Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veintitrés #3
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Capítulo veintitrés #3

—¿Malentendidos? —¿Qué narices quería decir con eso?

—Eh —Sebastian se materializó junto a Gracie, interrumpiendo nuestra conversación. Estaba elegante con vaqueros y camisa de franela, su figura grande y corpulenta ocupando todo el espacio a su derecha.

Retiré las manos de las de Gracie y cogí el vaso, algo avergonzada de que me pillaran en pleno arrebato emocional, aunque sin dejar de darle vueltas a todo lo que Gracie había dicho.

¿Cómo reaccionaría Knox si le confesaba lo que sentía por él? ¿Se quedaría de piedra? ¿Horrorizado? ¿Y si él no sentía lo mismo? E incluso si estuviera abierto a la posibilidad, ¿cómo íbamos a resolver los problemas que nos mantenían separados?

No, no podía hacerlo. No podía pronunciar esas palabras. No a él.

Eché la cabeza hacia atrás y apuré el vaso de un trago.

El calor en el estómago no me ayudó a responder ninguna de mis preguntas, pero sentí que me crecía el temple.

Si Sebastian notó mi agitación, no lo demostró.

Dejó la jarra vacía en la barra y, buscando la mirada del camarero, dio un golpecito en el mostrador.

—Hola, guapo —Gracie le dedicó una sonrisa embelesada—. ¿De dónde sales tú?

—Knox y yo ya hemos acabado de desplumar a los demás incautos. —Miró el vaso de Gracie—. ¿Te pido otra de lo mismo?

—Estoy bien. —Gracie me lanzó una mirada furtiva.

—No quería interrumpir vuestra conversación. —Hizo una pausa, sin duda para ver si alguna de las dos revelaba el tema de nuestra charla. Cuando ni Gracie ni yo soltamos prenda, continuó—. Perdón por entrometerme. Es solo que te echaba muchísimo de menos.

Se inclinó y le plantó un beso en los labios. A ella se le iluminó la cara. Era mi señal para dejarles espacio. Eché un vistazo y vi a Trev y Mac sentados en una mesa cercana. Dado que Knox estaba irritantemente ocupado, eran mi único destino.

—¿Quién es la chica que está con Knox? —preguntó Gracie mientras me levantaba del taburete.

—Una vieja amiga. —Sebastian cogió su jarra recién servida y agradeció al camarero con un gesto.

¿Una vieja amiga?

Volví a dejarme caer en el asiento y entorné los ojos hacia la misma esquina que Sebastian y Gracie escudriñaban, reevaluando la última conquista de Knox, muy atractiva, por cierto.

Largos rizos oscuros le enmarcaban perfectamente la cara y los hombros. Las pestañas postizas le agrandaban los ojos, un pintalabios rosa neón le realzaba el puchero, y lo que debía de ser un bote entero de bronceador le oscurecía las mejillas.

Para una tía como yo, que solo se maquillaba en ocasiones especiales o cuando quería echar un polvo, la cara de aquella mujer era toda una señal de alarma.

Bomba sexual andante.

Parpadeé varias veces y entorné los ojos para examinarla de arriba abajo.

Era al menos tan alta como yo. Llevaba botas de tacón por encima del muslo con puntas afiladas que gritaban «fóllame».

Los vaqueros ajustados le marcaban las caderas anchas y la figura de reloj de arena de infarto.

El jersey ceñido le resaltaba los atributos femeninos y los convertía en armas.

Era rojo. Mi color favorito cuando salía de caza.

Era yo.

No, me di cuenta cuando le batió las pestañas a Knox, haciendo gala de su experiencia.

Era mejor que yo.

Joder. Se me encogió el estómago.

—Parece agresiva y muy interesada —observó Gracie, indignada en mi nombre.

—Estoy de acuerdo. —Sebastian le dio un trago a su cerveza—. Se acercó, se presentó y luego nos mandó al infierno al resto con una mirada asesina de «largaos».

—¿Cómo se llama? —pregunté con una voz plácida, casi etérea, que no delataba la agitación que me revolvía el estómago.

Sebastian frunció sus gruesas cejas.

—¿Aileen algo?

—¿Aileen Polansky?

—Polansky, sí, eso es.

Aileen Polansky no era ninguna groupie nueva ni casual.

Era la antigua llama de Knox, la reina del baile y campeona olímpica que lo había tenido ocupado durante dos años enteros, quien —según Ken y Derek— seguía preguntando por Knox cada vez que la veían.

En ese momento, le estaba deslizando la mano por el muslo desde la rodilla hasta la entrepierna, ocultando sus acciones más íntimas con el cuerpo.

¿Siempre le habían gustado las cazadoras? ¿Había ido a por mí solo porque le recordaba a ella? Si tuviera que elegir entre dos cazadoras, entre el pasado y el presente, ¿a quién elegiría?

Pues claro, obvio. No me elegiría a mí. Si Gracie tenía razón, elegiría a la mujer que le estaba enviando todas las señales adecuadas.

Una oleada de calor me estalló en las entrañas, me quemó el cuello y me encendió la cara.

Podría haber jurado que las raíces del pelo me ardían.

Pasé de la irritación a la furia en un segundo.

Erizada como un puercoespín cabreado, imaginé la cabeza de aquella mujer enmarcada en el centro de la mira de Miranda.

Salté del taburete y me dirigí hacia las mesas de billar, dejando la barra atrás.

—¿Karma? —me llamó Gracie—. ¿Adónde vas?

Solté las palabras por encima del hombro.

—A aclarar unos cuantos malentendidos.