Capítulo veintitrés #2
—Diría que estás embarazada, y por partida séxtuple —sonreí, contagiándome de su estallido de felicidad—. Seb se va a cagar en los pantalones cuando se entere.
—Dios mío —Gracie cerró la cremallera del bolso—. ¿Crees que va a odiar ser padre?
—¿Qué? ¡No! No es eso lo que quería decir —solo yo era capaz de aterrorizar a mi amiga sin ni siquiera intentarlo—.
Los tíos siempre flipan con estas cosas.
Seb te adora —añadí, esta vez con firmeza—.
Le va a encantar ser el padre de tu hijo.
Seguro que habéis hablado de esto antes de quedarte embarazada. ¿No?
—Sí. Acordamos que queríamos uno o dos hijos.
Algún día. Quizás no tan pronto —vaciló y luego hizo una mueca—.
Ay, Karma. Puede que me haya adelantado un poco, que haya acelerado sus planes, pero mi reloj biológico saltó y ya habíamos acordado que no iba a renovar mi implante anticonceptivo.
¿Y si me odia? ¿Y si piensa que he elegido fatal el momento? ¿Y si...?
—Para el carro, amiga. Respira hondo —puse la mano sobre sus dedos inquietos y esperé hasta que dejaron de tamborilear en la barra—.
Este es el hijo que habéis hecho los dos.
Seb se va a subir al carro contigo. Va a ser un padre orgulloso.
Puede que al principio se quede un poco en shock.
O sea, esto es gordo. Pero en cuanto lo asimile, va a estar en una nube.
Gracie arqueó sus cejas perfiladas hacia mí, con la ansiedad brillándole en los ojos.
—¿Estás segura?
—Conozco al tío. Es paternal hasta la médula. Solo dale tiempo para hacerse a la idea. La verdad, hasta yo me meé un poco encima cuando me lo dijiste. O sea, un bebé.
—Un bebé, sí —volvió a ser la de siempre, efervescente—. ¿Y adivina qué? Vas a ser la madrina del bebé.
—¿Yo? —se me atascó el aliento en la garganta y tuve que aclararme antes de poder hablar—.
No me quieres a mí. No estoy capacitada para estar cerca de niños.
Joder, no estoy capacitada para estar cerca de humanos, punto.
Vengo con una etiqueta que dice: «Advertencia.
Niveles de toxicidad altos. Mantener a esta tía alejada de niños de todas las edades y de adultos hechos y derechos».
—No te menosprecies así —Gracie me lanzó una mirada de reproche—. Eres dura de pelar, pero también eres justa, cariñosa y amable. No voy a aceptar un no por respuesta.
—Espero que sepas lo que haces —no podía creerme que confiara en mí para algo tan importante.
—Te quiero a ti. Eres la madrina y punto.
La decisión de Gracie me llegó al pecho y se me enroscó en el corazón como un abrazo. Me tenía en tan buena estima que me quería en la vida de su hijo. No estaba nada mal para una tía hecha un lío intentando encontrarse a sí misma.
—De acuerdo —cedí finalmente—, pero yo que tú, me meterías en una jaula cada vez que el bebé esté cerca.
—¿Tú en una jaula? —Sus risitas rompieron el murmullo predominantemente masculino del local—. Reventarías los barrotes como el puñetero Hulk. Además, vas a ser la mejor tía del mundo. Ya lo verás.
Una carcajada aguda se elevó por encima de la música y las conversaciones, taladrándome el cerebro. Me recordó a una bruja en celo, si es que existía tal cosa. Con la copa en la mano, giré en mi taburete y localicé la fuente del sonido irritante plantada delante de Knox.
La partida de billar había terminado. Estaba sentado a horcajadas en un taburete alto en la esquina, con las piernas bien abiertas en esa pose tan masculina, los tacones de las botas apoyados en el travesaño.
Llevaba lo de siempre: vaqueros, camisa de botones y mi cinturón favorito, pero sin el Stetson.
Este descansaba sobre la mesita redonda junto a su codo, un poderoso recordatorio del bombón que era.
Suspiré con anhelo.
Nadie lucía la ropa vaquera como Knox, con elegancia y a la vez con esa autenticidad práctica.
El look rudo se completaba con la barba dorada de varios días que le cubría la mandíbula y esa sonrisa derrite-bragas.
La combinación me daba ganas de arrastrarlo de vuelta a la cabaña y desnudarlo hasta dejarlo en cueros.
Hablando de derrite-bragas. ¿Quién demonios era la tía que estaba con él?
Fuera quien fuese, estaba plantada entre sus piernas, demasiado cerca para mi gusto. Se inclinaba sobre él, hablándole al oído, aprovechando cualquier excusa para restregarle las tetas contra los pectorales.
Mi molestia se transformó en irritación al instante. Esos pectorales eran míos.
«¿Ah, sí?», preguntó la listilla que vivía en mi cabeza. «¿Los has reclamado? Porque últimamente no paráis de pelearos, y hace menos de una hora estabas lista para echarlo a él —y a sus adorables pectorales— de tu vida, por las malas».
Las preguntas me revolvían el estómago junto con el whisky que ya me había bebido.
Para ser una tía decidida, llevaba demasiado tiempo sin aclararme.
Mi cabeza hoy exigía una resolución. Las revelaciones de las últimas horas se habían asentado en mi interior como el líquido ámbar en el fondo del vaso y requerían algún tipo de reconocimiento.
Dándole la espalda a Knox, giré en mi taburete, dejé el vaso en la barra y me obligué a murmurar:
—Lo quiero.
Gracie se irguió en su asiento.
—¿Acabas de decir que...?
—Lo quiero. Odio quererlo, pero... qué demonios. Es lo que hay.
Me atreví a mirarla. Se quedó boquiabierta, como si me hubiera vuelto loca, cosa que había hecho, pero al menos ahora lo sabía y estaba dispuesta a encontrar la manera de vivir con ello.
—Lo sabía —Los ojos azabache de Gracie brillaron con su sonrisa—. Pero qué bien oírtelo decir. Estoy muy orgullosa de ti.
Yo también estaba orgullosa de mí misma.
—Gracie... —vacilé—. ¿Por qué es esto tan importante para ti?
—Buena pregunta —Se frotó las manos en los vaqueros—. ¿Te acuerdas de mi prima Tee Rose?
—Claro. ¿Quién puede olvidarse de Tee?
—Pues verás, es casamentera en sus ratos libres. Me envió a Sebastian cuando más lo necesitaba. Me cambió la vida. Tengo la obligación de transmitir esta alegría que siento. A ti.
—Espera, espera, espera —Negué con la cabeza, incrédula—. ¿Ahora eres mi casamentera?
—Solo si vosotros dos hacéis que esto funcione, pero la cosa es que... —Gracie me cogió las manos y las apretó—. Knox no sabe lo que sientes.
—¿Y?
—Pues tienes que decírselo.
La miré incrédula.
—No puedo hacer eso.
Knox siempre había sido amable conmigo, pero aparte de proponer que fuéramos colegas con derecho a roce, nunca había hablado de tener sentimientos especiales por mí.
No sabía cómo abordar esto, cómo expresar algo que ni yo misma entendía.
Además, justo esta mañana nos habíamos enfrentado como enemigos mortales y nos habíamos quedado estancados ahí.
¿Me creería siquiera si le decía algo tan disparatado y tan impropio de mí?
—Tienes que hacerlo, Karma, pronto, antes de que sea demasiado tarde —Gracie señaló con la cabeza hacia la esquina donde Knox seguía sentado, coqueteando con su nueva groupie—. Eres muy hermética. Podría estar confundido.
Fruncí el ceño, confundida yo también.
—¿Confundido cómo?
—Los hombres son cortos. Si no les damos señales claras, no saben interpretarnos. Apuesto a que Knox no tiene ni idea de lo que sientes. Esto podría dar lugar a un montón de malentendidos.