Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Knox

Nada mal para un día de trabajo.

Miré a mi alrededor y vi a Sebastian cerrando el portón.

El equipo estaba cerca, a salvo y sonriente, felicitándose unos a otros por haber sobrevivido a su primer arreo oficial de ganado.

A mi equipo le encantaban los desafíos y habían estado a la altura de las circunstancias.

Habíamos demostrado que podíamos compaginar el rancho y la misión, sobre todo mientras montábamos con cuidado la trampa para atrapar a Gustav y esperábamos a que mordiera el anzuelo.

La espera siempre era la parte más difícil de cualquier misión.

Muerde el anzuelo, cabrón. Estoy deseando que lo hagas.

Ahora solo necesitaba que Karma entendiera mi razonamiento y dejara de exigir que la incluyéramos en la misión. Seguro que sabía que me importaba. Seguro que entendía que tenía que tomar buenas decisiones por el equipo y por ella también.

Hice girar al caballo, con la esperanza de verla encaramada a la valla. Llámame vanidoso, pero había disfrutado presumiendo de mis habilidades de vaquero cuando ella estaba cerca. Menudo pensamiento más absurdo. Algún día, mi ego tendría que madurar.

Estaba trabajando en ello.

Karma no estaba por ninguna parte. En su lugar, vi a Gracie que corría hacia la oficina, y a Trev en su quad, con la mandíbula apretada de una forma que anunciaba problemas.

Durante los últimos días, Trev había estado atrincherado en su autocaravana, pegado a sus ordenadores, hecho un científico loco, con el pelo de punta.

Había entrado en modo extremo de ciberguerra: se saltaba las comidas, hackeaba como un poseso y se aseguraba de vigilar todos los aspectos cibernéticos de la trampa que habíamos preparado para Gustav.

Me preocupaba que se le fueran a caer los ojos de las órbitas si seguía con la vista clavada en las pantallas, así que lo había convencido de que saliera de su cueva cibernética para ayudar con el arreo.

Un poco de aire fresco y actividad le vendría bien.

Conducía hacia mí a buen ritmo, aunque con cuidado de no asustar a los animales, que ahora comían tranquilamente de los comederos.

—¿Cuál es el problema? —pregunté cuando aparcó junto a mí.

—No sé qué significa esto, pero Gracie dice que te diga 911. Karma está con ganas de cazar.

—Mierda. —Como si la pelea de esta mañana no hubiera sido bastante mala, ¿qué cojones había hecho ahora para cabrearla?—. Tú y los chicos aseguraos de que el rebaño esté a salvo. Llevad los caballos a los establos, dadles de comer y de beber. Kane os enseñará cómo. Volveré en cuanto pueda.

Espoleé al caballo y cabalgué hasta el portón. No me molesté en abrirlo. Simplemente espoleé de nuevo, salté la valla y lancé al Appaloosa a galope tendido. Crucé el prado, hice que la montura saltara el seto, atravesé el jardín a toda velocidad y llegué a la plaza de aparcamiento al galope.

Karma estaba de pie frente a Gracie, con la mirada fija en ella, la boca ligeramente abierta, la expresión de estupor. Algo se quebró en sus ojos cuando me vio. Rodeó a Gracie y echó a correr hacia el coche con sus largas piernas.

Se me cayó el alma a los pies. Apreté los talones para que Nez fuera más rápido. Los cascos repiquetearon sobre los adoquines mientras cargábamos por el camino de entrada.

Karma corrió hacia el Lamborghini como si el diablo y todos sus demonios la persiguieran. Aunque íbamos al galope, ella llegaría al vehículo antes que yo. Sabía en lo más hondo que si se metía en ese coche sin mí, todo lo que había ganado con ella se iría al traste.

Hice lo único que se me ocurrió.

Desenganché la cuerda de la silla y la hice girar sobre mi cabeza. Anticipé los siguientes pasos de Karma y la solté.

El lazo cayó sobre su cabeza y se deslizó hasta sus brazos lenta y fácilmente.

Tiré de las riendas y detuve al caballo.

Con un toque suave, tiré de la cuerda para tensarla e impedirle moverse.

Sin soltar la cuerda, salté de la montura y corrí hacia ella justo cuando miró hacia abajo y se dio cuenta de que la había atrapado.

—¿Qué coño? —Me fulminó con la mirada mientras intentaba zafarse de la cuerda.

—Tranquila, Ángel. —Enrollé la cuerda en la mano mientras me acercaba a ella—. No pretendo faltarte al respeto. Esto es porque te deseo. Ni más ni menos.

Me acerqué a ella, aflojé el nudo y la atraje hacia mí. La besé con todo lo que tenía. Era una apuesta desesperada, un último recurso, un choque de labios y un roce de lengua que podía terminar en mordisco si no tenía cuidado.

¿Sinceramente?

Sacrificaría la lengua por Karma.

Así de pillado estaba.

No hubo dolor, ni para mí ni para mi lengua. La cuerda se deslizó por su cuerpo y los brazos de Karma me rodearon. Se aferró a mí y tomó el control del beso, su boca vital, hambrienta y cálida, su cuerpo ardiente a pesar de la brisa fría que traía el anochecer.

—Knox —jadeó, y habría jurado que vi lágrimas en sus ojos—. Yo...

—Chis, Ángel. No importa el porqué. ¿Gracie dice que necesitas ir de caza?

Asintió con vehemencia, los ojos vidriosos y grandes como platos.

Su terror me heló las entrañas. No lo entendía, pero lo sentía. Corría por mis venas como la adrenalina, anunciando peligros que no podía ver.

La parte de mí que se había sintonizado con Karma captó la magnitud abrumadora de su confusión. Había llegado a alguna conclusión crucial. Yo pendía de un hilo, pero me había hecho una promesa. Lo que ella necesitara, eso obtendría, aunque no fuera yo, aunque me matara.

—No te preocupes. —Le quité las llaves y señalé el coche con la barbilla—. Si necesitas ir de caza, te llevaré de caza.

***

Karma

Me senté junto a Gracie en un rincón del bar con la espalda contra la pared, dando vueltas a un vaso de whisky entre las manos.

Para alguien que siempre había confiado en su fuerza mental para superar obstáculos y vencer contra todo pronóstico, me sentía bastante mareada al darme cuenta de lo cerca que había estado de matar lo que había entre Knox y yo.

Un puñetazo de furia me golpeó. El muy cabrón me había enlazado. ¡Enlazado!

Menuda desfachatez. Quería estrangularlo con su propia cuerda. En cambio, lo había besado hasta perder el sentido. No tenía ninguna lógica, ni siquiera para mí misma.

Era extraño, y sin embargo me alegraba de que me hubiera detenido y me sentía aliviada de que me hubiera llevado al pueblo.

Durante el trayecto, Knox no me había hecho preguntas ni había iniciado conversaciones.

No sé cómo lo sabía, pero el silencio había sido exactamente lo que necesitaba para calmarme.

Silencio, y su presencia firme que me anclaba.

El resto del equipo había llegado poco después, excepto Kane. Había preferido quedarse en el rancho. No me sorprendía. Era un trabajador incansable, pero le daba muchas vueltas a todo. A diferencia de su hermano, no era precisamente un rayo de sol. Era el que no encajaba.

Nada más llegar al bar, Gracie se había dejado caer en el taburete junto a mí y no se había movido desde entonces.

El olor a cerveza rancia y whisky derramado se mezclaba con el murmullo de conversaciones y las baladas country que sonaban sin parar en la vieja gramola, y todo eso me calmaba.

Lugares como este eran mi refugio cuando mi mundo dejaba de tener sentido.

Parpadeé para aclararme la vista y eché un buen vistazo alrededor.

El Sledge Hammer, punto de encuentro habitual de los lugareños, conservaba su identidad original de saloon del Viejo Oeste, aunque los espejos grabados sobre la barra de madera tallada estaban deslustrados y generaciones de botas habían dejado su huella en las tablas del suelo.

Knox estaba al otro lado del bar, calculando un tiro en la mesa de billar mientras entretenía a un grupo de admiradores con su numerito de deportista estrella.

No nos había matado. Había querido disparar, pero no lo había hecho.

¿Eso era bueno? ¿Malo? ¿Cambiaba algo? ¿Lo sabría alguna vez? ¿Qué coño me pasaba por la cabeza?

Aparté mi confusión, decidida a prestarle a Gracie la atención que se merecía. Estaba pasando por un momento de mierda y quería estar ahí para ella. En ese momento, me estaba comiendo la oreja.

No era tonta. Sabía lo que estaba haciendo: usar su situación para distraerme de la mía, frenarme como había hecho cuando me siguió hasta el aparcamiento y soltó su noticia en un intento descarado de retrasarme y darle tiempo a Knox para alcanzarme.

Era así de buena amiga.

Era hora de devolverle el favor.

—Entonces, ¿estás contenta con esto? —me atreví a preguntar cuando hizo una pausa para respirar.

—Pues claro que estoy contenta de estar embarazada —cogió la rodaja de lima del borde del vaso y la exprimió, soltando un chorrito de zumo verde pálido en el agua transparente—. Siempre quise tener un bebé o dos. ¿Tú no?

Repasé mi infancia en un flash.

—Preferiría comer mierda.

—Vale, bueno, no tiene nada de malo no querer tener hijos —Gracie dejó caer la rodaja de lima arrugada en el vaso—. Por otro lado, una siempre debería reservarse el derecho a cambiar de opinión sobre... bueno... todo.

—De acuerdo —miré a la mujer que me había enseñado lo que era la amistad de verdad y suspiré—. ¿Detecto un puntito de duda sobre este embarazo en tu voz?

—No es duda, no exactamente —hizo girar el vaso, haciendo tintinear el hielo contra el cristal—. Solo estoy un poco indecisa sobre contarle a Seb que estoy esperando un hijo suyo.

Me eché hacia atrás, reprimiendo un grito ahogado.

—¿No se lo has dicho?

—No, todavía no —se encogió ligeramente de hombros—.

Ha estado muy ocupado. Quería esperar, ya sabes, para que el momento en que se lo diga sea especial, inolvidable, esas cosas.

Pero... —soltó un gritito, abrió la cremallera de su enorme bolso y lo inclinó hacia mí para enseñarme una bolsa de plástico con cierre que flotaba encima de todo.

La bolsa contenía media docena de tests de embarazo, todos mostrando el signo de más azul.