Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Knox

Estaba intentando quitarme de encima a Aileen cuando vi a Karma venir hacia nosotros como un misil. La furia que le retorcía el rostro me revolvió las tripas. No podía imaginar quién la había cabreado así, pero quienquiera que fuese, iba a hacerlo polvo.

Aileen siguió mi mirada, echó un vistazo por encima del hombro y se giró para enfrentarse a la mujer que se había plantado ante nosotros.

Karma se plantó con firmeza, cruzó los brazos y nos fulminó con la mirada a los dos.

Cuando no dijo ni una palabra y el silencio se alargó, Aileen sonrió con suficiencia y cometió el error de abrir la boca.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó en su tono más altivo.

—Sí. Sí, puedes —Karma esbozó su sonrisa demoníaca, esa que le marcaba los hoyuelos pero le volvía los ojos del color del hielo glacial—. Quita las manos del bombón.

Aileen abrió la boca. Durante unos segundos, se quedó con la barbilla puntiaguda colgando. No la culpaba. Yo estaba tan sorprendido como ella. Las palabras de Karma me pillaron desprevenido, igual que su tono. ¿Acaso sonaba... posesiva?

Por cierto, ¿acababa de llamarme bombón?

Las comisuras de los labios rosados de Aileen se curvaron en esa sonrisa maliciosa que recordaba demasiado bien. Apareció justo antes de que adoptara una pose que imitaba la de Karma.

Decidí intervenir a toda prisa.

—Dejad que os presente...

—No hace falta —Aileen me despachó con un gesto de su mano de manicura perfecta—. Creo que me estaba hablando a mí. Oye. Zorra.

Se metió la uña del pulgar bajo la del dedo corazón y la chasqueó, lanzando una mota de mugre al aire.

—¿Qué me has dicho?

—Me has oído, Polansky —un destello siniestro brilló en los ojos de Karma—. No me gusta repetirme.

Aileen frunció el ceño.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Tu reputación te precede.

—¿Qué reputación?

Un rictus sardónico asomó en las comisuras de la sonrisa gélida de Karma.

—La que dice que eres una zorra creída.

Madre mía.

Me levanté, cogí el sombrero de la mesa y, cruzando la mirada con Karma, señalé la puerta con la cabeza.

—Se está haciendo tarde. Hora de irse.

—Por mí, perfecto —Karma echó a andar hacia la salida.

Me encasqueté el Stetson y le hice a Aileen un seco gesto de despedida, pero la reina del pueblo estaba acostumbrada a salirse con la suya.

Se plantó una mano en la cadera y se contoneó alrededor de Karma, cortándole el paso.

Karma clavó los ojos en la otra mujer y se quedó inmóvil. La tensión crepitó entre las dos.

La culpa del desastre era mía.

Antes de que llegara Karma, le había dejado claro a Aileen que no habría ningún lío entre nosotros, ninguna segunda oportunidad, y ningún «revival de nuestros tiempos de gloria», como ella lo llamaba. Últimamente, mi corazón estaba pillado por una sola mujer y ella ocupaba todos mis pensamientos.

Mi rechazo cabreó a Aileen. Estaba acostumbrada a salirse con la suya, a obligar a los demás a hacer lo que ella quería. También tenía un genio de mil demonios. Aileen estaba enfadada conmigo, y ahora estaba lista para desquitarse con Karma.

—Todavía es temprano —Aileen volvió hacia mí contoneándose—. No seas aguafiestas, Knoxy. Tenemos tiempo de sobra para pasarlo bien tú y yo.

Le lanzó una mirada desafiante a Karma, me enganchó del brazo y me plantó un beso en la mejilla.

—Vamos, Aileen. Compórtate —contuve el impulso de apartarla de un empujón, me solté de su agarre y miré a Karma con lo que esperaba fuera una sonrisa tranquilizadora—. Está borracha y buscando bronca.

—Puede que la encuentre —murmuró Karma con una sonrisa gélida.

—No estoy borracha —Aileen me echó los brazos al cuello y se me pegó otra vez. Por segunda vez en menos de un minuto, me vi en el incómodo trance de tener que quitármela de encima.

—Quita las manos de él —escupió Karma—. Lárgate. Ahora.

—Oh, cariño —Aileen me soltó, mostró su sonrisa más fea, juntó las manos y se crujió los nudillos—. No eres de aquí, ¿verdad? Nadie me dice que me largue. Por aquí, yo soy la que le dice a la gente que se largue.

Karma enganchó los pulgares en los bolsillos delanteros de los vaqueros.

—Ya no. Te estoy diciendo que te largues y va en serio. ¿Este hombre? Es mío.

La sorpresa que distorsionó el rostro de Aileen no fue nada comparada con el cortocircuito que sufrieron mis sistemas. ¿Había oído bien? ¿Acababa Karma de declarar al mundo que yo le pertenecía a ella?

Quizás debería sentirme ofendido por el giro de los acontecimientos. La cosificación era un problema real en nuestra sociedad y a nadie le gustaba que lo trataran como una propiedad, pero ¿sinceramente?

Me importaba un carajo.

Karma acababa de decir que yo era suyo. Me encantaba oír esas palabras de sus labios. Si yo era suyo, entonces ella era mía y todo estaba bien en el universo.

Una mirada fulminante de Karma me borró la sonrisa tonta de la cara y me hizo empezar a sudar. Sus ojos llamearon en mi dirección como un par de lanzallamas. No estaba contenta conmigo. Espera. ¿Pensaba que había estado tonteando con Aileen hacía un momento?

Ni hablar.

Observé el rostro sonrojado de Karma y sus labios apretados.

Pues sí.

Eso era exactamente lo que pensaba.

Estaba celosa.

La sonrisa idiota volvió a asomar a mis labios. Dadas las circunstancias, sonreír era la reacción más inapropiada que se me ocurría. Reprimí la sonrisa. Caí en la cuenta de que yo era el imbécil que había cabreado a Karma esa noche, el mismo hombre que había prometido hacer polvo.

Me reprendí mentalmente.

Aun así, si Karma estaba celosa, significaba que tenía una oportunidad. Si lograba calmar la situación, la noche podría acabar mejor de lo esperado.

Al mismo tiempo, mi radar interno no captaba buenas señales.

El volumen de las conversaciones había bajado.

El camarero, que también era el dueño del Sledge Hammer, nos miraba a las mujeres y a mí como si fuéramos una bomba de relojería.

Lo mismo hacían algunos de los tipos que jugaban al billar o estaban sentados en los reservados.

Antes habría conocido a cada payaso del local, pero llevaba tiempo fuera y las caras habían cambiado.

Entre los recién llegados había un grupo de moteros de cuero sentados cerca.

Llevaban chalecos con parches que los identificaban como miembros de los Outlaws, una banda de motociclistas violenta, y nos observaban con lo que interpreté como curiosidad morbosa.

Mierda. El lugar apestaba a testosterona. La proporción de amigos y enemigos no me favorecía.

Desde el otro lado de la sala, crucé la mirada con Mac y Trev por un lado, y con Gracie y Sebastian junto a la barra. Todos estaban alerta. Seb me hizo un gesto discreto con la cabeza, su típica mirada de «mantén la situación bajo control».

Conocía a Karma. A Aileen, no.

—¿Acabas de decir que Knox te pertenece? —Aileen soltó un bufido tan fuerte que debió de desatascarse los senos nasales para los próximos años—. Qué pintoresco. Debes de haberte criado en el manicomio.

—Vamos, Aileen —intenté ser diplomático—. No hace falta recurrir a los insultos...

—¿No te lo ha dicho? —me ignoró, sin apartar la mirada asesina de Karma—. Knox y yo somos pareja...

—Aileen y yo fuimos pareja —la interrumpí rápidamente, para aclarar y salvarme del desprecio que brillaba en los ojos de Karma—. Fuimos. Pasado, como hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...

—Cállate —espetaron Karma y Aileen al unísono.

Jesucristo. La obediencia no era lo mío, pero quizá debería planteármelo.

—No sé quién coño te crees que eres —escupió Aileen—, pero si no te largas de aquí, te vas a arrepentir. Soy campeona de taekwondo.

Las comisuras de los ojos de Karma se tensaron casi imperceptiblemente.

—¿Taekwon-qué?

—Se acabó la fiesta —di un paso adelante y me interpuse entre las dos—. Karma, te vienes conmigo.

—Más bien eres tú el que viene conmigo, vaquero, pero tranquilo, tenemos el mismo destino en mente —le hizo un gesto de despedida a Aileen con los dedos—. Adiós.

—Eres una perra insoportable —gruñó Aileen.

—El sentimiento es mutuo —Karma me ofreció su mano y se desató el infierno.

Aileen giró y, con los brazos en alto y los puños cerrados, lanzó una patada circular alta directo a la cabeza de Karma.

Me lancé a detenerla, pero Karma me apartó de un empujón y, dando un paso adelante, esquivó la patada.

Mi espalda chocó contra la pared. Rápida como un rayo, Karma contraatacó.

Extendió el brazo y le asestó un directo bajo la barbilla a Aileen, que salió tambaleándose hacia atrás hasta estrellarse contra la mesa de los Outlaws.

La mesa volcó con el impacto y botellas y vasos salieron volando por todas partes.

Aileen acabó despatarrada en el suelo. Con un rugido, agarró una botella rota, se levantó de un salto y se lanzó contra Karma.

Esta la esperó preparada, con las manos en alto, el cuerpo en posición y las rodillas ligeramente flexionadas.

—¿Qué cojones? —los moteros se pusieron de pie, tardaron un segundo en decidir a quién culpar y se me echaron encima en un descarado intento de vengar sus bebidas perdidas a puñetazos.

La cosa se estaba desmadrando.

Me preparé para frenar el impulso de dos armarios de ciento cincuenta kilos que venían a por mí. Tumbé al primero con un gancho y derribé al otro con una patada baja. Salté sobre la mesa de billar para esquivar al siguiente atacante y miré por encima del hombro.

Con una patada precisa, Karma le sacó la botella rota de la mano a Aileen. Esta arqueó los dedos en forma de garras y le lanzó un zarpazo. Karma se echó hacia atrás, pero una de las uñas afiladas de Aileen le dejó un arañazo en el cuello.

—Tranquila —Karma bajó la barbilla y fulminó a la otra con una mirada capaz de derretir las paredes—. Mañana a primera hora me hago la prueba de la rabia.

Ay, mierda.