quería arriesgarse a que nadie interfiriera en su plan. Él tenía su radioteléfono de última generación. Nosotros teníamos una mierda.
Sin comunicaciones, las probabilidades se inclinaban en nuestra contra. Ese era precisamente el objetivo de Gustav cuando había ordenado desactivar el equipo.
La confusión jugaría a su favor.
Sin comunicaciones, el plan de Knox se convertía en el plan, pero Kane y Trev quedarían atrapados en el fuego cruzado. Si eso sucedía, el plan de Knox podría volverse insostenible, por no decir mortal. El único dispositivo de comunicación que podía unir las dos mitades de mi equipo era yo.
Tenía que bajar. Tenía que hacerlo ya, antes de que el plan de Knox se desmoronara o, peor aún, Gustav perdiera los nervios y matara a Gracie o mandara a buscar a Trev.
Recogí mis cosas a toda velocidad y, con Miranda a cuestas, bajé la pendiente a la carrera.
Los pies se me hundían en sesenta centímetros de nieve nueva a cada paso, pero seguí adelante.
Si Girard Junior descubría que estábamos sobre el terreno, el plan de Knox se convertiría en una trampa mortal y la vida de Gracie estaría perdida.
Tras una dura caminata por la montaña nevada, me acerqué a la plaza de aparcamiento al amparo del bosque. Me aproximé sigilosamente a la autocaravana, pegué la oreja al metal y capté algunos sonidos en el interior.
Alguien se movía ahí dentro.
Saqué a Siggy. Sería más adecuada que Miranda en los próximos minutos. Con los sentidos en alerta máxima, forcé la cerradura, entré en el compartimento de almacenamiento y escondí la bolsa de arrastre allí.
A partir de ahora, tendría que viajar ligera.
Tras reponer la munición y asegurar a Miranda a la espalda, me dirigí hacia la pequeña puerta que conducía a las habitaciones. Agachada, me deslicé dentro, cerré la puerta en silencio y me escabullí detrás del mostrador de la cocina.
—Vamos —la urgencia en la voz de Trev me revolvió las tripas—. Levántate de una puta vez, tío.
Me asomé por encima del mostrador y me encontré con una escena de destrucción total.
El banco de ordenadores de Trev estaba hecho pedazos por todas partes.
Su silla descansaba de lado cerca de la cabina delantera, con las ruedas destrozadas.
Cuatro desconocidos yacían en charcos de sangre, presumiblemente hombres de Girard.
Ninguno respiraba.
Trev estaba sentado en el suelo, con un arma en una mano y la otra presionando el abdomen de Kane.
Tendido boca arriba, con el rostro ceniciento y los labios blancos, Kane tenía los ojos cerrados.
Un vendaje improvisado hecho con toallas de cocina le envolvía el abdomen. La sangre manchaba la tela de rizo.
—Karma en cubierta —anuncié—. Moviéndome. A las doce. Saliendo.
—Muévete —respondió Trev—. Sal.
Me levanté, corrí hacia Kane y me agaché.
—¿Situación?
Trev apenas me miró, con la atención fija en Kane.
—Está herido.
—¿Disparado? —le busqué el pulso a Kane y lo encontré fuerte.
—Apuñalado —informó—. No sé lo profunda que es la herida, pero el sangrado ha disminuido. También recibió un golpe en la cabeza al caer. Quizá por eso no responde.
—Por si acaso, asegurémonos de que no se desangre. —Agarré un montón de cables arrancados de la pared y los retorcí hasta formar una especie de cinturón. Trev levantó el torso de Kane para que pudiera deslizar el torniquete improvisado por debajo.
—El tipo es feroz —Trev me ayudó a apretar el vendaje sobre la herida—. Entró aquí como el toro más bravo del rancho y desarmó a cuatro hostiles en un santiamén.
—Puede ser un poco gruñón, pero es un SEAL extraordinario —até el último nudo—. ¿Qué coño pasó?
—Conseguimos ventaja en la pelea, pero entonces uno de los imbéciles me sacó de la silla de una patada y vino a por mí con un cuchillo —explicó Trev.
Miró a Kane y luego me clavó la mirada, los ojos marrones oscurecidos por la pena—.
Kane recibió la cuchillada por mí. Me cargué al imbécil después, pero si no hubiera sido por Kane, estaría muerto.
Un destello de culpa brilló en los ojos de Trev antes de recomponerse. Nuestro feroz guerrero rodante estaba furioso consigo mismo.
—Así que te salvó la vida.
Me apresuré al dormitorio de Trev, arranqué la manta de su cama y volví a arrodillarme junto a Kane.
—Ahora te toca a ti salvar la suya.
Trev frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
—Knox y los demás llegarán pronto —expliqué mientras Trev y yo envolvíamos a Kane en las mantas—. Tienen un plan y yo cubriré desde arriba. Kane necesita ayuda. Tienes que salir del rancho sin que te vean y llevarlo al hospital más cercano.
Trev levantó la vista.
—No quiero dejarte sola con el enemigo.
—Puedo con el enemigo.
—Lo sé, pero no estás al cien por cien —vaciló—. ¿Qué pasa con tu vista?
—No es óptima, pero me he adaptado —me toqué el pañuelo que cubría mi ojo—. Te han subestimado antes por tus discapacidades. ¿Ahora me vas a subestimar tú a mí por las mías?
—Kilo Whiskey, confío en que sabes lo que haces.
—En ese caso, tu misión es asegurarte de que Kane reciba la ayuda que necesita. ¿Puedes hacerlo?
—Afirmativo.
Trev agarró los bordes de la mesa y se impulsó hacia arriba con la impresionante fuerza de sus brazos.
Alargó la mano hacia su silla volcada y sacó un par de postes metálicos sujetos a la parte trasera.
Con un clic y un chasquido, los postes se convirtieron en muletas.
Apoyándose en ellas, se dirigió al asiento del conductor y se subió con una rapidez asombrosa.
Buscó debajo del asiento y encontró el mando del vehículo que guardaba escondido allí.
Se giró en su asiento y preguntó:
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Tres minutos y seré invisible. Gustav pensará que escapaste. No sabe nada de mí ni de Kane, y Kane ocultó mis bajas, así que todavía no sabe que estoy aquí. Muévete rápido y vigila tu retaguardia. Gustav puede tener más hombres apostados en el camino.
—Me encargaré —prometió Trev.
Me descolgué el rifle del hombro y me dirigí a la puerta.
—Vientos favorables, Druid.
—Mares en calma, Karma.
Eché un vistazo por la puerta y, al encontrar la plaza desierta, salí de la autocaravana y me desplacé hacia la casa, pisando con cuidado dentro de las huellas que iban desde la casa hasta la autocaravana.
Era uno de mis trucos favoritos de francotiradora, y funcionaría aún mejor dado que la ventisca había dado paso a una nevada constante que ayudaría a cubrir mis rastros.
Me moví sigilosamente y llegué sin ser detectada al lateral de la casa. Fui avanzando de una ventana a la siguiente y miré dentro.
Los matones de Girard se movían con determinación. Mucha actividad allí dentro. No era de extrañar que no se hubieran enterado de lo que había pasado en la autocaravana. Estaban trabajando en algo, pero no conseguía localizar a Gracie ni a Girard.
¿Dónde estaban?
Una ráfaga de viento atravesó el valle, aullando entre los árboles como una banshee furiosa.
De fondo, los motores de la autocaravana se encendieron.
Trev había calculado el momento a la perfección.
Para cuando las ráfagas amainaron, el sonido de los motores ya se perdía a lo lejos.
Absortos en lo que parecían preparativos frenéticos, los matones de la casa no se dieron cuenta.
Pasé un rato buscando a Gracie y explorando la casa en busca de posibles formas de sacarla de allí. Aseguré a Miranda a mi espalda, trepé por el enrejado y me abrí paso sobre la hiedra marchita hasta alcanzar el balcón del segundo piso. Desde allí, exploré también la planta de arriba.
No pasaba nada. Ni rastro de Gracie ni de Gustav. Entrecerré los ojos escudriñando la oscuridad. El viento amainó y divisé a un grupo de matones ocupados en el prado cercano, plantando algo en el suelo.
Necesitaba ver mejor.
Oculta entre las sombras, aproveché mi posición elevada. Descolgué a Miranda de mi espalda, la coloqué delante, ajusté el pañuelo sobre mi ojo y miré a través de la mira. Bengalas. Los matones estaban plantando bengalas en el suelo para guiar el aterrizaje del helicóptero.
Habría sido un buen detalle si no estuvieran haciendo algo más a medio camino entre la casa principal y el lugar de aterrizaje. Calculé la distancia y enfoqué la mira en los objetos que estaban enterrando bajo la nieve en una fila apretada. Redondos. Aplanados. Familiares.
Minas terrestres.
Joder, la hostia. Gustav nunca había tenido intención de cumplir su trato con Knox. Su objetivo no era salvar a su padre, sino matarlo junto con sus captores. Girard Junior planeaba eliminar a Senior para que no hablara.
Caí en la cuenta de que Gustav quería salvar la cara ante sus clientes y recuperar su confianza. Reconstruiría el plan de su padre y después reinaría sin oposición, libre de la supervisión paterna.
Knox no sabía nada de esto.
El distintivo whup-whup-whup de un helicóptero resonó en la distancia y un escalofrío de miedo me recorrió la espalda.
La trampa estaba preparada. No tenía forma de comunicarme con mi equipo.
Gracie no aparecía por ninguna parte. Knox venía.
Él y todos los del equipo se dirigían directamente hacia la muerte.