Capítulo treinta y tres
Knox
El aterrizaje fue lo más suave de aquel viaje infernal que nos había sacudido hasta los huesos, aunque, siendo justos, lo peor de la tormenta ya había pasado y el viento había amainado. Troy posó el helicóptero en medio de las bengalas y mantuvo los rotores en marcha.
Miré la pantalla. Karma no había respondido a mis mensajes. Hacía un buen rato desde su último informe. Que no hubiera comunicación en un momento tan crítico de la operación me acojonaba. Esto no era propio de Karma.
Algo pasaba, y no era nada bueno.
Supliqué a cualquier entidad cruel y divina que dirigiera este puto espectáculo de mierda que era nuestro universo. Que esté a salvo.
Cuanto antes terminara con esto, antes estaría a su lado. Esa era toda la motivación que necesitaba para abrir la puerta del helicóptero, decidido a salir airoso.
Puede que sintiera alivio al bajarme de ese ataúd metálico que desafiaba la gravedad y hundirme hasta los tobillos en nieve fresca, pero la parte más peligrosa de la operación acababa de empezar. Mi margen de maniobra era tan estrecho que ni un ratón habría cabido por él.
Los copos de nieve caían suavemente desde el cielo oscuro, danzando en el aire, muy lejos de la tormenta feroz que habíamos sobrevivido. Con toda la parafernalia posible, arrojé dos trineos al suelo y cargué a Girard padre y a la sustituta rubia de Karma en los toboganes del Big-Mart.
Los cuerpos lánguidos se desplomaron sin exigir demasiado al plástico barato. Agachado, me alejé trabajosamente del helicóptero en dirección a la casa principal, arrastrando la carga tras de mí. Me tomé mi tiempo. La profundidad de la nieve justificaba el lento avance.
Cuando estuve fuera del alcance del rotor, me di la vuelta e hice señas al helicóptero para que se fuera. Troy me dedicó un saludo militar antes de despegar. El helicóptero ganó altitud y desapareció tras la cresta.
Silencio. Durante unos segundos, solo quedamos la noche y yo. Me di la vuelta y volví a caminar. Al otro lado del campo, las luces de seguridad inundaron de pronto el prado. Dos hostiles salieron de los establos con Gracie sujeta entre ellos.
Entrecerré los ojos contra la luz para evaluar a Gracie. Llevaba botas y chaqueta. Tenía los brazos inmovilizados en un ángulo que indicaba que le habían atado las manos a la espalda. Una tira de cinta aislante le cubría la boca.
Cuando sus captores la arrastraron por una zona donde la luz se concentraba en un círculo amarillo, le vi el rostro pálido y el ceño fruncido. Le brillaban los ojos con desafío y algo parecido a un mensaje, quizá una advertencia.
Menos mal que Sebastian no podía ver a su mujer en ese momento. No necesitábamos a un berserker en el campo.
Los matones que flanqueaban a Gracie llevaban chaquetas con capucha que les ocultaban el rostro. Cualquiera de los dos podía ser Gustav, pero también cabía la posibilidad de que ninguno lo fuera.
La adrenalina previa al combate me inundó, aguzando mis sentidos, afilando mis impresiones, procesando cada percepción a máxima velocidad.
Arrastré los trineos mientras avanzaba con esfuerzo, escudriñando el espacio, contando hostiles y armas, registrando cada detalle del paisaje, cada movimiento, cada sombra.
—¿Dónde está mi otro amigo? —les grité a los matones.
—Un amigo a la vez —respondió el de la derecha, y capté una nota de inquietud en su voz.
Me tensé. Ahí había gato encerrado. Si los cabrones le habían hecho daño a Trev, iban a sufrir una aniquilación total. Aun así, seguí avanzando.
El grupo de enfrente imitó mis movimientos paso a paso. Estaba casi a medio camino cuando sucedió lo imposible.
Un suave pum vibró en mi oído. Sentí el cambio en mi entorno incluso antes de que un vago susurro en la nieve me llamara la atención. Lo imposible se volvió posible. De izquierda a derecha, una estela apenas visible surcó el suelo frente a mí a toda velocidad.
¿Qué cojones?
Pasó zumbando en una trayectoria perpendicular a la mía, a menos de dos centímetros de la punta de mi bota: una rociada de nieve casi imperceptible que trazó una línea superficial a través del prado.
Mi cerebro tardó solo milisegundos en descifrar el misterio.
Una línea en la nieve.
Una raya dibujada en la superficie prístina por un disparo cuidadosamente ejecutado, una bala asombrosamente precisa que rozaba con delicadeza el plano nevado, una que solo yo podía ver mientras seguía su curso y se perdía en la oscuridad.
Un disparo extraordinario.
Un disparo invisible a ras de suelo que solo podría haber sido diseñado y ejecutado por una francotiradora de élite con un dominio superior de la balística, la física y la relación entre un proyectil y su entorno.
Una advertencia perfecta.
Un disparo difícil, probablemente sin precedentes, ejecutado por una tiradora magnífica capaz de crear una solución de tiro tan compleja y sofisticada que había logrado que un proyectil rozara el suelo, surfeando la nieve para pintar esa línea extraordinaria en el momento y lugar exactos para que yo pudiera verla.
Una línea que no debía cruzar.
Karma había hecho esto. Había arriesgado su posición y su vida. Por mí. Para salvar mi vida.
Alertado ante un peligro invisible, dejé caer uno de mis guantes en la nieve. Lo hice a propósito para retrasar el avance. Me agaché a recogerlo y estudié el suelo en el centro del prado.
Las luces distantes apenas iluminaban esta zona, pero mis ojos ya se habían adaptado a la oscuridad. No había huellas en la nieve, pero detecté un rastro compactado que llegaba hasta los establos.
Alguien se había esmerado en borrar las huellas.
La nieve recién comprimida me hizo fijarme en el suelo a dos metros de mí. Ligeros copos caían sobre una superficie plana que carecía de la textura polvorienta de la nieve circundante. Medía unos dos metros de ancho por tres de largo. Todos mis sentidos se dispararon.
Artefacto explosivo improvisado. Mina terrestre. Muerte al contacto.
De no ser por Karma, estaría volando en pedazos en este mismo instante. Gustav había planeado matar a su padre, a mí y a Karma de paso. Hijo de puta. Apostaba a que mis probabilidades de morir reventado seguían siendo altas.
—¿Vamos a hacer esto o qué? —ladró uno de los captores de Gracie con un tono que rezumaba bravuconería.
—¿Dónde está tu jefe? —pregunté para confirmar que estaba agazapado en otro sitio, mientras sus secuaces asumían todos los riesgos.
—Allí. —El hombre señaló con la cabeza hacia los establos, donde la silueta de un hombre se recortaba de pie, rodeado de otros cuantos matones.
Gustav no iba a arriesgarse a volar en pedazos.
No podía confirmar que el hombre junto a los establos fuera él.
Tampoco iba a esperar eternamente si el plan A no se ejecutaba a tiempo.
El plan B probablemente consistía en detonación remota o una lluvia de balas.
La pistola oculta en mi funda no los contendría mucho tiempo.
Karma ya me había dado su señal. Ahora era mi turno.
—Esperad.
Pisoteando la nieve bajo mis pies, avancé con dificultad hacia la parte trasera del trineo y conseguí unos dos metros de terreno más o menos llano antes de agacharme.
—Eh, Girard. Despierta.
Sacudí mi versión de Girard padre, el muñeco hinchable que habíamos comprado y vestido con un traje barato de Big-Mart.
Ignoré a propósito al que tenía la peluca rubia de mala calidad a su lado, mi sustituto improvisado de Karma.
Seguí sacudiendo el primer muñeco hasta que cayó del trineo.
No se me ocurría una señal más clara que esa.
—Ups.
Sonreí a los captores de Gracie.
—Está fuera de combate. Lo siento.
Pum. El hombre a la derecha de Gracie cayó.
—¡Al suelo! —grité mientras metía el trineo vacío bajo el brazo y corría hacia la línea.
Gracie se dejó caer de rodillas mientras el cabrón a su lado echaba mano a su arma.
No tuvo tiempo de apuntar. Pum. Cayó.
Para entonces, ya me había lanzado. Volé por el aire, esperando —no— rezando para que mi impulso y la fuerza de mis piernas bastasen para salvar los dos metros de la zona de muerte.
Prácticamente me estrellé contra Gracie.
Rodamos por la nieve y la arrastré conmigo, lejos del centro del prado.
Varias balas siguieron nuestra trayectoria, pero levanté el trineo y cubrí a Gracie.
Durante el vuelo, Seb, Mac y yo habíamos desmontado nuestra armadura protectora de kevlar y la habíamos pegado con cinta americana al interior del trineo, creando una especie de escudo.
Resultó ser una precaución sensata.
Los disparos a nuestro alrededor disminuyeron a medida que Karma abatía a sus objetivos, todos excepto un tirador persistente que nos siguió mientras Gracie y yo corríamos hacia los establos.
Gustav empuñaba su rifle.
¿Por qué no me sorprendía?
El sonido de fuego automático resonó a nuestro alrededor. Se armó un gran revuelo cuando los matones de Gustav cayeron bajo fuego, no solo de Karma, cuya posición aún no había logrado identificar, sino también de Seb y Mac.
Habían salido del helicóptero al amparo de la oscuridad mientras yo descargaba los trineos y los muñecos. Habían seguido una ruta sinuosa bordeando el prado lejano para rodear la casa principal y atacar al enemigo por la retaguardia.
En cuanto Gracie y yo llegamos a la relativa seguridad de los establos y nos agachamos tras un muro bajo, el sonido inconfundible de disparos con silenciador resonó sobre nosotros.
Whump, whump, whump.
Una cadena de explosiones estalló en medio del prado.
Karma había disparado contra las minas terrestres, eliminando la amenaza que casi me había costado la vida.
A cambio, había revelado su posición. De inmediato, fuego de alto calibre impactó en los hastiales del establo.
Siguieron un estruendo y un golpe seco, y luego silencio.
El corazón se me subió a la garganta.
¿Habían alcanzado a Karma?
Los arbustos detrás de nosotros se agitaron. Me volví de golpe, desenfundé mi HK45 y levanté el escudo improvisado para cubrir a Gracie.
—En movimiento —llamó la voz de Seb—. Saliendo.
—Adelante —respondí—. Sal.