Capítulo veintinueve
Karma
Un zumbido distante vibró en mi palma, reverberó por mis huesos y me arrancó del limbo. Luché por abrir los ojos. Los tenía húmedos y pegajosos. Me obligué a despegar los párpados y las luces del pasillo me golpearon como un rayo.
Ay.
Respiré hondo, aguantando el dolor, hasta que mi mano borrosa fue cobrando nitidez poco a poco. El objeto rectangular e indistinto que tenía entre los dedos resultó ser mi móvil. Me hacía cosquillas en la mano, vibrando sin parar hasta chirriar como una cigarra en verano.
Levanté la mejilla del sofá y me estremecí. El dolor de cabeza que me había tumbado seguía ahí, aunque más leve. Las sienes me palpitaban, pero al menos el pitido en los oídos había bajado a un nivel soportable. Me incorporé y me dejé caer contra los cojines.
El móvil seguía vibrando.
Entornando los ojos hacia la pantalla, distinguí el nombre de Knox. Si podía moverme y obligar a los ojos a enfocar pese a la visión borrosa, entonces seguía viva y no había muerto de una hemorragia cerebral. Mejor aún, los dedos me respondieron cuando pulsé para contestar.
La voz me salió grave y ronca.
—¿Knox?
—Karma, ¿eres tú?
Al oír su voz, me invadió el alivio. Si me estaba llamando, quizá las cosas no estaban tan mal como había pensado.
—Sí, soy yo.
Me aclaré la garganta.
—¿A quién esperabas, a la Bruja Mala del Oeste? No te culpo, pero ahora mismo no está. Si quieres, le dejo un recado.
—Gracias a Dios que estás bien.
El alivio en su voz era palpable, pero también la tensión que vino después.
—¿Ubicación?
—Estoy en la cabaña, tu cabaña.
—Escúchame con mucha atención.
Su tono era severo, su voz apresurada.
—La operación fue un fracaso. Gustav no está aquí, pero puede que esté en el rancho.
—¿Aquí?
Me incorporé de golpe; la descarga de adrenalina me despejó la mente y la vista de inmediato.
—¿Por qué? ¿Cómo?
—Es largo de contar. En resumen, puede que haya descubierto mi identidad. Hemos perdido contacto con Trev, Gracie no contesta al móvil y no consigo localizar a Kane.
Se me fue la mirada al reloj de la repisa.
Parpadeé hasta distinguir la hora. Las dos de la madrugada.
Llevaba horas inconsciente. Gracie podría estar profundamente dormida y, por lo último que había oído, Kane había subido a las colinas —donde la cobertura sería irregular en el mejor de los casos— a buscar unos toros testarudos que habían elegido esta noche polar para fugarse. ¿Pero perder contacto con Trev?
Desastre.
Me puse de pie, luché contra un mareo y logré mantener el equilibrio.
—Voy para allá.
—No, negativo, no quiero que vayas a la casa principal. Voy a necesitar que hagas lo tuyo.
¿Lo mío?
Por un momento, un vacío negro me absorbió el cerebro como una aspiradora. Entonces caí en lo que quería decir. Necesitaba una francotiradora, una exploradora que informara sobre el terreno, gestionara el campo de batalla, proporcionara cobertura y eliminara la amenaza si era posible.
—Entendido.
Apoyándome en la pared, fui hasta mi bolsa de equipo.
—Estoy lista.
—Vienen refuerzos.
Jadeaba como si estuviera corriendo.
—Estamos en camino.
—¿Tiempo estimado de llegada?
—Difícil de decir. Una hora o dos. Los helicópteros de Denver están en tierra por la tormenta y el clima no nos va a ayudar. No sabemos si podremos negociar una aproximación.
Aparté la cortina. La tormenta de nieve había llegado. Los helicópteros no podrían aterrizar en un buen rato. Y dos horas era mucho tiempo para esperar refuerzos en una posible situación de rehenes.
—Necesitamos confirmación.
La voz de Knox sonaba tan sombría como la noche.
Confirmación de si Gustav estaba en el rancho.
—Recibido.
—Si está ahí, necesitamos evaluar la amenaza.
Quería que averiguara si Trev, Kane y Gracie estaban vivos, si podían actuar, y de ser así, en qué condiciones.
—Necesito saber que Gracie está bien.
La voz de barítono de Sebastian llegó por el altavoz, más preocupada de lo que jamás le había oído.
—Es fuerte —dije—. Estará bien.
—Está embarazada.
Un deje inconfundible de desesperación brotó del altavoz.
—No me lo ha dicho, pero lo sé.
Lo había descubierto.
—No dejaré que le pase nada malo a Gracie ni al bebé —prometí—. ¿Me recibes, Orion?
—Te recibo.
Una pausa, y luego:
—Gracias.
—Encontrarás mi camuflaje de combate invernal en la taquilla, junto con mis prismáticos de visión nocturna.
Knox recuperó el móvil para darme todo tipo de instrucciones que no necesitaba, mi mandón obseso del control.
—Hay un chaleco antibalas colgado a la derecha. Asegúrate de ponértelo.
Avancé por el pasillo sintiéndome más firme y resuelta con cada paso.
—Puede que haya otras cosas útiles ahí.
Knox seguía hablando, dando instrucciones sin parar.
—Toma lo que necesites y sal de ahí. Si Gustav está sobre el terreno, se enterará de la cabaña, y si se entera de que estás ahí…
Vendría a por mí.
La cabaña quedaba fuera de la vista de la casa principal y del prado. Todo un bosque se interponía entre ambos lugares, pero Gustav no dudaría en torturar a Trev y Gracie para sacarles la información, especialmente si sospechaba mínimamente que yo estaba en la finca.
Al llegar a la caja fuerte, supe que tenía que moverme rápido. Gracie y Trev eran mis amigos más queridos. No podía permitir que les pasara nada malo.
Knox seguía disparando instrucciones. —La combinación del casillero es...
—Ya la sé. —Reproduje los movimientos de sus dedos y abrí el casillero.
Su respiración crepitó en la línea. —¿Estás segura de que puedes con esto? Si no puedes...
—Puedo con esto. Nací para esto, y no se te ocurra olvidarlo.
Esa arenga iba dirigida tanto a él como a mí. Tenía que recuperar la confianza en mi cuerpo y en mis habilidades, o me arriesgaba a cagarla y perder a personas que amaba.
La duda volvió, junto con el dolor de cabeza. ¿Y si no acertaba al objetivo? ¿Y si le daba al objetivo equivocado? ¿Y si provocaba un tiroteo que matara a Gracie, a Trev o a Kane? ¿Y si una de mis balas se desviaba y alcanzaba a uno de mis amigos?
Joder, me estaba yendo por las ramas. Respiré hondo. Un paso a la vez.
Knox no tenía por qué saber que hacía apenas unas horas había sufrido un colapso y un episodio relacionado con el hematoma que me había dado un susto de muerte. Con un poco de suerte, el episodio no se repetiría y podría rendir al máximo.
Así que vale, quizá no estaba al cien por cien todavía, pero ahora mismo, todo lo que él necesitaba era a alguien en el terreno y mi mira activa.
—Podrías largarte de ahí a pie y esconderte hasta que lleguemos —ofreció, vacilante.
—No va conmigo.
—Lo sé, pero es lo más seguro.
—«Lo más seguro» nunca ha sido lo tuyo ni lo mío —le recordé—. Y eso no va a cambiar ahora. Tenemos una misión y la cumpliremos.
—Tienes razón, pero, por favor, ten mucho cuidado.
Su afecto me inundó. —Lo haré.
—Estamos despegando —anunció—. Observa y vigila. Informa por mensajes cifrados cuando puedas. Esas son tus órdenes. Solo observación. No intervengas. No te involucres y, hagas lo que hagas, no dejes que te pillen. ¿Me copias?
—Te copio. —Decidí rápido y saqué lo que necesitaba de la caja fuerte—. Informaré en cuanto pueda.
—Karma... —Órdenes a gritos y las voces de los demás al fondo lo silenciaron.
—Yo también te quiero —solté, sorprendiéndome a mí misma, antes de volver a la jerga—. Francotiradora en posición. Cambio y corto.
***
Knox
Colgué e intenté respirar pese al nudo invisible que me estrangulaba la garganta. Acababa de enviar a la mujer que amaba a una misión que podría matarla, aun sabiendo que todavía se estaba recuperando de su lesión y que era muy vulnerable frente a un enemigo hábil y letal.
Lo había hecho sabiendo que no se encontraba bien, después de negarme a dejarla participar en una operación bien planificada que entrañaba menos riesgo, más recursos y mejor apoyo que lo que ahora le pedía.
¿Y tú eres el hombre que juró protegerla?
Casi podía oír al destino riéndose de mí, mofándose de mí y de mis buenas intenciones. Me froté la cara, conteniendo las ganas de golpear algo o a alguien.
Sentado justo enfrente de mí en el asiento plegable, Sebastian me sujetó el casco con las manos y, inclinándose hacia delante, golpeó el borde del suyo contra el mío. —Era nuestra única opción.
Asentí y me soltó, reconociendo sin palabras lo que yo temía: que había muchas probabilidades de que nuestras mujeres estuvieran metidas en un lío de muerte. Hacía unas horas, le había ordenado a Karma que se retirara porque no la creía preparada. Ahora la estaba enviando a limpiar mi desastre.
Me sentía como una auténtica mierda. Si le pasaba algo, jamás me lo perdonaría.
Los motores cobraron vida con un rugido. Los rotores empezaron a girar. Activé el sistema de comunicaciones interno del helicóptero.
—Carga a cabina —dije por el micrófono—. ¿Este cacharro tiene cobertura móvil?
—Afirmativo —la voz de Troy crepitó en mi oído, nítida y clara—. Esta aeronave tiene conectividad móvil en vuelo. Tenemos acceso a conexión de voz y datos independientemente del clima o la distancia a la torre.
Excelente. —Necesitamos mantener contacto con los móviles en tierra.
Marisol compartió el código de acceso cifrado. Seb, Mac y yo actualizamos la configuración.
—Tened en cuenta —añadió Troy mientras accionaba varios interruptores en su consola— que las llamadas de voz llegarán por los auriculares. Mucha mejor amplificación, y además quien llame no oirá el estruendo del helicóptero.
—Eso servirá. —Me puse a abrocharme el arnés.
—Lo conseguirá. —Mac levantó el pulgar—. Karma va de camino.
Con las tripas retorcidas como un puñado de trapos mojados, volví a llamar. —¿Rogue?
—Adelante, Triton.
—¿A qué velocidad puede volar este cacharro?