Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veintidós #2
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Capítulo veintidós #2

—Te equivocas otra vez.

Me mordí el labio. ¿Cómo podía alguien tan amable como Gracie ser tan beligerante al mismo tiempo?

—Knox cuida de su equipo, claro, de todos nosotros, pero ¿la atención que te dedica a ti?

Es especial, y créeme, no tiene nada que ver con el deber ni con la lástima.

No quiere que participes en la operación, pero solo porque podría poner en peligro tu recuperación.

Su decisión demuestra que le importas. Si lo admites, tu vida va a cambiar a mejor.

Gracie Rose había viajado miles de kilómetros para decirme esto.

—No quiero hablar más de esto. —Se me atascó la voz en la garganta.

—¿Por qué no?

—Knox es…

—¿Knox es qué?

—Es un hombre.

Llevaba luchando contra los hombres desde el día en que nací.

Mi padre había convertido mi vida en un infierno.

Los mandamases militares habían convertido mi vida en un infierno.

Knox me había pedido que me apoyara en él y lo había intentado, con resultados decentes.

Pero ¿cómo podía confiar en un hombre? ¿Cómo podía amar al enemigo sin traicionarme a mí misma?

—Sí. Knox es un hombre. ¿Y qué? Te gustan los hombres. ¿Recuerdas? —Gracie señaló hacia donde Knox estaba sentado en su caballo—. Te gusta ese hombre, y mucho.

—Da igual —espeté—. El caso es que no se puede confiar en los hombres, y por tanto, nunca puedo atarme a ninguno, Knox incluido.

—En algunos hombres sí se puede confiar. Confías en Knox en el campo. Confías en tu equipo y todos son hombres.

—Eso es diferente.

—¿Cómo?

—Confío en ellos con mi vida, pero…

—No les confías tu corazón —concluyó Gracie con ironía.

Mantuve la boca cerrada, pero puede que tuviera razón.

—Mira a Sebastian. —Señaló con la cabeza hacia su marido, que ahora desmontaba para cerrar la verja tras el rebaño—. Confié en él. Mírame ahora. Soy feliz. Quiero eso para ti.

—Knox no es Sebastian y no me deja hacer mi trabajo…

—Déjalo ya con lo del trabajo —dijo Gracie con cierta brusquedad—. Knox es un buen tipo. Te lo ha demostrado. No ignores lo que ves. Sería una verdadera lástima que te empeñaras en tu teoría de que todos los hombres son una mierda. Knox te será fiel si tú puedes serle fiel a él.

—Venga ya, Gracie. —Mi resoplido sonó más amargo de lo que pretendía—. No te engañes. Knox es mi jefe de equipo. Y además es un hijo de puta mandón. Lo nuestro nunca funcionará.

—¿Por qué no? —me desafió arqueando las cejas—. Hacéis buen equipo, y si no te gusta que sea tu jefe, podrías cambiar eso. ¿No? O sea, ¿va a ser tu jefe para siempre?

Gemí.

—Odio cuando te pones tan racional.

—Para eso están las amigas —replicó—. Te lo digo claro: si quisieras que esto funcionara, podrías hacer que funcionara.

—Escucha, señorita Sabelotodo. Knox es un mujeriego empedernido y yo voy de hombre en hombre. En la cama nos va bien por ahora, pero no estamos hechos para una relación. Seríamos un desastre. La monogamia no es lo nuestro.

—Por favor, dime que alguien tan lista como tú no acaba de soltarme esas etiquetas estúpidas y sentenciosas.

—Arrugó la nariz como si le llegara un tufo a mierda—.

No me gustan las etiquetas y a ti tampoco deberían gustarte, especialmente las feas que le cuelgas a Knox y a ti misma, como «mujeriego» y «devoradora de hombres».

Ni siquiera me gusta cómo usas el término «monogamia», como si fuera una enfermedad terminal.

—Bien podría serlo, al menos para mí. No necesito a un hombre en mi vida diciéndome qué hacer, y te juro que jamás me casaré con ninguno.

—¿Por qué no? —preguntó—. Yo me casé con Seb. No tiene nada de malo.

—Para ti, quizás. Para mí, esas cosas significan debilidad y derrota.

—Estás poniendo todo tipo de excusas para no comprometerte. Si no te gusta la monogamia, vale. Prueba otra cosa. Cambia lo que haga falta. Pero no te niegues la oportunidad de amar y ser amada.

Apreté los dientes y entrecerré los ojos mirando a Gracie.

—¿Sabes qué? Si no fueras Gracie Rose, ya te habría fulminado con una ráfaga de sarcasmo tan dolorosa y certera que quedarías traumatizada de por vida.

—Menos mal que soy Gracie Rose, entonces. —Levantó la barbilla con orgullo—. No me traumatizo tan fácilmente. Deja de esconderte detrás de tu sarcasmo y escúchame.

—Te estoy escuchando —espeté—, pero solo porque no te vas a callar.

—Tienes razón. No lo haré. Soy tu amiga y parece que necesitas una dosis de mí en tu vida. Puede que tú y Knox hayáis tenido muchas parejas en el pasado. Puede que necesites hablar de eso con él porque te despierta alguna inseguridad muy profunda.

—¿Qué coño? —Fulminé con la mirada a mi única amiga—. ¿De qué estás hablando?

—Puede que sigas aferrada a esa regla tuya de una noche, un tipo, aunque te ha ido muy bien pasando muchas noches con un tipo, el tipo que, por cierto, podría ser el indicado para ti.

Estaba bastante segura de que Gracie tenía algo de razón, pero era la posibilidad de que no la tuviera lo que me aterrorizaba.

¿Y si se equivocaba? ¿Y si le confesaba a Knox, al mundo, el secreto que guardaba, lo que sentía?

¿Se reiría? ¿Fingiría aceptar mis sentimientos para luego traicionarme?

¿Y si mis sentimientos por Knox eran una traición a mí misma?

La opresión en el pecho se intensificó. No podía respirar. Mi cerebro de repente dio marcha atrás, lanzándose a buscar un lugar seguro donde esconderme.

—Sé que no te gusta hablar de tu pasado. —La voz de Gracie se suavizó y su mano se posó en mi brazo—. Pero quiero hacerte una pregunta. ¿Tu padre era muy mujeriego cuando eras pequeña?

¿Qué coño tenía que ver mi padre con esto?

Abrí la boca para decir exactamente eso y luego la cerré. Intenté negarlo con otra mentira, pero mis labios se negaron a formar palabras. Mi terapeuta había aludido a esto, pero yo había esquivado sus preguntas. Hizo falta Gracie para sacarlo todo a la luz.

Mi padre tenía todo que ver con esto.

Nunca le había sido fiel a mi madre ni un solo día de su vida. De adolescente, había descubierto las cartas de ella, guardadas en una caja debajo de su cama. Al leerlas, me di cuenta de que mi madre había muerto de pena.

Después de que ella muriera, mi padre no cambió sus hábitos sexuales. Era un mujeriego empedernido que usaba a las mujeres y las descartaba con la misma indiferencia con que usaba el papel higiénico.

Mis recuerdos de infancia incluían un desfile de desconocidas entrando y saliendo de mi casa.

Sin repeticiones. Mi padre asociaba tener tantas mujeres como fuera posible con el poder y la masculinidad.

Lo detestaba por ello. Eso, combinado con su gusto por las mujeres, me hacía querer ser cualquier cosa menos una mujer.