Capítulo veintisiete
Karma
—Lo tenemos —anunció Trev mientras entraba rodando en los establos, con una sonrisa triunfal en los labios.
El corazón me dio un vuelco. Por encima del lomo de Nez, crucé una mirada con Knox antes de soltar el cepillo y salir corriendo del establo.
—¿Quieres decir que...?
—Sí. —Trev sonreía de oreja a oreja—. Tenemos la ubicación de Gustav Girard.
Todos dejaron lo que estaban haciendo y se volvieron hacia Trev. Respiré hondo e intenté calmarme. Ya faltaba poco para enfrentarme a Gustav.
No podía esperar, y Miranda tampoco.
Miré por la ventana. Delicados copos de nieve flotaban arrastrados por un viento helado, y las temperaturas habían bajado en anticipación de la tormenta prevista para esa noche. El clima podía ser el peor enemigo de un ranchero, así que esa mañana Knox se había puesto en modo vaquero a tope.
Knox, Kane y Mac acababan de regresar. Habían pasado horas reforzando los refugios contra el viento. Gracie había ayudado conduciendo una moto de nieve con un trineo enganchado, repartiendo sacos de pienso en distintos puntos para llenar los comederos antes de que llegara la tormenta.
¿Y yo?
A mí no me habían dejado ayudar por culpa del desmayo, la migraña que me había tenido despierta toda la noche y una visión doble persistente que no remitía.
El desmayo no había durado mucho, pero Knox había insistido en llevarme al hospital. Los escáneres cerebrales no mostraron cambios, así que el médico achacó el episodio al estrés y la falta de sueño, y me mandó a casa.
Me sentía tan estúpida. Me había desmayado. ¡Yo!
Como las cosas no cambiaran pronto, iba a perder mi filo y acabar convertida en el cliché de damisela en apuros que tanto detestaba.
Para colmo, esa mañana Knox y yo habíamos tenido otra discusión.
Knox sostenía que hablar con mi padre y enterarme de que Gustav andaba por la zona había generado demasiado estrés y empeorado mi estado.
Yo pensaba que eso era una gilipollez. Era más fuerte que eso.
Esta vez, cuando salió de la cabaña, el cabreado había sido él.
Intenté ir al campo de tiro, pero el dolor de cabeza era como un hacha partiéndome el cráneo. Arrastré a Miranda y mi penoso culo de vuelta a la cabaña y pasé la mayor parte de la mañana acurrucada con Lapua en el sofá, intentando tener paciencia conmigo misma y fracasando estrepitosamente.
Mi único consuelo era que Trev también se había quedado en su autocaravana. Llevaba dos días pegado al portátil. Al menos él le estaba siendo útil al equipo, mientras que yo no servía para nada.
Le había pedido a Gracie que me avisara cuando ella y el equipo volvieran. Cuando lo hizo, me tomé más analgésicos y bajé la montaña a pie. Al menos podía ocuparme de los caballos si Knox me dejaba.
Cuando llegué a los establos, todos parecían helados y agotados, pero el anuncio de Trev transformó el cansancio en entusiasmo.
—Joder, Druid. —Mac dejó caer la silla que acababa de quitarle a su yegua y le dio una palmada en el hombro a Trev—. Lo conseguiste. Encontraste al hijo de puta.
—Pues claro. —Gracie dejó el establo que estaba limpiando y vino a ponerse a mi lado.
—¿Tan pronto? —Kane estaba junto al cuarto de aperos, con las riendas y la brida de su bayo en la mano.
—Es el mejor. —La sonrisa orgullosa de Gracie hizo que la de Trev brillara aún más.
Knox salió del box de Nez y cerró la puerta.
—¿Dónde está ese mierda? —preguntó Knox—. ¿Tenéis ojos sobre él?
—Tenemos confirmación visual —informó Trev—. Lo tenemos justo donde queríamos, en Nebraska, a una hora al norte de nuestro objetivo.
—¿Has avisado a Sebastian?
—Seb está al tanto. Nos movemos para interceptar. Dos equipos, dos helicópteros. El plan es ganarle la partida al tiempo. Tu carroza llegará en —miró el reloj— doce minutos.
—Mac, conmigo. —Knox se dirigió hacia las puertas—. A equiparse.
—Espera. —Corrí tras él—. ¿Y yo qué? ¿Y los demás?
—Sí —secundó Trev—. ¿Qué pasa con nosotros?
—Druid, te necesitamos para supervisar la parte cibernética de esta operación. —Knox se detuvo un momento para dar órdenes—. Kane, necesito que te encargues del rancho.
—A sus órdenes. —Kane le hizo un saludo burlón—. ¿Seguro que no necesitarás un par de manos extra?
—Segurísimo. Tendré las manos que necesito en el helicóptero. Gracie, tú te quedas con Kane, Trev y Karma. ¿Entendido?
—No querría otra cosa —murmuró Gracie con alegría, sin duda intentando contrarrestar la furia que irradiaba yo.
Mac y Knox desaparecieron tras las puertas. Lancé una mirada rápida a los demás y seguí las huellas en la nieve. Las pisadas de Mac iban hacia la casa principal. Las de Knox rodeaban la casa. Llegué al aparcamiento justo cuando arrancaba la camioneta.
—Espera. —Abrí la puerta del copiloto de un tirón y me subí de un salto—. Quiero ir contigo.
—Lo sé. —Knox aceleró por el largo camino de entrada y giró a la derecha en el cruce.
—Por favor. —Me abroché el cinturón—. Déjame ir contigo.
—No me hagas esto. —Knox pisó a fondo.
—¿Quién te va a cubrir las espaldas si no estoy allí? —Zarandeada por los baches, me agarré al asidero para no salir despedida por el camino de grava.
—Mac y Seb vendrán conmigo. —Sin apartar la vista del camino, aceleró montaña arriba—. Y habrá más gente.
—Pero no seré yo.
—Cierto.
Me miró.
—Pero esta vez no puedes venir.
—Debería ser yo quien cazara a Gustav.
Cambié de táctica cuando él giró hacia el camino de grava de la cabaña.
—Él y yo tenemos asuntos pendientes.
—Yo también tengo asuntos pendientes con él, y créeme, los resolveré.
Detuvo la camioneta frente a la cabaña, abrió la puerta de golpe y, con el motor encendido, subió los escalones a zancadas.
—¡Knox, espera!
Corrí tras él y entré en la casa pisándole los talones.
—No puedo esperar. El helicóptero llegará en...
Consultó el reloj.
—Menos de siete minutos.
Colgó el sombrero en el perchero, corrió hacia la habitación del fondo y, tras irrumpir en el vestidor, presionó un punto alto en el panel de madera.
Una pequeña sección se deslizó para dejar a la vista el teclado iluminado.
Introdujo una secuencia de números. Bip.
El panel entero giró y dejó al descubierto su taquilla.
Knox entró en la compacta habitación de dos metros por dos, se quitó las botas vaqueras y se despojó de los vaqueros y la camisa de franela.
Debajo ya llevaba la ropa térmica de alta tecnología.
Sin perder un segundo, se volvió hacia el perchero de la pared, donde colgaba su equipo de combate organizado según el clima.
—Tenemos que hablar de esto.
Intenté no sonar tan beligerante como de costumbre.
—Esta es mi pelea. No necesito que la libres por mí.
—Hablaremos cuando vuelva.
Se puso unos pantalones térmicos con bolsillos cargo, un forro polar intermedio y una chaqueta ligera, todo en negro.
—Tengo que irme.
—Escúchame —supliqué mientras se calzaba las botas de combate y se ponía un gorro de punto a la vez.
—No hay nada que puedas decir que me haga cambiar de opinión.
Se puso el chaleco táctico y llenó los bolsillos con cargadores que cogió de un estante alto.
—Estoy lista —escupí entre dientes—. He estado practicando. Puedo hacerlo.
—El momento no es el adecuado —dijo—. Tendrás que quedarte al margen.
Agarró su bolsa de emergencia, un gran petate de camuflaje que esperaba a un lado de la habitación, siempre listo como exigía Elite. Contenía sus armas y todo lo que necesitaría para la misión.
Contuve un gruñido.
—¿Y por qué es decisión tuya y no mía?
—Somos una organización civil, claro, pero tenemos una cadena de mando.
Me indicó que lo siguiera fuera de la taquilla, tecleó el código para cerrar la puerta y el panel volvió a su sitio.
—Te guste o no, yo estoy al mando. Esto ya es bastante difícil para mí. No lo hagas más difícil todavía.
Estaba en pleno modo SEAL, el rostro inexpresivo, la actitud decidida, pero los tonos oscuros de verde que dominaban sus iris delataban la batalla interna que libraba. Mientras corría tras él, intenté pensar en un argumento que lo convenciera de llevarme a esta misión.
—Knox, necesito ir.
Opté por la verdad.
—Gustav es mi problema y necesito demostrarme que puedo hacerlo.
—No necesitas demostrar nada a nadie.
Sus botas de combate resonaron sobre las tablas mientras cruzaba la casa.
—Gustav es nuestro problema.
—Pero...
—Habrá otras misiones en el futuro, muchas oportunidades para que demuestres lo que sea que creas que tienes que demostrar, pero hoy no. Todavía no estás recuperada del todo.
—Sí lo estoy —gemí entre dientes—. Si tan solo me dieras una oportunidad.
—No estás lista.
El terco cabezota salió por la puerta conmigo pisándole los talones.
El aire frío me golpeó el rostro y me punzó los pulmones. Los copos de nieve brillaban al posarse sobre el gorro y los hombros de Knox. Avanzó por la nieve, de espaldas a mí, inmutable ante todo lo que le había dicho.
—Espera. Para.
Me adelanté y le bloqueé el paso hacia la camioneta.
—¿Te sacaste el título de medicina anoche mientras dormíamos?
Se detuvo y frunció el ceño.
—Claro que no.
—Entonces, ¿quién coño te ha nombrado director médico de mi vida?
Soltó un resoplido áspero que se convirtió en una nubecilla de vaho.
—¿Tengo que recordarte que ayer te desmayaste? Me diste un susto de muerte. Luego te dio una migraña brutal y andas por ahí con visión doble.
—Ahora me encuentro bien.
Alcé la barbilla.
—Mientes.
Me esquivó y lanzó la bolsa a la parte trasera de la camioneta.
—Aún no te has recuperado del todo, y no pasa nada.
—Pero Knox...
Me rodeó la cintura con un brazo, me atrajo hacia él y me silenció con un beso, un roce fugaz de labios a modo de dulce despedida.
A mí me supo amargo.
Le puse las manos en el pecho, lo aparté de un empujón y escupí:
—Llévame contigo.
—No puedo.
Apretó la mandíbula.
—Estás siendo un imbécil santurrón. Siempre crees que lo sabes todo. Dijiste que seríamos socios en igualdad de condiciones. En los establos. ¿Te acuerdas?
—Lo recuerdo.
—Entonces, ¿por qué tienes que tomar tú todas las decisiones? ¿Acaso no tengo derecho a decidir por mí misma?