Capítulo veintidós #3
Joder. Ahora estaba clarísimo. Mi regla de un tipo, una noche era una reacción nacida de mi convicción de que nunca podría ser débil, como lo había sido mi madre cuando escribió esas cartas suplicándole a mi padre que dejara de tratarla como una mierda y de serle infiel, rogándole que cambiara.
Yo nunca iba a ser esa mujer frágil, débil, tonta.
Preferiría morir.
Me pilló por sorpresa. Al intentar evitar el destino de mi madre, ¿había acabado imitando el comportamiento de mi padre?
Mierda, mierda, mierda.
Se me nubló la visión y las sienes me palpitaban con un dolor de cabeza incipiente. ¿Por qué me sentía como si me hubieran pegado un tiro en la cabeza?
—¿Qué pasa? —La voz alarmada de Gracie me sobresaltó—. ¿He dicho algo que te haya ofendido?
—No.
Había dicho algo que me había golpeado como un mazazo.
—¿Estás mareada? ¿Te sientes mal?
—Estoy bien.
Mentí, ignorando el extraño escozor que sentía en los ojos.
Otra verdad me sacudió. Mi manera de protegerme, de mantener las distancias, de seguir siendo fuerte e independiente de todos los hombres, de cualquier hombre, era una reacción a la debilidad de mi madre y a la traición de mi padre.
No podía comprometerme con una sola persona. Tampoco podía amar ni ser amada, porque en mi mundo el amor era una fuerza destructiva y la ira, la única emoción que me garantizaba el éxito. ¿Lo mío con Knox? Sencillamente, era imposible.
De esa manera tan horrible, resultaba que era igual que mi padre.
Pasé las piernas por encima de la valla y salté al suelo.
—¡Karma, espera!
Gracie forcejeó para bajar de los tablones.
—¿Adónde vas?
—Necesito una copa.
Y un bar, preferiblemente uno lleno de tíos estúpidos y salidos.
Las revelaciones seguían cayéndome encima. Mi regla de un tío por noche también era mi forma de equilibrar mi jodida vida. Si mi padre podía hacerlo, yo también. Si los hombres podían hacerlo, yo también.
Todo lo que él puede hacer, yo puedo hacerlo mejor.
Me tapé los oídos con las manos.
Dulce, dulce venganza.
¡Cállate!
Lo que va, vuelve.
No hay furia comparable a la de una niña despreciada, menospreciada y maltratada. El terror engendra terror en el alma humana, y del terror nace la venganza.
Cualquier otra persona se habría detenido a reconsiderar las cosas. Yo no. Tenía mis reacciones preprogramadas. Vulnerable, asustada y al borde de perder el control, necesitaba equilibrar la balanza de inmediato. Tenía que ahogar la debilidad junto con las emociones que la acompañaban.
Para mí solo existía huir o luchar, sin término medio.
Elegí huir.
Fui directa a la oficina en busca de llaves, las que fueran, de cualquier vehículo.
No había ninguna colgada de las clavijas, así que rebusqué en los cajones.
Tras unos minutos sin éxito, me dirigí a la casa contigua y llegué al vestíbulo.
Sobre la mesa de la entrada había una cesta.
Dentro, un juego de llaves con el logo del toro dorado.
Agarré las llaves, abrí las puertas de par en par y me dirigí al Lamborghini aparcado en la plaza. Todavía no tenía autorización para conducir. A la mierda.
Las terribles verdades se sucedían una tras otra como fichas de dominó cayendo, y eran demasiado para mí. Tenía que parar aquello, borrar esos pensamientos terribles de mi cabeza, o acabaría ahogándome en una oleada de emociones que no podía controlar.
Control, sí. Necesitaba recuperar el control de mi vida y mis sentimientos. Solo conocía una forma de hacerlo. Iba de caza, como mi padre antes que yo. Estaba hecha de su semilla y moldeada a su imagen detestable.
Era demasiado tarde para ser otra cosa.
Pulsé el mando. Bip. La puerta del conductor empezó a levantarse. Gracie salió disparada de la casa principal y vino corriendo hacia mí.
—¡Karma, espera!
Rodeó el coche y me cortó el paso, jadeando por la carrera.
—Tengo algo que decirte.
—Luego, quizás.
Las imágenes que me pasaban por la cabeza me atormentaban. Tantos rostros desfilaban ante mis ojos. Amantes de una noche que iban y venían. Noches solitarias. Días aún más solitarios. Knox era el único que había logrado quedarse.
Su influencia sobre mí era demasiado grande. Estaba intentando controlarme. Y como si eso no fuera suficiente, me había enamorado de él. Lo sabía desde hacía tiempo. Había logrado seducir no solo mi cuerpo, sino también mi corazón.
Inaceptable.
Solo había una forma de acabar con aquello, de cortar los hilos que ya me ataban a él. Implicaría algo de dolor, pero yo era francotiradora. Infligir dolor y muertes rápidas era mi rutina. Era lo que mejor se me daba. ¿Lo que había entre Knox y yo? Tenía que eliminarlo antes de que me destruyera.
—¿Karma?
Las manos de Gracie en mis hombros me sacaron de la neblina.
—Lo que tengo que decirte no puede esperar.
Sacudí la cabeza, intentando disipar la oscuridad que me había envuelto en cuanto comprendí lo que tenía que hacer.
—¿Decirme qué?
—Que vas a ser tía.
Pronunció las únicas palabras capaces de frenarme antes de que saltara al Lamborghini y saliera a toda velocidad.
—Estoy embarazada.