Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veinticuatro #4
76%

Capítulo veinticuatro #4

—Yo… eh… estaba celosa —solté, y jamás me había oído la voz tan temblorosa—. De Polansky. Esta noche. En el bar. Como ya dije, no quiero compartirte con nadie.

—Eso está bien.

Me acarició la mejilla con el pulgar.

—Ya hemos dejado claro que yo tampoco quiero compartirte con nadie.

—No te voy a mentir.

Me aferré a su mirada para sostenerme.

—Tengo miedo, de ti, de lo que me provocas. De cómo me haces sentir.

—¿Cómo es eso?

—Como si el corazón me fuera a estallar de felicidad. No estoy acostumbrada a eso. ¿Sabes?

—Oh, sí.

Negó con la cabeza enérgicamente.

—Lo sé.

—Pelear es lo único que sé hacer.

—Sí, yo también.

—Así que esto, esto es muy nuevo para mí.

Total, bien podía decirle la verdad.

—No sé cómo hacer esto, cómo confiarte mi corazón, o lo que quede de él, pero… no me importaría aprender.

La sonrisa que le iluminó los ojos me calentó hasta la punta de los pies.

—Entonces tenemos un comienzo. ¿Y si dejamos el pasado atrás, empezamos de cero, aprendemos juntos, nos damos una oportunidad?

—Quizás.

Mi mirada descendió hasta sus labios. Estaban ligeramente agrietados por el frío, ásperos pero tentadores, y atraían mi boca con fuerza magnética, como el resto de él.

—¿Puedo besarte? —pregunté.

—Siempre.

Sentí que algo cambiaba entre nosotros, un clic que borraba lo peor de nuestro pasado y nos situaba de nuevo en el presente. Todo aquel momento parecía surrealista, como si nosotros, él y yo, como si tuviéramos un… ¿futuro?

Me rendí a la necesidad y posé los labios sobre los suyos, despacio, con cautela, mientras me reacostumbraba a los contornos de su boca y lo interrogaba con la punta de la lengua.

Él se abrió y me permitió unos instantes para complacer mis sentidos antes de que su boca respondiera a mis besos con un fervor devastador y posesivo.

Sus texturas me llegaron con una precisión impactante: la punta de sus dientes, afilada, indolora pero exigente, que me recorría el labio inferior; la aspereza de su barbilla erizada contra mi piel y los bordes duros de sus labios agrietados por el viento que se deslizaban bajo los míos; la vitalidad suave de su lengua, que se enroscaba en torno a la mía y transmitía la fuerza de su pasión, la intensidad de su deseo.

Su olor me envolvió: bosques de pinos y cuero curtido con un rastro lejano de whisky que me encendió las papilas gustativas y me llenó la boca con el sabor de un macho ardiente y necesitado.

Grandes, callosas y ásperas, sus manos se deslizaron bajo mi ropa y dibujaron paisajes rugosos por mi cuerpo.

Sus dedos poderosos me recorrieron la piel para reclamar mi carne, me ahuecaron los pechos y me pellizcaron y rasguearon los pezones hasta que bailé al compás de mi deseo avivado.

Cautivada por sus besos y hechizada por su tacto, nunca supe cuándo ni cómo nuestras botas y ropa terminaron abandonadas en un montón en el suelo, solo que fue rápido, que estábamos desnudos en un abrir y cerrar de ojos y que por fin me encontraba en el único lugar donde pertenecía.

En sus brazos.

Mi cuerpo largo y flexible se amoldó a su forma musculosa. Aplasté los pechos contra su pecho y presioné el vientre plano sobre la cuadrícula de su estómago, atrapando el bulto de su erección entre nosotros. Sus brazos fuertes se ciñeron a mi alrededor y mi mundo se redujo a él.

La urgencia de sellar nuestro nuevo pacto avivó el deseo. Aquel acuerdo exigía consumación.

Entre besos, mordiscos y pellizcos, las tablas crujieron bajo mis pies mientras me hacía retroceder hasta el cuarto de los aparejos.

Sus labios, su lengua y sus dientes se deslizaron por mi cuello y tras las orejas, volviéndome loca.

Antes de darme cuenta, estaba desnuda junto a la pared del fondo, donde la luz que entraba por la puerta revelaba varias monturas dispuestas una al lado de la otra sobre una hilera de bancos.

Montadas sobre sus faldones de cuero, las monturas se alineaban de perilla a borrén. Bridas, cuerdas y cinchas colgaban de las clavijas de madera sobre los bancos y se balanceaban frente a los paneles.

Apenas lo noté.

Pegada a todo su cuerpo, ardía entera. Al frotarme contra su erección, notaba el coño en llamas y los muslos resbaladizos de excitación.

Sin dejar de devorarme la boca, me levantó y me acomodó en su montura.

El trasero se me asentó sobre el cuero gastado.

Sus labios no perdieron el contacto con mi piel mientras me apoyaba una pierna en el marco de madera y me enrollaba la otra alrededor de su cintura.

Me recliné hacia atrás, incliné las caderas y abrí las rodillas, ansiosa por recibirlo.

Se arrancó los labios de los míos, se echó hacia atrás y me miró.

Sus ojos dorados ardían con una pasión que derritió todos mis metales.

No tenía que preguntar, pero asentí, desesperada por poner fin a la tortura sexual.

El ansia de tenerlo dentro se convirtió en un impulso salvaje, no muy distinto a respirar, una cuestión de vida o muerte.

Debió de leer la desesperación en mi rostro.

Se colocó entre mis piernas, guio su erección hacia mi entrada y llenó el terrible vacío con una embestida profunda.

Recorrió la trayectoria perfecta y dio en mi diana, un impacto preciso y exquisito que desencadenó una explosión.

Grité, arrebatada por una sacudida aguda de placer.

Mi orgasmo no frenó a Knox. Al contrario. Sus caderas cobraron impulso y sus glúteos se tensaron con más fuerza mientras impulsaba su polla para dar en el oro, una y otra vez, demostrando que su puntería no solo era precisa, sino también incansable.

Pasé los dedos por su cabello y arañé con las yemas su cuero cabelludo, trazando las curvas de su nuca. Él hundió las manos en mi pelo, enroscó los dedos en un puñado de mechones y tiró de mi cabeza hacia atrás para besar y succionar mi cuello.

Embestida tras embestida, desató su poderoso cuerpo para causar estragos en el mío, hasta que volví a gritar y tanto la montura como yo temblamos bajo sus envites, a merced de su galope.

La habitación giraba a mi alrededor. Oscilaba entre el vacío y la plenitud. Su polla me anclaba a este mundo. En esos instantes en que se retiraba, sentía que podía caerme de su montura.

Tanteando a ciegas, extendí el brazo y agarré una brida. Colgando de las riendas, atrapé un rollo de cuerda con la otra mano. Con los bíceps flexionados, apreté mi agarre en torno a las vueltas de la áspera cuerda y, arqueando la espalda, me afiancé en mi sitio para recibirlo por completo.

Mientras me penetraba de esa manera fuerte y firme que tanto me encantaba, me ceñí en torno a su erección, aferrándome a sus embestidas todo lo que podía antes de soltarlo, solo para acogerlo en mis profundidades de nuevo.