Capítulo veinticuatro #3
—Te tocó —le recordé—. Le dije que parara, pero no lo hizo. Así que se lo tenía merecido.
Se frotó la cara.
—¿Debo suponer que a partir de ahora vas a darle una paliza a cualquiera que me toque?
—Si es para seducirte, entonces la respuesta es sí —incliné la cabeza y observé su reacción—. ¿Eso te molesta?
—No —soltó. Y luego—: Sí.
—¿Y bien? —lo desafié levantando la barbilla—. ¿Cuál de las dos?
Miró hacia las vigas y resopló.
—No necesitas golpear a nadie en mi nombre. Puedo hacerlo yo mismo.
—No golpeé a esa tía por ti —dudé, y luego me obligué a decirlo—. Lo hice por mí.
Arqueó las cejas, confundido.
—¿Por qué?
—Porque estoy harta de verte largarte con otras mujeres —me mordí los labios y luego murmuré—: Te has pasado los últimos dos años tirándote a toda hembra que se contoneaba delante de ti.
El asombro le brilló en los ojos.
—¡Eso no es verdad!
—Sí es verdad —las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía—. ¿Has olvidado que yo estaba allí cada vez que salías de un bar con una de esas estúpidas que tanto te gustan?
No se inmutó, pero sentí cómo su ira me golpeaba como una onda expansiva.
—Discúlpame si parezco confundido —hizo una pausa y se frotó el entrecejo—. Pero ¿no me hiciste tú lo mismo?
Ignoré el calor que me ardía en la cara. Había exhibido mis conquistas delante de él. A propósito.
¿Por qué?
—¿Estabas celosa de esas otras mujeres? —la pregunta de Knox me atravesó como una cuchilla—. ¿Estabas celosa de Aileen esta noche? ¿Por eso permitiste que te arrastrara a una pelea?
De haber estado en un tribunal, me habría acogido a la quinta enmienda. No pensaba responder a esa pregunta porque me incriminaría. No dije nada, pero Knox debió de leer la respuesta en mi cara.
—Estabas celosa —le brillaron los ojos con aire triunfal y casi pude oír un «ajá» en su tono—. Admítelo. De eso va todo esto. Por eso ocurrió la pelea.
—Eres un completo imbécil y me largo de aquí —me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta.
—Claro, huye —la amargura en su voz me hirió—.
La francotiradora letal es una experta en desaparecer.
Camuflaste tu corazón con un traje ghillie hace años y nadie lo ha visto desde entonces.
Siempre disfrazado. Siempre invisible, oculto entre la maleza, en las arenas del desierto, en el hielo y la nieve.
—Cállate de una puta vez —seguí caminando—. Eso es una mierda.
—No lo creo —un atisbo de tristeza brotó de él, frenando mis pasos y destrozándome el corazón—. Es la verdad, al menos en lo que a mí respecta.
Me detuve en medio del establo y cerré los puños. Las uñas me clavaban llamas en las palmas y me dolían los dientes de tanto apretarlos. El pecho me dolía por el impacto de sus palabras.
Knox estaba equivocado, pero también tenía razón. Había llegado a una encrucijada definitiva. Si huía, era una cobarde. Si me quedaba y le decía la verdad, no tenía forma de defenderme de un hombre que tenía todas las armas necesarias para destruirme.
—Voy a contarte algo —murmuró en un tono tan apagado que me arriesgué a echar un vistazo por encima del hombro—. Algo que no le he contado a nadie, ni siquiera a Sebastian.
Me di la vuelta lentamente. Él estaba allí de pie, con la mirada clavada en el suelo. El corazón me golpeaba contra el esternón, el estómago se me revolvía, y los segundos parecían horas hasta que levantó la vista y nuestras miradas se encontraron, sus ojos acerados de determinación.
—¿Esas mujeres, en los últimos dos años? No importan. La mayoría de las veces, las acompañaba a sus habitaciones y me iba sin tocarlas. Te lo confieso porque quiero que sepas la verdad. En un par de ocasiones, crucé la línea. No me funcionó muy bien. ¿Sabes por qué?
Incapaz de articular palabra, negué con la cabeza.
—Porque no eras tú.
Intenté respirar y me di cuenta de que no podía.
—Yo... no lo entiendo.
—Cuando estuvimos juntos aquella primera vez, las cosas cambiaron para mí. Cuando me acosté con otras después, lo hice por desesperación.
Solté un gritito.
—¿Desesperación?
—Sí, para ver si podía encontrar a alguien como tú, para intentar borrar los recuerdos de lo nuestro. Fracasé en ambas cosas.
Joder. Yo había sentido lo mismo. Había fracasado de la misma manera.
—Es verdad —continuó, aplastándome con cada palabra que salía de su boca—. Hice desfilar a esas mujeres delante de ti. Me fui con ellas. Lo hice porque quería provocarte una reacción, pero tú no me diste nada, solo decepción cuando te ibas con esos otros tipos.
Se me cerró la garganta. No podía negar mis viejas costumbres.
No podía pulsar una tecla y borrar mi pasado, ni el suyo, ya puestos.
Las heridas que le había infligido a Knox eran el reflejo de los golpes que él me había asestado a mí.
Nos habíamos hecho tanto daño que nos habíamos acostumbrado al dolor.
Dudé porque hacía mucho que había dejado de disculparme con la gente.
—Siento que mis decisiones te hicieran daño.
—Sí, yo también —dejó caer los hombros—. Mis decisiones no fueron precisamente brillantes. Probablemente no confíes mucho en mí. ¿Verdad?
—Confianza. Claro —resoplé—. Por si no te has dado cuenta, tengo un problema con la confianza.
—Tiene que ver con tu padre. ¿Verdad?
—Sí, pero también conmigo. Me parezco más a él de lo que creía.
—Karma —resopló—. Ya hemos hablado de esto. No te pareces en nada a tu padre, y yo tampoco. Tú y yo hemos tenido nuestras aventuras. No hay nada malo en eso. La pregunta es: ¿podrías aprender a confiar en mí de ahora en adelante?
—No lo sé —fui sincera—. Pero...
—¿Pero qué?
Decidí quedarme y luchar.
—Me gustaría intentarlo. Ahora que nos acostamos con regularidad, no quiero compartirte con nadie más. Te quiero solo para mí.
—Yo quiero lo mismo —un destello iluminó sus ojos y sus labios se curvaron—. ¿Eso significa que tú...?
—No lo digas —el pánico me arañó la garganta y las ganas de salir corriendo volvieron con fuerza.
—Tranquila —dio un paso hacia mí, luego otro, hasta quedar frente a mí—. Déjame hablar a mí. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —logré decir con la garganta reseca. Él era mucho mejor hablando que yo, mucho mejor de lo que yo sería jamás.
Nuestras miradas se encontraron.
—Karma, ya debes saberlo —tragó saliva—. Te quiero.
El corazón se me aceleró, se me hinchó y me traqueteó en el pecho, todo al mismo tiempo.
Rat-tat-tat. Rat-tat-tat. Disparaba como el rifle de asalto más rápido jamás construido.
Me llevé la mano al pecho para evitar que el órgano defectuoso saliera disparado de la caja torácica.
El rugido en los oídos me mareó y un millón de pensamientos me cruzaron la mente.
Knox acababa de decir que me quería. Él me quería a mí. ¿Desde cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo? Mi mente volvía una y otra vez a esa última pregunta. ¿Cómo podía quererme?
Lo que salió de mi boca fue:
—¿Me estás jodiendo?
—Hablo completamente en serio —los rasgos firmes de su rostro respaldaban su certeza.
—No puedes quererme —hice una pausa, buscando las palabras—. No soy de las que inspiran amor. Soy insufrible. Lo sabes. También soy desagradable, malhablada, grosera y arisca. Joder, ni siquiera caigo bien.
—Qué equivocada estás —el acero en sus ojos avellana se suavizó mientras me escudriñaba el rostro—.
Eres todo lo que siempre he querido en una mujer, y más.
No te voy a mentir. Eres una bruja insolente y a veces te pones borde, pero no te dejas pisotear por nadie.
Eso lo admiro en ti. También eres valiente, hermosa, fuerte, hábil, interesante, inteligente, amable, y eso es solo el comienzo de una larga lista que me deslumbra cada día. Así que sí, te quiero.
—Para —me apoyé en el establo más cercano, temiendo que las rodillas me fallaran—. No sabes lo que dices.
—Sí lo sé —insistió con voz ronca—. Es más, no voy a parar ahora. He esperado demasiado tiempo para decirte estas cosas.
Una parte de mí quería taparme los oídos y no escuchar ni una palabra más. La otra parte no podía creer lo que estaba diciendo y escuchaba con toda atención.
—Te he deseado desde el día en que nos acostamos por primera vez en aquel hotel elegante.
No sé exactamente cuándo mi deseo se convirtió en amor, pero hace ya tiempo —su convicción no admitía vacilación—.
Cuando me di cuenta de que tú y yo íbamos a trabajar juntos, intenté quitarme de la cabeza esta locura.
Seguí intentando convencerme de que era solo deseo, de que no era capaz de amar, de que estaba mal desearte como te deseaba. Pero...
Mis dedos se aferraron a los barrotes. —¿Pero?
—Por mucho que lo intentara, no podía dejar de desearte. Estás grabada en todo mi corazón, incrustada en él como un grabado exquisito que no puede borrarse ni arrancarse de mi carne latiente.
—Joder.
El corazón me seguía latiendo a un ritmo insostenible. Temí que fuera a desmayarme.
Nadie me había hablado nunca así, con palabras hermosas, frases encantadoras respaldadas por tanta emoción en esos ojos de suave brillo que era imposible no creerlas.
Ningún hombre me había dicho jamás que me quería.
No creía que nadie pudiera quererme nunca.
O sea, ¿quién querría amar a una criatura venenosa como yo?
Solo alguien muy valiente, un hombre distinto a todos los demás.
Conmocionada hasta la médula, me resultaba difícil, casi imposible, aceptar lo que Knox decía y, sin embargo, sus palabras eran tan hermosas, tan sinceras que no podía refutarlas.
Inhalé todo el aire del lugar. —¿Lo dices en serio?
—Joder, sí. Lo digo en serio.
Se mantuvo firme.
—Te quiero y no hay nada que puedas hacer para impedirlo. Así que ahí lo tienes. A las claras. ¿Qué vas a hacer al respecto?
—Yo… eh…
Clavé la mirada en el suelo, muy consciente del pulso que me latía en las sienes.
—No sé qué decir.
Knox dio otro paso, me tomó la barbilla con suma delicadeza y me alzó el rostro hasta que nuestras miradas se encontraron.
—Di lo que sientes en el corazón. Te lo prometo. Será suficiente.
Joder. El corazón se me derritió en el pecho. ¿Por qué siempre tenía que decir justo lo que necesitaba oír?