Capítulo veintisiete #2
—Personalmente, sí. Profesionalmente, no —suavizó la voz—. Ahora mismo, yo estoy al mando. Soy quien toma las decisiones del equipo. Mi trabajo es cuidar de mis hombres, y eso te incluye a ti.
—Si no me llevas contigo...
—Para ahí —levantó una mano en gesto de advertencia—. No me amenaces. No digas nada de lo que puedas arrepentirte después. No puedo llevarte conmigo. Conoces las reglas y no pienso poner en riesgo tu recuperación.
Cerré los puños a los costados, temblando de rabia contenida.
—A la mierda las reglas.
—No estás autorizada para entrar en acción.
—Pero...
—Basta —subió a la camioneta, cerró la puerta y bajó la ventanilla—. Te quedas aquí —gritó—. Es una orden.
—¿Sabes qué? —di un paso adelante, golpeé el marco de la ventanilla y clavé las uñas en el cuero del interior—. No tengo por qué seguir tus putas órdenes.
—Sí, tienes que hacerlo —los nudillos se le pusieron blancos sobre el volante—. Eres miembro de mi equipo. No desafiarás mis órdenes. ¿Entendido?
El metal frío me abrasaba la palma de la mano. Me dolían las uñas de arañar el cuero duro. Los dientes me palpitaban en las encías. La rabia de quedarme atrás me ardía en el vientre y me nublaba el juicio.
—En ese caso, no me encontrarás aquí cuando vuelvas.
Se quedó inmóvil en el asiento.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que oyes —gruñí—. Se acabó. Me largo del rancho. Pediré un traslado fuera de tu equipo. Conseguiré mi propio equipo. Me niego a trabajar con un capullo que cree que puede controlar mi vida porque se me está tirando.
Nada más decirlo, supe que había cometido un error.
Knox nunca me había negado ninguna oportunidad y, aunque estaba furiosa, había conocido a suficientes cerdos machistas durante mi carrera como para saber que Knox no era uno de ellos.
Además, había mezclado mi vida profesional y personal en una declaración que hizo que Knox se estremeciera como si le hubiera dado un golpe bajo.
Con una sola frase furiosa y desacertada, había materializado los temores que ambos habíamos albergado sobre trabajar juntos, el mismo temor que, combinado con mi filosofía de un-tío-una-noche, nos había mantenido separados durante años.
Durante las últimas semanas en el rancho, la dinámica laboral no había sido un gran problema entre nosotros, pero al enfrentarnos de nuevo a una misión activa, los viejos temores habían aflorado a la superficie.
Y ahora lo había herido profundamente, le había asestado un golpe bajo justo antes de que partiera a una misión peligrosa.
Me odiaba a mí misma.
El autodesprecio no hizo más que alimentar mi furia.
—Eso es duro, Karma, muy duro —apretó la mandíbula y la ira que brillaba en sus ojos se transformó en una tristeza profunda y creciente—. Creía que habíamos dejado esto atrás.
El rugido de los motores de un helicóptero ahogó su voz. Me llevé una mano a la frente y entrecerré los ojos para mirar hacia arriba. Un Blackhawk que volaba bajo pasó rozando los árboles, sacudiéndonos con la ráfaga de sus rotores y levantando la nieve a nuestro alrededor.
El helicóptero descendió hacia el valle hasta que lo perdí de vista.
El ruido se fue alejando y me dejó a solas con el latido de mi sangre en los oídos y el pico de dolor que me taladraba la cabeza.
Un silbido agudo me perforó el cráneo. Tuve que agarrarme a la puerta para mantener el equilibrio.
El rostro de Knox aparecía y desaparecía.
A través de la borrosidad, tuve la impresión de que todo era un espejismo.
—Te quiero, Karma —parecía haber envejecido. Abatido. Desdichado—. Intento hacer lo correcto contigo, pero si crees que intento controlarte y que tomo decisiones sin fundamento, entonces, por supuesto, haz lo que tengas que hacer.
—Puedes estar seguro de que lo haré —no pude evitar que la ira me dominara ni que las lágrimas me ardieran en los ojos. La maldita jaqueca no hacía más que empeorar las cosas—. Si me dejas atrás, se acabó. ¿Me oyes?
—No quiero creerte —dijo en voz baja—, pero te oigo.
—¿Y?
—La respuesta sigue siendo no.
Apreté los dientes. Se comportaba como un santurrón que siempre tiene razón, y sin embargo una parte de mí, muy en el fondo, sabía que lo hacía para protegerme.
Quizá tenía razón. Tal vez no estaba del todo lista todavía. Pero no podía quedarme atrás. Simplemente... no podía. No podía aceptar mi propia debilidad.
Después de una vida de noes, necesitaba que me dijera que sí.
La furia me hirvió en las entrañas y arrasó con mi parte racional, dejando solo la rabia cruda que había alimentado mi lucha de toda la vida contra el abuso, la humillación, los prejuicios y la discriminación.
—Llego tarde —dijo—. Lo siento, pero tengo que irme.
—En ese caso... —incapaz de contener la rabia, le di una patada a la camioneta—. Vete a la mierda.
Sin decir una palabra más, metió la marcha atrás, dio la vuelta y aceleró colina abajo.
Cuando la camioneta desapareció tras la curva, la jaqueca se disparó y tuve que taparme los oídos.
El silbido se volvía más agudo por momentos.
Me tambaleé hacia la cabaña. Los ojos se me negaban a enfocar nada.
Tropecé en las escaleras, pero logré cruzar la puerta y llegar hasta la cocina.
En la encimera encontré mis pastillas para el dolor.
Con las manos temblorosas y las lágrimas resbalándome por las mejillas, dejé caer unas cuantas cápsulas en la palma. ¿Eran cuatro u ocho? Daba igual. Me las metí en la boca y las bajé con un trago de agua directamente del grifo.
Maldito fuera. Me había dejado atrás. ¡Me había dejado!
Crucé el salón tambaleándome, esperando que la cabeza me explotara en cualquier momento. Me dejé caer en el sofá. La mejilla se me estampó contra el cojín. El dolor. Que le dieran al dolor.
Mierda. Knox había tenido razón. Estaba demasiado enferma para ir con él. ¿Me estaba dando un derrame? ¿Debería pedir ayuda?
Busqué a tientas en el bolsillo trasero, agarré los bordes cuadrados y logré sacar el móvil. Me lo acerqué a los ojos, pero no conseguía enfocar la pantalla. El chirrido en mi cabeza era insoportable. No podía pensar.
La pequeña Lapua saltó a mi lado. Me olisqueó la cara, me lamió las lágrimas y soltó un maullido lastimero.
—No tan fuerte —murmuré, apretando los ojos para que la habitación dejara de dar vueltas.