Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Karma

—¿Has visto eso? —La admiración brillaba en los ojos oscuros de Gracie mientras se apoyaba en la valla que daba al prado cubierto de nieve frente a nosotras—. Ahí vienen los toros.

—Sí. —Parpadeé para enfocar la mirada en la larga fila de animales robustos que avanzaban pesadamente por la nieve hacia la puerta abierta en el otro extremo del campo, y también en los hombres que flanqueaban a los animales—.

Ahí vienen los toros, los humanos y los otros, todo un desfile de la musculosa especie Tauro.

Las risitas de Gracie me hicieron sonreír. Qué bien se sentía pasar tiempo con ella. Un día radiante llegaba a su fin sobre el valle. Los últimos rayos del sol resplandecían sobre una capa de nieve fresca que cubría el paisaje con el brillo del azúcar perlado.

El aire gélido me picaba en las fosas nasales y me enfriaba la cara. Me subí la cremallera de la chaqueta, me ajusté las gafas de sol y me puse la mano sobre la frente mientras entornaba los ojos hacia el campo. Luchando contra un irritante episodio de visión doble, forcé la vista.

Delante de la manada, Trev conducía su todoterreno, dejando huellas dobles en la nieve hasta entonces prístina.

Modificado para adaptarse a él, el todoterreno de Trev era uno de los muchos vehículos adaptados y piezas de equipo especializado que transportaba en el compartimento de carga de su autocaravana.

Había montado un comedero en la parte trasera del vehículo. Los gránulos de pienso iban cayendo del comedero al suelo. Los toros de cabeza seguían al todoterreno, recogiendo los gránulos a su paso, aparentemente tan mansos como cabras.

«Aparentemente», esa era la palabra clave. Si a una de esas bestias le daba la ventolera, era muerte segura a base de cuernos y pezuñas.

Montados en un par de caballos castaños, Sebastian y Mac flanqueaban la manada, gigantes sobre gigantes. Seb parecía haberle cogido el tranquillo. Mac, no tanto. Se agarraba al pomo de la silla con una mano como si le fuera la vida en ello.

Me reí al ver al poderoso Mackenzie Cienfuegos, alias Blaze, que arrasaba el campo de batalla y nunca vacilaba en una pelea, ahora batallando para entenderse con un caballo y un puñado de toros.

Aun así, Mac y Seb cumplían con su cometido, manteniendo la manada unida. El miedo no contaba cuando los operadores especiales se hacían pasar por vaqueros en prácticas.

Reconocí a Knox en la retaguardia de la manada.

Con su Stetson negro, el guapo diablo iba sentado en su Appaloosa blanco y negro como si fuera la montura más cómoda del planeta.

Con la cuerda en una mano, listo para atrapar a cualquier fugitivo, él y Kane cerraban la marcha, reuniendo a los rezagados y lidiando con el rebelde ocasional de quinientos kilos mediante lo que Knox llamaba «presionar a los animales».

Se me revolvió el estómago al recordar la discusión que habíamos tenido esa mañana. Un par de días después de poner en marcha el plan que yo había sugerido, Trev había dejado las migajas y habían tendido la trampa.

El problema era que yo no formaba parte de la trampa. Habían puesto al Equipo Bravo a cargo de la misión. Equipo Bravo. No yo.

Los de Bravo eran buenos y ya se encargaban de vigilar a Gaspar, pero nadie conocía a Gustav mejor que yo. Nadie. Ni siquiera Knox. De vez en cuando me llegaba alguna pregunta de Bravo, un «¿qué opinas de esto o aquello?». Me usaban de consultora ocasional, pero eso era todo.

Furia se quedaba corta para describir las fuerzas que me desgarraban por dentro.

Me habían dejado al margen demasiadas veces en mi vida.

No podía quitarme de encima la sospecha de que Knox había tomado esta decisión para mantenerme fuera de la pelea.

No confiaba en mí. No confiaba en que pudiera hacer mi trabajo, así que había elegido confiar en otro equipo en vez de en mí.

Elite estaba de guardia, lista para actuar en cuanto se confirmara que Gustav se acercaba a alguna casa de seguridad falsa en Nebraska, pero Knox se negaba a compartir detalles conmigo y evitaba el tema de quién se encargaría de capturar a Gustav.

Vale, no estaba disparando bien, pero Gustav era mío.

La cuenta atrás había empezado. En cualquier momento, Gustav iba a aterrizar en Estados Unidos.

Quería estar allí para recibirlo cuando la bestia apareciera.

Era un francotirador entrenado como yo. Nadie podría leerlo tan bien como yo.

Joder. Era mi cabo suelto, mi problema por resolver.

Knox no cedía y el intercambio degeneró en silencios hoscos interrumpidos por peleas a gritos.

Al final de la confrontación, había salido de la cabaña dando un portazo que hizo temblar el lugar.

Mientras recorría la cresta, todo el asunto me pareció estúpido e injusto.

Había sido idea mía y sin embargo me estaban dejando completamente al margen.

—Oye. —Gracie me sacudió el brazo, devolviéndome al presente—. ¿Dónde te habías ido?

—Estoy aquí. —No quería hablar de la pelea con Knox para nada.

—Mira a Knox. —Gracie me lanzó una sonrisa cómplice—. Está buenísimo a caballo.

Quería negarlo, pero era cierto. Me irritaba muchísimo, pero me encantaba verlo montar.

Parecía tan a gusto, como una extensión de su caballo y una presencia natural en el paisaje. El sol brillaba en su barba de tres días, dándole un brillo dorado que me recordaba la luz en sus ojos cuando se corría.

La humedad que me empapaba las bragas anunciaba que mi mente no estaba precisamente en el rodeo. Deja de pensar guarradas. El tío se está portando como un capullo. ¿Por qué ibas a querer seguir follándotelo?

Porque era jodidamente adictivo, por eso, y peor aún, porque tenía razones para dudar de mi habilidad. Se las había dado cada vez que fallaba un disparo. Aun así, quería —no, exigía— una oportunidad de redimirme.

—La verdad, estoy sorprendida. —Gracie se subió a los tablones y se encaramó a lo alto de la valla, bien abrigada contra el frío.

—¿Sorprendida? —Me monté a horcajadas en la valla, pasé la pierna y me senté a su lado, intentando aparcar mis frustraciones—. ¿Por qué?

—Pensé que esto sería una experiencia más violenta y caótica, un montón de toros desbocados levantando la nieve, peleándose entre sí y saliendo en estampida hacia el prado.

—Knox dice que agotar al ganado a base de carreras y provocar estampidas es malo.

—Lo seguí con la mirada mientras espoleaba a su caballo moteado hasta ponerlo a medio galope y redirigía sin esfuerzo a uno de los gigantes de vuelta a la manada—.

Despacio y con calma es lo mejor para las bestias.

Menos estrés, menos lesiones, animales más sanos.

Los vaqueros de verdad intentan evitar lo que vemos en las películas.

Demuestran su maestría haciendo que parezca fácil y natural.

—Mírate, chica ranchera. —Gracie me dio un codazo en las costillas y ensanchó la sonrisa mientras sacaba una chocolatina de su chaqueta morada—. Ese vaquero aún podría convertirte en vaquera.

—Ni hablar. —Acepté un cuadrado de chocolate, me lo metí en la boca y hablé con el sabor del cacao y el azúcar inundándome el paladar—.

Él y los chicos se están quedando con toda la diversión.

El muy cabezota no me deja hacer nada que tenga que ver con el trabajo.

Ni siquiera me deja montar. Apuesto a que, si se lo pidieras, te dejaría subir a uno de esos caballos antes que a mí.

—No quiero montar a caballo, al menos no ahora mismo, y no culpo a Knox. —Gracie tragó otro trozo de chocolate—. Aún no estás lista para tanto traqueteo cerebral. Por otro lado, te deja montarlo a él todo lo que quieras. —Se le curvaron las comisuras de los labios—. Me parece un avance estupendo.

La sonrisa traviesa de su rostro me hizo poner los ojos en blanco. Ahí iba otra vez. Gracie podía parecer delicada, pero por dentro estaba hecha de acero. No iba a soltar el tema, ni ahora ni nunca.

—Oye, ¿Primrose? —Este era el apodo que Sebastian le había puesto a Gracie en su día, el que todos usábamos—. ¿Has venido hasta aquí solo para que te lo confirme?

—No. —Me sostuvo la mirada sin pestañear—. He venido a pasar tiempo con mi mejor amiga y a darte mi excelentísimo consejo.

—Consejo. —Solté un suspiro de sufrimiento—. No recuerdo habértelo pedido.

Gracie me movió las cejas de arriba abajo.

—Si lo necesitas, aquí lo tienes.

—Más te vale dejarlo ya —advertí con cara seria—. Si sigues dándome la lata, puede que tenga que patearte el trasero.

—No te tengo miedo. —Gracie juntó las palmas enguantadas como si rezara—. Por favor, por favor, por favor, necesita mi consejo para que pueda dártelo.

Tuve que reírme. Primrose había venido hasta aquí y no iba a parar hasta conseguir lo que quería.

—Vale, bien. —Cuadré los hombros y me hice crujir el cuello hacia un lado y luego hacia el otro—. Acabemos con esto. Consejo. Dámelo.

—Síííí. —Alzó el puño en señal de victoria—. Primero. Tienes que saberlo. Knox está muy pillado por ti, y lo lleva así un tiempo.

Le eché un vistazo de reojo.

—¿Y tú cómo demonios lo sabes?

—Pues claro. —Levantó las manos al aire—. Siempre está cerca de ti. No puede quitarte los ojos de encima. Te trajo aquí. A su casa. Con su familia. Ha estado a tu lado en las buenas y en las malas.

—Me lo asignaron a mí —repliqué—. Ahora mismo soy su trabajo. Es mi apoyo de equipo y se le da bien. ¿Y qué?

—Tú también estás colada por él —señaló Gracie.

—Tenemos química. No lo negaré.

—Creo que hay más que química entre vosotros. ¿Alguna vez has hablado con él de lo que sientes?

—¿Por qué lo haría? —Clavé las uñas en la madera—. No tengo nada que decir.

—Respuesta equivocada. —Su mirada se volvió severa—. Sabes lo que sientes. Yo sé lo que sientes. Simplemente te niegas a admitirlo.

Lo había admitido. Para mí misma. No podía admitirlo ante nadie más.

Mi instinto fue puramente defensivo. —Que yo sepa, me ha traído a su casa por deber, por obligación, o peor, porque se siente culpable o le doy pena. Joder, ni siquiera me deja participar en la operación que yo propuse.