Capítulo veintiséis
Knox
Salí a cabalgar temprano por la mañana para revisar el ganado, claro. Le debía a Derek y Ken cuidar del rancho y de sus preciadas reses. También necesitaba despejar la mente y ordenar mis pensamientos.
La noche anterior había sido una montaña rusa.
Primero, la pelea en el bar, luego mi confrontación con Karma, seguida de mi confesión completa y, finalmente, la suya, que superó todo lo que jamás habría esperado.
Había sido un hijo de puta feliz... hasta que Mac interrumpió mi dicha y Trev nos puso a todos en alerta máxima.
El momento de atrapar a Gustav se acercaba.
Joder, no veía la hora.
Sebastian había salido temprano esa mañana para reunirse con los Battleson. Necesitaban informar a la CIA, el FBI y las demás agencias de que Gustav estaba en territorio estadounidense. Tendrían que hacerlo sin revelar la audaz y habitual infiltración de Trev en sus sistemas blindados.
No era tarea fácil.
En cuanto a Karma, había pasado todo el tiempo que estaba despierta en el campo de tiro o preparando su equipo, ignorándome cuando le recordaba que aún no tenía el alta médica. Esperaba haberlo dejado claro: si tenía que elegir, su salud sería lo primero.
Divisé a Kane a lo lejos, trabajando en la cerca del campo más alejado, y dirigí mi caballo hacia él. Mejor abordar esto ahora. Nunca había sido el parlanchín de la familia —ese era yo—, pero incluso para sus estándares, había estado demasiado callado desde que llegó a Rio Alto.
Algo lo estaba carcomiendo.
El sol del mediodía había derretido la costra de hielo sobre el río.
Los cascos de Nez chapotearon mientras cruzaba trotando por el vado poco profundo hasta alcanzar la orilla oeste.
El aire seco y frío me raspaba las mejillas y me llenaba los pulmones con los aromas familiares del hogar: el río en movimiento, los bosques de pinos y álamos y, sí, el estiércol de vaca, cuyo hedor quedaba atenuado por el frío durante los meses de invierno.
Espoleé a mi caballo. Sus cuartos traseros se recogieron mientras se lanzaba a un galope tranquilo. Incluso al medio galope, Nez se movía tan suavemente como una mecedora.
Disfruté del relajante clop clop de sus poderosos cascos mientras batían la tierra, atravesando manchas de nieve, aguanieve y barro. Ese era el sonido de la libertad para mí, el latido de mis primeros años.
El ganado salpicaba el paisaje bucólico y algún que otro mugido resonaba en el prado. Un halcón sobrevolaba la zona, escudriñando el río en busca de su próxima presa. Las montañas se alzaban alrededor del valle hasta tocar un cielo cerúleo que magnificaba las vistas panorámicas.
Había pasado toda una vida viajando por el mundo, asombrándome ante su crueldad y su belleza, y sin embargo no había encontrado un lugar que acunara mi alma tan suavemente como el rancho.
Tiré de las riendas y me detuve junto al caballo bayo de Kane. Pasé una pierna sobre la grupa, salté y até mi caballo junto al suyo. Caminé pesadamente hacia mi hermano, que no levantó la vista de su trabajo.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Cambiar aisladores.
Clavó un clavo nuevo en el poste de madera.
—El voltaje estaba bajo y estos están viejos y oxidados. No quiero tener que perseguir a los toros monte arriba porque la maldita cerca eléctrica haya fallado.
—Supongo que apagaste el energizador solar, ¿no?
Levantó la vista y puso los ojos en blanco.
—No pienso achicharrarme. Sé lo que hago. Llevo haciendo esto casi tanto tiempo como tú.
—Cierto.
Me agaché ante su rollo de herramientas y, después de quitarle el martillo, le pasé el destornillador.
—Lo que no sé es si tu mal humor tiene que ver con el ranchero o con el SEAL. Como estás aquí con tan poca antelación, voy a suponer que es el SEAL lo que te tiene así de mustio.
—Estás buscando información.
Era listo como el hambre.
—Ve a buscarte otro coto de pesca. Este río no tiene truchas.
—Te conozco, hermanito.
Deslicé el martillo en la caja de herramientas y estudié el perfil de Kane, con el ceño permanentemente fruncido.
—No es el óxido de los aisladores lo que te tiene con esa mosca cojonera detrás de la oreja. Es lo que sea que te esté royendo las tripas lo que te tiene tan jodido.
—Hazte útil y pásame ese rollo de alambre, ¿quieres?
Extendió la mano enguantada.
—Y de paso, métete en tus asuntos y lárgate.
—Si te dijera cuántas veces he ignorado esa petición en todas sus variantes soeces, te reirías.
Sostuve el rollo mientras él desenrollaba el alambre.
—Te ahorraré las historias, ya que estás revolcándote en tu ciénaga existencial y tu sentido del humor se ha evaporado.
Kane sacudió la cabeza y me ignoró ostensiblemente.
—Puedo pasarme toda la tarde dándote la tabarra.
Agarré los alicates y corté el alambre nuevo.
—O podemos hacer esto rápido e indoloro y acabar de una vez.
—No tiene sentido hablarlo.
Al menos no estaba negando lo que fuera que le estuviera pasando por la cabeza.
—No puedes hacer una mierda al respecto, así que ¿para qué molestarse?
—Al menos podrías intentarlo conmigo.
Dejé caer el trasero en una roca cercana y apoyé los codos en las rodillas.
—Algo te ha tenido despierto toda la noche y agotado todo el día. Tu humor de mierda no mejora. Así que voy a aplicar mi brillante intelecto y mi cerebro sobredesarrollado para hacer una conjetura fundamentada.
Me lanzó una mirada furiosa por encima del hombro.
—Veo que tu ego sigue en plena forma y tu vanidad se niega a morir. ¿A qué viene este interrogatorio psicológico?
—Es el desastre de Afganistán —aventuré mientras metía el rollo de alambre en su alforja—. Todos curramos mucho allí. ¿Me equivoco?
—Tienes toda la vida por delante para ser un idiota entrometido.
Se levantó y se sacudió la nieve de los vaqueros.
—¿No podrías dejarlo por hoy?
De repente me di cuenta de por qué me gustaba tanto Karma. En mi familia, la ironía era la norma. La había dominado como estrategia de comunicación mucho antes de conocerla.
—Háblame.
No me pasó desapercibida la tensión que apretaba la mandíbula de Kane, pero no pensaba rendirme.
—Sé cómo te sientes.
—Sinceramente, lo dudo —dijo él.
Se dio la vuelta, cruzó los antebrazos sobre el poste y se quedó mirando a lo lejos.
Me puse de pie y caminé hacia él sin prisa.
—Entonces cuéntamelo.
—Podríamos haberlo hecho bien, retirarnos en orden, pero qué va, tuvimos que abandonar a nuestros aliados y dejar atrás los sueños rotos de millones de personas que querían una vida mejor, especialmente las mujeres y las niñas que ahora han quedado reducidas a mera propiedad.
Suspiré.
—A todos nos cuesta aceptar tanta injusticia.
—Después de esa cagada monumental, los chicos están destrozados —dijo.
Examinó el destornillador que tenía en la mano.
—Joder, yo estoy destrozado. Un día nos mandan a desangrarnos por un trozo de tierra insignificante. Al día siguiente, lo entregan sin pensar ni un segundo en los hermanos que murieron defendiéndolo ni en la gente que será oprimida, torturada y asesinada.
—Estoy de acuerdo contigo —dije—. ¿Cómo nos fuimos? Fue un abandono del deber, una traición total a gente buena que merecía algo mejor, pero no fue culpa nuestra. Hicimos lo que pudimos.
—La moral en los Equipos se ha ido a la mierda.
El resoplido de Kane se condensó en una pequeña nube que se alejó flotando.
—No soy un belicista. La guerra nunca es mi primera opción. Sé lo terrible que es. Joder, somos nosotros los que sangramos en ella. Pero una vez que nos mandan al combate, ¿por qué coño no nos dejan hacer el trabajo como es debido?
—La situación actual le roba el sentido a todo lo que hace un soldado —coincidí con mi hermano—. Estás atascado y no sabes cómo salir.
Vaciló, con la mirada perdida en las montañas.
—La verdad es que podría aguantar toda la mierda si no fuera por la falta de humanidad —dijo.
Sus ojos grises perdieron brillo.
—La indiferencia total que mostramos hacia nuestros aliados y hacia la gente que se jugó el pellejo para ayudarnos a librarnos de terroristas y tiranos es una puta mierda.
Incluso dejamos estadounidenses atrás, Knox.
¡Estadounidenses! A la gente que queda atrapada en zonas de guerra la tratamos como si fuera desechable.
—¿Kane?
La amargura que destilaban sus palabras me revolvió el estómago.
—¿Qué te pasó?
Tragó saliva y pasaron varios segundos antes de que volviera a hablar.
—Si te lo cuento, ¿me juras que no perderás los papeles ni me soltarás el sermón de hermano mayor?
Me eché hacia atrás y fingí quedarme boquiabierto.
—Ese es Ken. Yo nunca haría esa mierda.
—Claro —dijo Kane sacudiendo la cabeza—. Porque tú no te conviertes en un imbécil santurrón con diarrea verbal cuando te empeñas en demostrar que lo sabes todo, ¿verdad?
—No soy santurrón —protesté—. Simplemente siempre tengo razón. Es mi maldición.
Kane resopló, pero al menos eso le arrancó una sonrisa.
—Odio bajarte los humos, pero eres un hijo de puta santurrón. Pregúntale a esa mujer tan guapa que tienes. Ella te lo dirá.
—Vaya si lo hace, constantemente —dije.
No tenía sentido discutir con la verdad. Levanté la mano derecha.
—Juro solemnemente no convertirme en un imbécil santurrón.
Bajé la mano.
—Venga, dispara.
—Sucedió durante nuestro último despliegue —dijo Kane.
Alzó la vista hacia los picos altos.
—Estábamos a cargo de defender un pueblo en riesgo de ser invadido por terroristas y de entrenar a una unidad local. Nuestro intérprete voló por los aires por culpa de un artefacto explosivo improvisado.
Mierda. «Terp» era la jerga militar para referirse a un intérprete.
—Eso tuvo que ser muy duro.
—Fue duro para todos —dijo Kane.
Se echó el sombrero hacia atrás.
—Estábamos en una situación desesperada, y como nuestra presencia en la región estaba llegando a su fin, los mandos no asignaron otro intérprete a nuestra unidad.
—Restricciones presupuestarias, falta de disponibilidad, bla, bla, bla —dije.
Conocía bien las excusas.