Capítulo veinticinco
Knox
Era el hombre más feliz del planeta. Encaramado en el pajar, tumbado sobre un montón de mantas que había arrojado apresuradamente sobre las pacas, me pegaba a Karma en posición de cuchara, con su espalda encajada contra mi torso.
Enterrados bajo una manta escocesa, la acunaba en mis brazos, compartiendo mi calor con ella.
La tenue lámpara se reflejaba en el techo de chapa ondulada, iluminando su terso perfil.
Cuando levanté la cabeza para mirarla, la sonrisa plácida que persistía en la comisura de su boca hizo que la mía se ensanchara.
Había llegado donde este Knox jamás había llegado, y por algún maldito milagro, seguía allí.
Permanecí en silencio, disfrutando del dulce letargo de haber hecho el amor rápido y duro, y luego lento y tierno; saboreando la sensación de estar vivo y la idea de tener un futuro más allá de la pelea; deleitándome con la novedad de habernos dicho la verdad y de habernos aceptado mutuamente en exclusiva en nuestras vidas.
Había estado cambiando de marcha desde que conocí a Karma, frenando, acelerando, maniobrando por una carretera empinada y sinuosa, bordeando curvas peligrosas y acantilados aterradores, pero ahora, por fin, había alcanzado la cima de mi viaje.
Una relación entre nosotros prometía tantos desafíos como emociones fuertes, pero estaba deseando disfrutar de un viaje de los buenos.
—Esta cosa pincha —dijo Karma, dejando pasar un puñado de heno entre los dedos—. Me alegro de que pusieras esas mantas antes de lo del revolcón en el heno.
—Revolcarse en el heno es una idea bastante romántica —dije mientras dejaba deslizar su sedoso cabello entre mis dedos, encantado con la sensación de los largos mechones en mi mano.
—Tiene que ser un clásico de todas las novelas románticas de vaqueros que he leído.
Me incorporé apoyándome en el codo y busqué su mirada, incapaz de ocultar mi sorpresa. —¿Lees novelas románticas?
—Muchas —respondió. Se puso boca arriba y agitó un dedo en el aire—. Si alguna vez les mencionas eso a los chicos, vas a acabar durmiendo en este establo, tú solo con los caballos. Tengo que mantener mi imagen de tía dura. ¿Entendido?
—Entendido —dije entre risas—. Imagen de tía dura, vale. Revolcarse en el heno sin algo de preparación previa delata a quien no lo ha hecho nunca. Sin las mantas, tocaría quitarse briznas de heno de sitios insospechados y rascarse en partes donde el picor nunca es buena señal.
—Vaya —dijo con voz aguda, fingiendo admiración—. Menos mal que hice caso de la advertencia.
—Menos mal que mi mujer es del tipo pragmático —repliqué.
—Mi mujer. —Esbozó una sonrisa dubitativa—. Suena raro, antifeminista y anticuado, como un descenso que también es un ascenso.
—Dejaré de usarlo si te fastidia, pero desde mi punto de vista, nunca he llamado así a nadie antes que a ti, y considero un honor llamarte mía.
—Ay, Knox —dijo ella. Su sonrisa se volvió soñadora y descarada a la vez—. Qué bonito hablas, pero oye, que no hace falta que me dores tanto la píldora, al menos no siempre.
—Lo siento —dije entre risas—. Tú me provocas. Las palabras bonitas me salen solas cuando veo tu cara. Me gusta decir las cosas como las veo. ¿Va a ser un problema lo de «mi mujer»?
—Quizá pueda hacer una excepción siempre que no te importe que te llame «mi hombre».
—En absoluto —le planté un beso en la punta de la nariz—. Me encanta. Dilo otra vez.
—Mi hombre.
—Me pones tan duro cada vez que lo dices —le susurré al oído mientras le acariciaba detrás de la oreja con la nariz y frotaba la prueba de mi excitación contra su muslo.
—En ese caso, puedo vivir con ello —dijo, y alzándose, me plantó un beso en la barbilla.
Atrapé sus labios y me di un festín con ellos. —Disfruto mucho negociando contigo.
Las cosas iban camino de otra sesión de mi versión de revolcarse en el heno cuando el crujido de las puertas del establo me alertó de que algo iba a interrumpir aquellos prometedores acontecimientos.
—¿Triton? ¿Karma? —La voz de Mac resonó desde algún lugar debajo de nosotros—. ¿Dónde estáis?
Suspiré y puse los ojos en blanco, resistiendo el impulso de quedarme callado y dejar que Mac volviera a la casa principal. Pero si andaba husmeando a estas horas, algo pasaba.
Me puse de pie y me acerqué tranquilamente al borde del pajar. Karma también se levantó, se envolvió en una manta y vino a ponerse a mi lado. Juntos, miramos a Mac desde arriba.
Estiró el cuello hacia arriba, con la mirada divertida saltando entre nosotros. —Después de todo este tiempo aguantando vuestras interminables discusiones y viéndoos revolotear el uno alrededor del otro como avispas cabreadas, esto es algo a lo que me va a costar acostumbrarme.
—Pues ve acostumbrándote —dije—. ¿Qué pasa?
—Por lo que veo, tú —la sonrisa burlona de Mac se ensanchó.
Agarré el sombrero del suelo y me tapé la polla con él. —¿Mejor?
—Para mis pobres ojos, seguro —se encogió de hombros—. ¿Para ti? Probablemente no, a menos que sea un sombrero de diez galones, en cuyo caso tienes margen de crecimiento y un cubo por si lo necesitas.
Sus carcajadas resonaron en el establo, acompañadas por las risitas de Karma, a quien también le pareció todo hilarante.
—Qué gracioso, capullo —sofoqué una sonrisa y endurecí el tono—. Más te vale tener una muy buena razón para estar aquí ahora mismo, o te voy a patear el culo sin cobrar.
—Cero canguelo —Mac se rascó la barba incipiente y señaló a Karma con la barbilla—. Ella sí que me encoge las pelotas. ¿Tú? No tanto.
—Este es mío —los hoyuelos de Karma se marcaron más mientras se centraba en Mac—. ¿Te ofreces voluntario para ponerte una manzana en la cabeza y que yo disfrute o estás aquí por algún motivo menos divertido?
—Opción B, por favor —respondió mientras se recolocaba ese desastre que él llamaba moño de macho.
—Suéltalo ya, hamburguesa gigante —ordenó ella—. Para ser comida rápida, o eres lento de cojones o estás esperando a que se quemen las patatas fritas.
—Sí, señora. Esta noche, sin patatas fritas. —La sonrisa juguetona desapareció de su rostro—. Es Trev. Nos convoca a todos. Algo pasa.
***
Karma
—Gustav Girard entró en Estados Unidos esta mañana a la una y media de la madrugada —informó Trev, sentado frente a su banco de ordenadores—. Cruzó por el puesto fronterizo de Northgate, en Dakota del Norte, con un nombre falso y un pasaporte canadiense.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Knox.
Reunidos alrededor de Trev, Knox, Seb, Gracie, Mac y yo contuvimos la respiración mientras Trev aporreaba el teclado y mostraba en pantalla una imagen granulada en blanco y negro de un tipo con bigote y gorra de béisbol.
—Hemos estado vigilando todos los puntos de acceso probables al país día y noche —Trev giró su silla de ruedas para mirarnos—. Nuestro software de reconocimiento facial lo detectó. Como veis, iba disfrazado, pero no logró engañarnos.
Sebastian se rascó la barba.
—¿Tenemos confirmación?
—Cuando recibimos la alerta, cruzamos la imagen con la marca de tiempo y el número de la estación de entrada, entramos en los sistemas del CBP y revisamos los registros. Así descubrimos lo de su identidad «prestada». Así que sí, tenemos confirmación. Ese es el auténtico Gustav.
Se me erizó el vello de la nuca y la loba que vivía dentro de mí gruñó al saber que la caza estaba llegando a su fin.
Mi bolsa de arrastre estaba preparada. Miranda estaba lista, y yo también. Quizá todavía no daba en el blanco con regularidad en el campo de tiro, pero Gustav era un objetivo grande.
A él no iba a fallarlo.
—¿Adónde va? —pregunté, ansiosa por centrar mi retícula en Gustav.
—Su documentación indica que va a Minneapolis, pero lo dudo.
—¿Crees que va a Nebraska? —pregunté.
—Sinceramente, eso espero.
—La esperanza no tiene nada que ver con saber dónde está el cabrón en este momento —señalé sin rodeos—. Dime que lo tienes localizado. Dame un punto donde pueda apostarme.
—Estamos en ello.
—¿Y eso qué significa? —exigí, indignada—. Quiero al cabrón ya.
—Dale un respiro —intervino Knox—. Deja que se explique.
—Sabemos cuándo y cómo entró Gustav en el país —dijo Trev—. Sin embargo, este puerto de entrada sufrió un retraso irregular en el procesamiento de datos. No creemos que fuera un fallo técnico.
—¿Estás diciendo que ese hombre tiene hackers a su servicio? —preguntó Sebastian.
—El análisis del acceso a los servidores en cuestión apunta a que sí —dijo Trev—. Alguien introdujo el fallo para darle a Gustav tiempo de desaparecer.
—Joder. —Me froté la frente, deseando que el maldito dolor de cabeza desapareciera—. No sabemos dónde está.
—Lo estamos buscando —me aseguró Trev—. Tenemos todas las cámaras de todas las autopistas bajo vigilancia, centrándonos en Nebraska. Lo encontraremos, Kilo Whiskey. Te lo prometo.
Con Trev buscando, solo era cuestión de tiempo, pero aun así, algo no me cuadraba.
—¿Qué pasa cuando lo encontremos? —preguntó Gracie.
—Recibirá lo que se merece —dijo Knox.
—Más que eso. —Esbocé una sonrisa escalofriante—. Está a punto de conocer el karma de Karma.