Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo treinta y uno #2
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Capítulo treinta y uno #2

—Estás a treinta segundos de mi padre.

Había sonado lo bastante dubitativo, y ahora reforcé esa impresión cuidadosamente calculada con mi silencio.

—Tráemelo. —La voz de Gustav destilaba triunfo—. Tráeme a mi padre, ahora.

Qué predecible. El juego comenzaba en serio.

—No puedo traértelo ahora mismo.

—¿Por qué no?

Lancé más cebo.

—No dispongo de medios de transporte.

—No cometas el error de pensar que soy idiota. Mi gente en tierra os vio acabar con los narcotraficantes en el motel. Sé que tienes helicópteros a tu disposición, y hombres también.

Bingo. Nueva información. Nos habían observado. Al menos ahora sabía lo que Gustav sabía de nosotros. Necesitaba saber más.

—¿Sabes quién soy? —pregunté, sin tener que fingir mi tono desafiante.

—Eres una especie de contratista militar privado.

Alguien te contrató para secuestrar a mi padre.

Un competidor quizás, un enemigo seguro.

Alguien capaz de financiar una operación sofisticada y con conexiones en gobiernos de todo el mundo, teniendo en cuenta que Interpol emitió una orden de búsqueda y captura contra mí.

No sabía una mierda de lo que importaba.

—Y yo que pensaba que eras un niño de papá con cerebro de vaca.

—Cierra la puta boca y escúchame —espetó el hombre—. Eres un puto mercenario. Trabajas por dinero. Contrato a gente como tú constantemente.

Bueno, no, no exactamente como yo, pero no tenía sentido aclarar el asunto cuando quería que creyera eso.

—Duplicaré lo que cobraste por el trabajo con la condición de que me devuelvas a mi padre y me digas quién te contrató.

—Por fin has dicho algo interesante.

Fingí sopesar la propuesta.

—El problema es que estás arruinado, Gustav, y mis honorarios son altos.

Le solté una cifra obscenamente inflada.

—No puedes permitírteme.

—¿No pensarías que iba a ser tan tonto como para jugármelo todo a una carta, verdad? —se burló—. ¿Crees que llegué a tu rancho con cuatro duros? Puedo transferir esa cantidad a una cuenta de tu elección en cuanto me devuelvas a mi padre.

—No te creo.

Le hice un gesto con la barbilla a Seb, pero ya estaba tecleando en su móvil, enviando órdenes para identificar una cuenta viable e imposible de rastrear y hacernos llegar los datos.

—La mitad ahora, la mitad a la entrega —ofreció Gustav—. Un gesto de buena fe.

—Buena fe, mis cojones.

Solté una carcajada.

—Esto es negocio, nada más. Te envío mi número de cuenta ahora.

Tecleé los números que copié de la pantalla de Sebastian y pulsé Enviar.

—Si el dinero llega, ya veremos.

—Llegará —prometió Gustav—. Despega. Trae a mi padre.

—Un pequeño problema. Ahora mismo estamos en tierra.

Al menos, deberíamos estarlo.

—El tiempo está demasiado malo para volar.

—Los partes meteorológicos indican que la tormenta debería alejarse de aquí en los próximos veinte o treinta minutos. Así que despega. Te estoy pagando una pasta para que hagas esta entrega. Quiero a mi padre.

Por un momento sonó como un niño mimado, pero sabía que no lo era. Aquel hombre era un asesino retorcido, y mis amigos estaban en sus manos.

—Tienes una hora —dijo Gustav—. Debes saber que tengo los medios para hacer volar por los aires cualquier vehículo, aéreo o de otro tipo, que se acerque al rancho sin mi autorización.

También debes saber que tenemos fuentes muy bien situadas.

Si intentas meter a las autoridades en esto, mataré a tus amigos.

—Lo último que quiero es meter a las autoridades en esto.

Me metí de lleno en mi papel de mercenario.

—¿Por qué iba a querer que interfirieran en mis asuntos privados?

—Tenemos un acuerdo —dijo Gustav—. Traerás a la rubia como parte del trato.

—¿La rubia?

La sangre se me heló en las venas.

—Sí, la francotiradora. Ella y yo tenemos asuntos pendientes.

—Me temo que no está disponible en este momento.

—Pues haz que lo esté. No me importa lo que tengas que hacer. Si no estás aquí con ella y mi padre en la próxima hora, tus amigos empezarán a perder partes del cuerpo. Te enviaré vídeos de la faena. Las probabilidades de sobrevivir a amputaciones estratégicas no son altas cuando yo me encargo.

—Si mis amigos sangran, tu padre sangrará en la misma proporción.

—Entonces date prisa y evita el derramamiento de sangre.

Volví a quedarme en silencio, fingiendo sopesar la situación.

—Esta es la única salida —insistió el hijo de puta astuto—. Me traerás a mi padre, y a la rubia. Quiero a la rubia.

Por encima de mi cadáver.

—¿Y si lo hago?

—Obtendrás tu dinero y liberaré a tus amigos.

—No confío en ti, Gustav —hice una pausa para que lo digiriera—. ¿Cómo propones que hagamos este intercambio?

—La mitad de tu dinero llegará a tu cuenta en los próximos cinco minutos. Harás aterrizar un solo helicóptero en el césped norte de la casa. Traerás a mi padre. Tú, mi padre y la rubia bajaréis. Luego harás que el helicóptero se vaya, para que tú y yo podamos llevar a cabo nuestro intercambio.

Claro. Sin refuerzos para menda. —¿Qué pasa después?

—Nos encontraremos a medio camino con la chica y el lisiado. Me das lo que quiero. Te doy lo que quieres. Me largo de tu rancho poco después. Recuperas tu casa. Cuando cruce la frontera, te depositan el resto del pago.

—Lo pensaré.

—Esta oferta tiene fecha de caducidad. Si no estás aquí en menos de una hora, el trato se cancela y tus amigos mueren.

—Tu padre también.

—¿Ves? No creo que vayas a matarlo. ¿Hacerle daño? Sí. ¿Pero matarlo? No. Para ti esto es un negocio. Un muerto no te da dinero. Acepta mi oferta. El doble del dinero más las vidas de tus amigos. Es el mejor trato.

Otra suposición lógica de Gustav. Qué novedad, y también preocupante.

—Comprueba tu cuenta —dijo—. La transferencia acaba de hacerse.

Sebastian levantó la vista del móvil y me hizo la señal de aprobación con el pulgar.

—No intentes jugarla conmigo, Gustav. He sobrevivido a hijos de puta más astutos que tú, y si incumples cualquiera de tus promesas, no llegarás a viejo, te lo garantizo.

—Me caes bien —Gustav soltó una risita—. Eres un rival excelente. Apuesto a que también serías un aliado formidable. Quizás después de esto te plantees trabajar para nosotros.

Ni en esta vida. —Quizás.

—Ponte en marcha —ladró Gustav—. Ven rápido, cuanto antes mejor.

Colgó. Intercambié miradas con Seb y Mac.

—Rogue —llamé por el intercomunicador—. Necesitamos conseguir algunas cosas. Rápido.

—No me digas que quieres aterrizar, despegar y volver a aterrizar.

—Eso es precisamente lo que tenemos que hacer —dije—. Hay que hacer una parada técnica en el Big-Mart para pillar suministros.

—De acuerdo —había que reconocerle a Troy que no discutiera mi arriesgado plan.

—Después de eso, ¿puedes arañar algo más de tiempo a este viaje?

—Vamos a tope con este tiempo.

—El tiempo está mejorando —intervino Marisol—. ¿Y si volamos por el cañón?

—¿Quieres atravesar el cañón con este tiempo y de noche? —la sorpresa en la voz de Rogue era algo inusual.

—Los chicos tienen prisa, cariño.

—Tienes razón —asintió—. Pues por el cañón.

—Agarraos los huevos —gritó Marisol—. La cosa se va a poner movida.