Capítulo veintiséis #3
Knox entró en la oficina del rancho con el ceño fruncido.
Los surcos de su frente se habían hecho más profundos últimamente.
Parte de sus preocupaciones tenían que ver con Kane.
Habíamos hablado de él, barajado algunas ideas.
Como recién convertida a la teoría casamentera de Gracie sobre contagiar la felicidad, me sentía impulsada a ayudar a Kane a encontrar a su Alix.
El resto tenía que ver con Gustav.
Ninguno de los dos se rendiría hasta que encontráramos al cabrón.
Mis preocupaciones más recientes me habían llevado a intercambiar miradas con Gracie, que estaba sentada al otro lado del escritorio, trabajando en su portátil.
—Hola, Tritón —Su tono alegre dio paso a una arcada repentina. Se puso verde. Tapándose la boca con la mano, saltó de la silla y salió corriendo hacia la puerta, algo que ya había pasado tres veces ese día.
—Disculpadme —graznó—. Ahora vuelvo.
—¿Ha sido algo que he dicho? —Knox frunció más el ceño mientras seguía con la mirada la precipitada salida de Gracie—. ¿Huelo tan mal?
—Tú, mi pedazo de Wagyu, hueles de maravilla, como un buen filete al que quiero hincarle el diente —Me recosté en la silla y, reprimiendo la irritación que me había provocado descubrir que Knox me había ocultado un gran secreto, opté por ser civilizada en vez de enfadarme—.
A mí me gusta el olor a vaquero casi tanto como el aroma de un rifle justo después de que la bala sale de la recámara.
—Ay, mi corazoncito —Se dejó caer en la silla frente a mí—. Mi Karma es una amante despiadada, pero ahora mismo suena muy peligrosa. Cuando se propone dejarme sin palabras, lo hace con la precisión de una francotiradora.
Le lancé mi mirada más inocente.
—¿Por qué iba a querer hacer eso?
—Porque tú y Gracie estáis ocultando un secreto —El hombre astuto se tocó la nariz—. Lo huelo a kilómetros. Gracie está embarazada, ¿verdad? Acaba de ir a vomitar. Últimamente lo hace mucho.
Ese era el problema de tener de novio a un SEAL tan perspicaz. No se le escapaba una.
—¿Y bien? —exigió Knox—. ¿Tengo razón?
—Lo siento. —Tamborileé con los dedos en el escritorio—. No puedo confirmar ni negar.
—Joder. —Se quedó boquiabierto—. ¿Sebastian lo sabe?
Apreté los labios y no dije nada.
—No lo sabe —concluyó Knox con seriedad—. Tienes que convencerla de que se lo diga. Tiene derecho a saberlo.
—Mi dulce semental. No me hables de derechos. Dado que la balanza de género ha estado inclinada a favor de los hombres desde el principio de los tiempos, no esperes que te compadezca.
—Roger Tango —respondió, jerga militar para entendido—. Aun así, creo que le debe la verdad.
—Ya que hablamos de deber la verdad a otros... —Me recliné en la silla—. Deberías haberme dicho que mi padre te estaba demandando.
Maldijo entre dientes, se quitó el sombrero y lo dejó caer sobre el escritorio con un resoplido.
—Gracie te lo dijo.
Lo desafié arqueando las cejas.
—¿Importa quién se lo dijo a quién?
—Te juro que iré al tribunal y haré pedazos a ese imbécil...
—No, no lo harás.
Se echó hacia atrás y me miró fijamente.
—¿No lo haré?
—Han retirado la demanda.
Abrió los ojos como platos. —¿Qué?
—Ya no va a por ti. —Sentí cierta satisfacción al saber que había sorprendido tanto a Knox como a mi padre, y también por haber resuelto mi problema, a mi manera.
Knox me observó con atención.
—¿Qué hiciste?
—Le dije que si no se retiraba, haría públicas las cartas de mi madre.
Parpadeó.
—¿Qué cartas?
—Las cartas que mi madre le escribió, en las que detallaba cómo la maltrataba física y emocionalmente.
Las que guardo bajo llave. No tenía ni idea de que las tenía.
Le dije que si seguía adelante con el caso, si alguna vez volvía a molestarnos, las pondría a disposición de la prensa y de sus superiores, junto con el historial médico de mi madre, que documenta las palizas que le dio.
Su carrera militar habría terminado. Se acabaron los días tranquilos en el Pentágono.
—Joder, mujer, eres...
—¿Increíble? —Sonreí con suficiencia.
—Iba a decir incontenible. O invencible. O...
—De nada —lo interrumpí—. Ese hijo de puta está fuera de nuestras vidas para siempre.
Sentaba bien decirlo en voz alta, dejar atrás a ese hombre y el pasado, aunque solo hablar con él ese mismo día me había dejado con náuseas y un dolor de cabeza palpitante.
—Ahora que eso está resuelto, vas a jurar que no volverás a ocultarme nada, especialmente cuando se trata de mis asuntos.
—Quería protegerte. —Me lanzó una mirada obstinada—. Eso no va a cambiar nunca. Siempre voy a protegerte pase lo que pase, aunque no te guste.
—Me estoy conteniendo. —Entrelacé las manos—. Tus buenas intenciones son la única razón por la que no voy a castrarte como mereces, eso y que no volverás a ocultarme secretos.
Esbozó una sonrisa vagamente arrepentida y no del todo sincera.
—¿Lo siento?
—Esto tiene que parar. —Odiaba la mueca que cruzó su rostro.
Esto tampoco era fácil para mí, pero si íbamos a tener un futuro, esta conversación era necesaria—.
Para ser un tipo que dice querer que confíe en él, no lo estás haciendo muy bien.
No intentes controlarme —dije despacio, con deliberación, apenas conteniendo la rabia—.
No me ocultes cosas. Si quieres que lo nuestro funcione, no vuelvas a hacer esa mierda.
Apretó la mandíbula.
—Entendido.
Advertencia hecha.
Me levanté de la silla, intentando superar la irritación y olvidar al General Mierda de una vez por todas. Sin previo aviso, el dolor de cabeza se intensificó y todo en la habitación se multiplicó por cuatro en manchas borrosas que giraban.
—¿Karma? —La silueta borrosa de Knox se abalanzó hacia mí, su voz sonaba lejana—. ¿Estás bien?
—No. —Las piernas me fallaron.
Me desmayé.