Capítulo veintisiete #3
El sonido del helicóptero al despegar se hizo más fuerte cuando pasó sobre la cabaña, luego resonó a lo lejos hasta que dejé de oírlo. Knox se había ido. Sin mí. Nadie que le cubriera las espaldas. Nadie que lo protegiera en el campo de batalla.
Una prensa invisible me apretó la cabeza.
Habíamos terminado. Se lo había dicho. El imbécil me había dejado atrás, pero yo había sido una auténtica arpía.
Había querido que rompiera las reglas por mí.
Le había dicho que se fuera a la mierda.
Esas habían sido mis últimas palabras, las mismas que él tanto odiaba.
El dolor. Hice una mueca. ¿Me estaba muriendo?
La oscuridad surgió desde mi interior. Las lágrimas me empaparon el rostro y se acumularon en el sofá. Aferrándome al móvil, hice un último esfuerzo por llamar a Gracie. Para entonces ya era demasiado tarde. La oscuridad llegó y, por fin, el dolor cedió.
***
Knox
Volamos alejándonos de la puesta de sol y nos adentramos en la noche, una realidad direccional que también era una metáfora de cómo me sentía.
Había dejado a Karma atrás. Me había suplicado que la dejara ir. Yo había tenido demasiado miedo de correr el riesgo. Si volvía a resultar herida, nunca podría vivir conmigo mismo. Ahora que había conocido lo que era vivir con ella, ¿podría aprender a vivir sin ella?
Había dicho que habíamos terminado. ¿Habíamos terminado?
No si de mí dependía.
Yo no era de los que se rinden.
Terminaría esta misión. Y de paso, superaría la rabia que me había invadido en el momento en que me amenazó con terminar nuestra relación si no hacía lo que ella mandaba.
La muy bruja me había llamado imbécil santurrón. Había cuestionado mi autoridad. Me había desafiado, insultado. Me había dado donde más dolía, casi había logrado dejarme fuera de combate.
Sus exigencias me ponían en una posición imposible.
Era su amante. Entendía sus necesidades.
Quería apoyarla tanto profesional como personalmente.
Puede que su recuperación no fuera su prioridad, pero sí era la mía.
Tenía que serlo. Quería complacerla, pero debía actuar con sensatez para mantenerla a salvo.
También tenía que pensar en la misión y garantizar la seguridad de todos los implicados en la operación.
¿Quería un novio que no pensara por sí mismo?
¿Quería una escoba con la que barrer el suelo en lugar de un compañero con criterio propio?
Su inteligencia y sus convicciones eran las principales razones por las que me había enamorado de ella.
¿Me había equivocado al suponer que ella valoraría esas mismas cualidades en mí?
Derrotado. Así me sentía mientras iba a librar mi siguiente batalla.
—Eh. —Mac me dio un codazo en el brazo y, tapándose el micrófono, gritó por encima del rugido del helicóptero—: ¿Qué te reconcome?
—Nada —le grité.
—Bien, pues guárdate tu mierda para ti. —Tenía unas ganas enormes de borrarle esa sonrisita de la cara—. No es asunto mío, pero creo que tomaste la decisión correcta.
Miré a Big Mac, que era un auténtico coñazo pero siempre decía las cosas como las veía.
—¿A qué te refieres?
—Tomaste la decisión difícil, pero la correcta. Ella no está preparada.
Me froté los ojos. Ojalá tuviera razón, porque de lo contrario me había vuelto tan tóxico como el padre de Karma.
Le di vueltas al asunto durante las dos horas siguientes, mientras nos preparábamos para la intercepción. Después tuve que dejarlo todo a un lado y centrarme en la misión.
—Tres minutos para el objetivo.
La voz del piloto crepitó en mi oído, el barítono de Troy Battleson, que había insistido en pilotar la misión.
Troy era el Director Legal de BB, pero también era un Night Stalker condecorado que había servido en el 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (Aerotransportado), una unidad de élite, y era uno de los pilotos de helicóptero más hábiles del mundo.
—Descenso a un kilómetro del objetivo —informó por el intercomunicador del helicóptero—. Triton, ¿puedes confirmar idoneidad?
Consulté el ordenador de misión y vi la señal del GPS fija en un claro de una zona boscosa, al otro lado de una colina frente a un motel de carretera. Dada la dirección del viento y la ubicación, el ruido del helicóptero no alertaría al objetivo.
Activé las comunicaciones.
—Eso vale, Rogue.
—Entonces moved el culo. —La copiloto miró por encima del hombro y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja—. El equipo de Sebastian ya está bajando por las cuerdas.
Mientras me ponía los guantes, le devolví la sonrisa a Marisol Méndez, la esposa de Troy, que además de ser una epidemióloga de renombre mundial, ejercía de copiloto para BB con regularidad.
Mientras ejecutaban la aproximación final, envidiaba la compenetración natural de Troy y Marisol en la cabina, cómo trabajaban juntos a la perfección, una colaboración fluida y práctica que continuaba fuera del trabajo.
¿Podría llegar a tener eso con Karma?
—Estamos en posición —anunció Troy por el comunicador—. Jefe de tripulación, proceda a la descarga.
—Vamos, vamos, vamos. —Me dirigí hacia las cuerdas.
Hora de ponerse manos a la obra.