Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veinticuatro #2
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Capítulo veinticuatro #2

Con un chillido, Aileen atacó. Karma se defendió con técnica impecable, mantuvo su posición y luego avanzó sobre ella.

Después de eso, las perdí de vista. Los moteros vinieron a por mí en grupo.

Aproveché la ventaja de la altura y les di una paliza hasta quitármelos de encima.

Salté de la mesa de billar, decidido a acabar con aquello.

Intenté llegar hasta Karma, pero me encontré con un embotellamiento humano. Mi mayor temor era que le dieran un golpe en la cabeza, le saliera otro hematoma y volviéramos a la casilla de salida.

—¡Vamos, Karma! —entre mamporros a imbéciles, eché un vistazo y vi a Gracie de pie sobre la barra, gritando a pleno pulmón—. ¡Dale su merecido a esa víbora!

—Eh, esa es mi hermana —un imbécil grandote alargó el brazo hacia Gracie, pero el puño de mazo de Sebastian lo frenó en seco antes de que se le acercara.

Los colegas del tipo se levantaron de la mesa y fueron a por Seb.

Big Mac no iba a permitirlo. Se metió en la refriega resoplando como un toro y repartiendo hostias a diestro y siniestro.

Trev ya venía hacia mí. Atacó por la retaguardia y arrolló a los moteros, los golpeó y los pisoteó con sus ruedas mientras avanzaba.

Mientras tanto, Karma le enseñaba a Aileen algunos movimientos nuevos de artes marciales.

La única forma de echarle una mano a Karma era abrirme paso hasta ella, pero el bar se había convertido en el escenario de una pelea monumental: sillas volando por los aires, botellas estallando contra cabezas e imbéciles liándose a puñetazos sin motivo alguno.

Y luego estaba la dulce y delicada Gracie, que vigilaba la pelea desde lo alto de la barra y sacudía bolsazos en la cabeza a cualquiera que se le acercara, prueba viviente de que bajo su piel delicada acechaba una loba feroz.

Un tío con pinta de oso barbudo rugió mientras venía a por mí con la barriga por delante. Le solté un puñetazo que lo frenó en seco y rematé la faena con un empujón que lo mandó a través de la ventana.

Ups.

El Equipo Élite siempre pagaba lo que rompíamos. Empecé a calcular los daños mentalmente. Esto no iba a salir barato.

Me abrí paso entre los moteros que quedaban y llegué hasta Karma justo a tiempo para verla propinar un devastador gancho a la mandíbula de Aileen. Remató a su oponente con un uppercut al esternón. Con un gruñido, Aileen cayó al suelo y allí se quedó, gimiendo.

Para entonces, el camarero golpeaba el bate contra la barra, gritando a todos que dejaran de pelear, amenazando con llamar al sheriff. Eso no me preocupaba. El sheriff ya estaba allí, con una sonrisa ensangrentada, disfrutando de la pelea como cualquier otro imbécil del local.

En cuanto Karma acabó con Aileen, la pelea llegó a su fin. Gruñidos y gemidos se elevaban desde el suelo, donde yacían los derrotados. Los Outlaws también se quedaron en el suelo. Buena decisión... para ellos.

Un rápido vistazo me confirmó que todos los de mi equipo seguían en pie, o en el caso de Trev, sentado en su silla de ruedas.

Druid no tenía ni un pelo fuera de lugar.

Sebastian tenía un desgarrón en la camisa, Mac se limpió una gota de sangre de la comisura de la boca, pero fue Gracie quien siguió asombrándome.

Con las mejillas sonrojadas y una mueca despiadada, saltó de la barra y, aferrando el bolso contra el pecho, se plantó sobre Aileen.

—Bienvenida al Café de Karma —escupió—. Donde te sirven exactamente lo que te mereces.

—¡Lancaster! —la voz atronadora del camarero se impuso sobre el resto del ruido.

—Sí, sí —resoplé, todavía intentando recuperar el aliento—. Envía la factura al rancho.

Señaló la puerta.

—Tú, tus amigos y tu amazona. ¡Fuera!

Karma se cruzó de brazos en actitud rebelde y bajó la mirada hacia Aileen.

—¿Y qué pasa con ella?

—¿No te das cuenta? —espetó el camarero—. Ya está fuera de combate.

***

Karma

Después del alboroto en el Sledge Hammer, Knox condujo el Lamborghini de vuelta a la casa principal.

Yo iba con él, pero mis intentos de entablar conversación chocaron contra un muro de silencio.

No tenté a la suerte. Había aprendido durante los últimos dos años que Knox solo dejaba de deleitar al mundo con su labia cuando estaba furioso.

No estaba orgullosa de haber iniciado una pelea de bar que acabó arrastrando a todo mi equipo, pero al mismo tiempo, Polansky no me dejó otra opción. Era marine. Nunca había huido de una pelea. No iba a empezar ahora.

Los demás nos siguieron hasta la casa principal en la camioneta de Knox. Después de comprobar que todos estaban sanos y salvos, un Knox hosco salió directamente a la noche helada y se dirigió a los establos, dejándome atrás.

Durante mi estancia en Rio Alto, había descubierto que los establos eran el lugar favorito de Knox para rumiar, así que lo seguí. Entré en silencio por las puertas principales y las cerré tras de mí, sintiéndome solo ligeramente arrepentida pero completamente responsable de su pésimo humor.

En el extremo opuesto del establo, una sola luz proporcionaba una tenue iluminación.

La lámpara amarilla bañaba el espacio con una sensación acogedora e íntima.

Las ventanas y puertas cerradas, combinadas con el calor de los animales, templaban el aire.

El aroma de las hierbas y el heno se mezclaba con la fragancia oscura y profunda de los establos recién limpiados, dándole al lugar un olor terroso.

Caminé por el pasillo principal. Los susurros apagados de cascos sobre arcilla y el resoplido ocasional de los caballos de trabajo del rancho rompían el silencio.

Al final del pasillo, Knox estaba junto al último compartimento, con la cara pegada a Nez, acariciando el musculoso cuello del caballo mientras le susurraba palabras dulces.

Al menos alguien recibía algo de cariño esa noche.

—Hola —aventuré mientras me acercaba.

—Ahí está —me echó un vistazo pero le habló al caballo—. Es la marine buscapleitos de la que te hablaba. Imprudente. Arrogante. Insufrible. Explosiva. Ya no sé cómo lidiar con ella.

Como todo lo que dijo era cierto, lo único que me molestó de su pequeña diatriba fue el uso de la palabra «ya». ¿Había logrado por fin que me odiara? ¿Había sobrepasado el límite de su paciencia?

Tragué saliva, me acerqué a un lado del caballo y pasé los dedos por su lustroso pelaje.

—Tu jinete es un imbécil controlador y un incordio, pero tiene razón. Soy un gusto adquirido, como beber aguardiente casero. O gasolina.

—Gusto adquirido, y una mierda —Knox se alejó de mí y de Nez—. Le encantan los problemas. Corre hacia ellos.

—Yo no empecé la pelea —el hermoso appaloosa irguió las orejas como si considerara mi argumento—. La empezó Polansky.

—No la escuches —le dijo Knox al semental—. ¿Cuándo empieza a tener sentido? Ahí es cuando está a punto de destrozarte las entrañas y aniquilar tu razón.

La bestia resopló y golpeó el suelo con un casco. Casi parecía que Nez estaba de acuerdo con Knox. Dado que yo era la causa del malestar de ambos, y como poco podía hacer para calmar al hombre, seguí acariciando al caballo.

Knox entrelazó las manos a la espalda y empezó a pasearse de un lado a otro del pasillo. El sonido de sus pasos resonaba en el establo y las líneas de su rostro eran tan duras como el suelo de hormigón. Lo había visto enfadado antes, pero esa noche había alcanzado un nuevo nivel de furia.

—¿Qué opinas, Nez? —enredé los dedos en la áspera crin blanca y negra del caballo—. ¿Knox volverá a hablarme alguna vez o va a seguir paseándose como un loco en el manicomio?

Se detuvo en seco, con los hombros cuadrados como bloques.

—Nez, no te creerías la mierda que hizo —clavó los ojos en el semental, pero el dedo que agitaba en el aire me señalaba directamente a mí—. Inició una pelea en toda regla. Cuando se está recuperando de un hematoma. ¿En qué demonios estaba pensando?

—Te diré en qué estaba pensando, Nez —rasqué al caballo entre las orejas—. Que Polansky era una arpía con ruedas, que había que bajarla de su pedestal rodante, y que yo era justo la persona para hacerlo.

Knox gruñó algo obsceno entre dientes y volvió a pasearse. De un lado a otro, diez pasos en una dirección, diez pasos en la otra.

—No lo entiendo —le dije al caballo, dado que el hombre estaba tan furioso que había perdido la cabeza, así que intenté razonar con el animal—.

No salimos a buscar peleas, pero cuando hace falta, peleamos y ganamos.

Como esta noche. La supuesta campeona perdió —me acerqué al caballo y, tapándome la boca, fingí susurrarle a la oreja, que le temblaba—.

La verdad, Nez, no era muy buena —bajé la mano y pregunté en voz alta—: ¿Por qué está tan enfadado tu dueño?

—Nez sabe la respuesta —Knox se detuvo junto a la puerta del cuarto de los arreos y se metió las manos en los bolsillos—. Después de todas estas semanas de recuperación, te la jugaste y pusiste en riesgo todo tu progreso.

—Nez, por favor, dile a Knox-ox que, por lo que a mí respecta, la última resonancia salió limpia y ya he acabado con ese maldito hematoma.

—Nez, por favor, dile a esta cabezota que todavía se está recuperando y que podría haberse hecho daño otra vez sin ningún problema.

—¡Pero no me lo hice!

Al oír mi tono irritado, Nez sacudió la cabeza, relinchó y retrocedió al fondo del box con un estruendo de cascos.

Típico de mí espantar a todos en mi vida, incluido el Appaloosa.

Con Nez fuera de juego, me enfrenté a la ira de su dueño completamente sola.

Más valía dirigirme al imbécil santurrón, ya que ahora también había cabreado al caballo.

—Estoy bien, Knox —respiré hondo e hice un gran esfuerzo por controlar mi genio y moderar mi tono—. Me siento mejor de lo que me he sentido en mucho tiempo. ¿Cuál es el problema?

—Fue una imprudencia. Fue malo para tu salud —cuando algunos caballos relincharon, bajó la voz—. Por mi vida que no lo entiendo. Sabías que Aileen quería provocarte. ¿Por qué meterte en una pelea con ella?

—¿No es obvio?

—Para mí no.