Capítulo veintiocho
Knox
Fue una operación de manual, ejecutada de forma impecable, de las que enseñan en los entrenamientos de asalto, y salió sin contratiempos.
Desde el punto de infiltración, recorrimos el kilómetro en solo unos minutos. Confirmamos que el coche del aparcamiento era el mismo que Gustav había usado para entrar en el país.
Nuestro equipo de diez efectivos rodeó el destartalado motel, aseguró todas las salidas, despejó el lugar de civiles y bloqueó las entradas antes de que nos centráramos en la habitación alquilada a los ocupantes del coche, esquina sur, planta baja.
Con los equipos en posición, Sebastian, Mac y yo irrumpimos en la habitación. No nos vieron venir. Los tuvimos inmovilizados con bridas en menos de dos minutos.
Operación de manual. Ejecutada de forma impecable. Y un puto fiasco.
Mientras iba y venía frente a los cuatro matones alineados contra la pared del fondo de la habitación, mirándoles las caras, supe que nos la habían jugado. Conocía muy bien la cara de Gustav. La suya no era ninguna de las que me devolvían la mirada con la boca floja de miedo.
Sebastian terminó de interrogar al líder de aquel grupo de narcotraficantes a los que habían pillado con millones de dólares en fentanilo.
Seb ladeó la cabeza y salió. Lo seguí hasta el pasillo exterior, respirando el aire frío de una noche gélida a poco más de seiscientos kilómetros de Denver, en medio de la nada, Nebraska.
—Nos la jugó —dije, adelantándome a Sebastian.
—Así es.
Seb se apoyó contra la pared de ladrillo y bebió un poco de agua del sistema de hidratación de su mochila, con el ceño fruncido.
—¿Qué dijo el hijo de puta al mando? —pregunté.
—A él y a sus traficantes los contrataron en Chicago. Se reunieron con su contacto en Bismarck, Dakota del Norte. Le pidieron que se pusiera la ropa con la que fotografiaron a Gustav cuando cruzó la frontera.
Masticó la boquilla.
—Le dijeron que condujera el coche hasta Columbus, Nebraska, donde esperábamos que fuera Gustav.
Sus órdenes eran ir despacio y tomar carreteras secundarias.
Por el camino, estos cabrones decidieron traer mercancía para distribuir.
No reconoció a Gustav ni a nadie en las fotos que le enseñé. Se le acercó otro hijo de puta.
—¿Un intermediario?
—Posiblemente.
Seb dio otro trago de agua, cerró la válvula y soltó la boquilla.
—Describió al tipo como militar, grande, corpulento, como yo, dijo.
—Así que, además de tener hackers decentes en su equipo, Gustav tiene recursos sobre el terreno.
—Eso parece.
Temiendo que el vapor de mi rabia me quemara la cabeza, me arranqué el gorro de lana y me pasé los dedos por el pelo.
—¿Podemos seguir el rastro del dinero?
—La transacción fue toda en efectivo. Nada que rastrear.
—No lo entiendo.
Estrujé el gorro en la mano.
—Teníamos vigilado el vehículo desde Fort Rice.
—El cambiazo con estos perdedores ocurrió antes, en Bismarck.
Se registraron en una habitación de hotel que comunicaba con otra.
Ahí fue donde consiguieron la ropa, el dinero, las llaves del coche y las instrucciones.
Salieron de esa habitación, se subieron al coche y se largaron.
Nuestros recursos locales notaron que había más gente, pero pensaron que Gustav había reclutado a unos cuantos lugareños de camino a Nebraska.
Contuve la rabia y me obligué a pensar con claridad.
—Entonces, si Gustav no está aquí, ¿dónde coño está?
—Podría estar en cualquier parte a estas alturas.
Sebastian se removió contra la pared.
—Como tiene ayuda sobre el terreno, es posible que cambiara de coche desde el principio, nada más cruzar la frontera.
—Esta mierda no debería haber pasado —gruñí—. Somos mejores que esto.
—Somos buenos, pero no infalibles, y recuerda que Gustav se ha entrenado con los Spetsnaz. No estamos lidiando con un idiota cualquiera.
—El cabrón nos lleva horas de ventaja.
Miré el reloj.
—No sabemos qué coche conduce. Solo llegar aquí nos llevó tiempo. Es casi como si…
Sebastian arqueó las cejas pobladas.
—¿Qué?
—Como si quisiera tenernos distraídos aquí en Nebraska para poder ir a otro sitio.
—Hablé con el Equipo Bravo —dijo Sebastian—. Están a cargo de vigilar a Gaspar. Todo tranquilo por allí, pero han redoblado esfuerzos y operan en alerta máxima. El cabrón va a tener que enfrentarse a un pequeño ejército de primera si quiere llegar hasta su padre.
—No es el estilo de Gustav —reflexioné—. Le gusta dominar el escenario y confía en la superioridad numérica. Cuantas más armas, mejor.
Sebastian se frotó la barbilla con los nudillos.
—¿Subterfugio, entonces?
—Sí, pero ¿cómo coño averiguaría dónde tienen retenido a Girard?
—Tendría que sacárselo a alguien que lo sepa.
—¿El Departamento de Justicia?
—Es posible, pero hablé con la gente de allí y dijeron que estaban blindados.
—Eso significa que tendría que encontrarnos a Karma o a mí, los dos únicos que él sabe seguro que estuvimos metidos en esto.
—No puede encontrar a ninguno de los dos, dado que vosotros dos no existís —señaló Sebastian—. Trev se ha encargado de eso. Lo que nos devuelve al punto de partida.
—O al «punto jódeme», como le gusta llamarlo a Karma.
—Eh.
Mac asomó la cabeza por la puerta de la habitación donde teníamos a los narcotraficantes.
—¿Qué hacemos con estos cabrones?
—Empaquétalos bien para la policía —ordenó Sebastian—. Llama a la pasma. Que se encarguen ellos del resto. Nos largamos.
Activó el comunicador y llamó a los helicópteros para la extracción mientras Mac volvía a la habitación del motel a organizar nuestra salida.
—No me gusta —dije, reanudando el ir y venir—. Algo no cuadra.
—¿Mal rollo?
—Del más apestoso.
—Ese sentido tuyo del mal rollo nunca nos ha fallado.
Sebastian apretó los labios.
—¿Qué se nos está escapando?
—Gustav quiere recuperar a su padre. Se las arregla para entrar de contrabando en el país, contacta con gente del lugar dispuesta a trabajar por dinero. Tienen «pinta de militares». Yo diría que son matones a sueldo.
—Te sigo.
—No tiene sentido colarse en Estados Unidos, arriesgarse a que te pillen y gastarse el dinero que costaría un grupo así. A menos que…
Sebastian me instó a continuar con un gesto de la mano.
—¿A menos que qué?
—A menos que Gustav sepa exactamente lo que quiere y adónde va.
Le di vueltas a la idea.
—¿Y si ha encontrado la forma de localizarnos?
—¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Habrá encontrado alguna conexión entre tú y Battle Brothers?
—Improbable.
Negué con la cabeza.
—No hay conexión posible.
—Piensa bien. Detalles. Algo que dijeras. ¿Algo en el hotel?
—Hicimos una limpieza a fondo y la suite quedó reducida a cenizas.
—Huellas dactilares, ADN.
—No hay huellas ni ADN que rastrear, ¿recuerdas?
Un recuerdo incómodo me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué pasa? —exigió saber Seb.
—Mi Stetson.
—¿Lo dejaste allí?
—Qué va —resoplé—. Se me escapó cuando saltamos del acantilado, así que le metí un montón de agujeros y se hundió hasta el fondo del mar.
—¿Es posible que Gustav enviara buzos a buscarlo o lo encontrara de alguna manera?
—En teoría sí, pero tío, eso es mucho suponer.
—Aunque lo encontrara, un sombrero es solo un sombrero, ¿no? —Seb enarcó las cejas—. Stetson es una marca enorme con muchos distribuidores. Un sombrero agujereado no revelaría gran cosa.
—Cierto, salvo que solo compro mis sombreros en un sitio.
—¿Dónde?
—Denver's Western Outfitters.
—¿Y?
—Esa gente pone su marca en todo.
—También venden muchos sombreros, ¿no?
Ese mal rollo se materializó en algo tangible, como un montón putrefacto de tripas escondido bajo la maleza por la que has patrullado varias veces, algo cuyo olor te llegó cuando cambió el viento pero que nunca viste hasta que aparecieron las moscas y los buitres.
Sebastian me observó con atención.
—¿Knox?
—Western Outfitters tiene una base de datos de sus clientes con sus preferencias.
Lo sabía porque llevaba en su lista desde que mi padre me compró mi primer Stetson a los doce años.
—Graban el número de cliente en el forro del sombrero, junto a su logotipo, para que si alguien lo pierde, puedan devolvérselo.
Seb se encogió de hombros.
—Sigue siendo mucho suponer.
No quería decirlo, pero tenía que hacerlo:
—La teoría cobra sentido si Gustav accedió a la base de datos de la tienda. Sabemos que contrató hackers para tumbar el sistema cuando cruzó la frontera. Sabemos que son bastante buenos. La base de datos de la tienda sería pan comido.
—Si hackearon la base de datos de la tienda, podrían haber relacionado el número de cliente con tu nombre y dirección —Sebastian me clavó la mirada—. ¿Qué dirección?
—El rancho.
Se le fue el color de la cara. Agarró el móvil justo cuando yo marcaba el número de Trev. Cuando contestó al primer tono, sentí un alivio enorme.
—Tenemos una nueva teoría —anuncié.
—Adelante —dijo Trev.
—Tiene que ver con un sombrero.
Trev resopló.
—Esto tengo que oírlo.
—Significa que el rancho podría ser el destino de Gustav.
—¿El rancho? —Trev se puso serio al instante—. No hay forma de conectarte con—
La línea se cortó y el nudo en mi estómago se tensó de golpe.
Volví a marcar. El teléfono de Trev sonó, pero no contestó. Levanté la vista y me encontré con la mirada de Seb.
Con la frente surcada de arrugas profundas, me mostró la pantalla.
—Gracie tampoco contesta.