Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veintiuno #2
63%

Capítulo veintiuno #2

Trev frunció más el ceño.

—Mi equipo está conectado a todos los aeropuertos importantes y no hemos detectado nada.

En el lenguaje de Trev, estar «conectado a» algo o alguien significaba que se había colado en todos los servidores adecuados.

—¿Es posible que se nos haya escapado? —pregunté.

—Posible, pero improbable. Si la hemos cagado con esto, mi equipo está haciendo un trabajo de mierda. No me gusta.

—A mí tampoco —Sebastian sacó el móvil y empezó a teclear—. Pediré confirmación oficial.

—Buena idea —Trev subió la rampa con la silla—. Mientras tanto, voy a tener unas palabras con mi equipo.

Desapareció en su autocaravana. Algo me decía que su equipo cibernético iba a recibir una buena bronca.

—Tengo que montar la conexión por satélite —Mac siguió a Trev por la rampa y se detuvo en la puerta—. Tú. Mini-Knox. Ven conmigo.

—¿Qué coño? —Mi hermano le hizo una peineta a Mac—. A ver si nos aclaramos. Yo soy la versión maxi de Knox, me llamo Kane, y lo sabes.

—Entendido —Mac dejó que su sonrisa burlona campeara a sus anchas—. Kane. Como en caña de azúcar. Vamos, mi terroncito de dulzura. El elevador automático de la antena parabólica se atascó anoche y necesito músculo para desatascarlo.

—Joder, qué gracia —gruñó Kane, pero siguió a Mac al interior de la autocaravana a pesar de ir con un humor de perros que no era propio de él y que, francamente, me sorprendió.

Hmm. Ya me ocuparía de él más tarde. Ahora mismo, tenía que seguir indagando.

—Vaya, vaya, vaya —crucé los brazos y me encaré con Sebastian, decidido a descubrir qué se traía entre manos—. Y pensar que te has molestado en venir hasta aquí para darnos la noticia cuando podrías haber, no sé, enviado una comunicación encriptada o cogido el móvil.

—¿La verdad? —Soltó un suspiro resignado—. Me ordenaron venir aquí.

—¿Te ordenaron venir aquí? —Me eché hacia atrás—. ¿Quién coño te ordenó venir aquí?

—Mi oficial superior —Sebastian pulsó el mando del Lamborghini y la puerta del copiloto se elevó.

—¡Sorpresa! —Gracie Rose-Aguilar salió del Aventador con los ojos oscuros iluminados por la enorme sonrisa que animaba su bonito rostro. Su mirada se desplazó hacia Karma, y ambas mujeres chillaron como niñas pequeñas mientras corrían a abrazarse.

Se fundieron en un abrazo rápido. Hice una mueca, rogando a Dios que el abrazo no acabara en conmoción cerebral.

El cuerpo menudo y delicado de Gracie contrastaba con la figura alta y esbelta de Karma, igual que el pelo corto y oscuro de Gracie con la larga melena platino de Karma.

Eran diferentes en todo y, sin embargo, su amistad trascendía esas diferencias y se nutría de ellas.

Una sonrisa tonta floreció en el rostro de Seb, y en el mío también. Era genial ver a estas dos juntas. Hablaban tan rápido que no podía seguirlas. Aparte de mí y mi polla, no se me ocurría mejor receta para Karma que Gracie.

—Ya que estamos de buen humor —murmuró sin apartar la vista de las mujeres—, tengo otras noticias y no te van a gustar.

—¿Y bien? —Aparté la mirada de Karma y la fijé en el rostro de Seb—. ¿Vas a esperar hasta que seamos viejos y se nos arruguen las pollas o qué?

—Es sobre el general Roa.

—Ah, mierda —maldije entre dientes—. Déjame adivinar. El hijo de puta cumplió sus amenazas.

—Afirmativo —la boca de Sebastian se tensó—. Le diste una paliza a un general de cuatro estrellas.

—Se merecía cada golpe que le di —apreté los dientes.

—Te está demandando por agresión y daños morales.

—No me sorprende —removí la grava con la punta del pie—. ¿Tengo problemas con Battle Brothers? ¿Contigo?

—Negativo —Sebastian cambió el peso de un pie a otro—. El general es una mierda de persona, pero no deberías haber perdido los estribos. No te ayudará en el tribunal.

—Tienes razón —había otras formas de luchar que no implicaban mis puños—. Conseguiré un abogado.

—No hace falta. Apoyamos a los nuestros. Nuestro equipo legal está en el caso.

—No se lo digas a Karma —lancé una mirada furtiva en su dirección—. Le avergüenza muchísimo su padre.

—No me corresponde a mí contarle lo de tus problemas legales, pero como amigo tuyo, creo que debería saberlo.

—Se lo diré, te lo prometo, pero no ahora mismo. Está mejor y no quiero poner en riesgo su recuperación. Lo ha pasado fatal con todo esto, pero ahora parece feliz. Quiero que siga así, al menos un poco más.

—Tú decides —la mirada de Sebastian se desplazó hacia las mujeres y la sonrisa tonta volvió a asomar a sus labios—. Sí que parecen felices.

Me encantaba ver a Karma riendo. Del brazo, ambas mujeres desaparecieron en la casa principal, sin duda con la intención de ponerse al día.

—Para ser un imbécil corriente con la inteligencia emocional de un grillo, lo has hecho bien trayendo a Gracie aquí.

—Esto no fue idea mía —Sebastian se encogió de hombros—. No estoy tan evolucionado emocionalmente. Fue idea de Gracie.

—Es una genio —mi sonrisa se ensanchó—. No puedes evitarlo, ¿verdad? Tienes que complacer a Gracie.

—Es lo que más me llena en la vida.

Y esto lo decía un hombre que había vivido emociones fuertes de sobra en su vida. Uno de los Deltas más letales y hábiles que conocía miraba a su esposa como un crío enamorado.

—Creo que sé a qué te refieres —ya era hora de sincerarse.

Las pobladas cejas de Sebastian se arquearon.

—¿Ah, sí?

—Me gustaría negarlo, pero no puedo —había llegado el momento de confesar—. Además de darle una paliza a un general, también estoy liado con una de mi equipo. ¿Quieres echarme de Elite ahora o más tarde, cuando hayamos terminado con los Girard?

—Joder, no seas idiota —Sebastian me lanzó una mirada furiosa—. No voy a echarte por estar con Karma. Somos una organización civil. Las anticuadas reglas de confraternización del ejército no se aplican.

De pronto, Sebastian esbozó una sonrisa y me dio una palmada en la espalda.

—Enhorabuena, tío.

—¿Felicidades? —tosí mientras Seb me daba palmadas en la espalda—. ¿Por qué?

—Tu cerebro de mierda por fin lo ha pillado.

—¿Pillado qué?

Se inclinó sobre mi hombro y bajó la voz.

—Que estás enamorado de Karma.

Saliendo de los labios de Sebastian, las palabras me dieron un puñetazo en el estómago. Luché contra el impulso de negarlo, de insistir en que el amor no era algo que pudiera afectarme.

No lo hice, y eso confirmó todo lo que ya sabía.

—Tortuga. —Los ojos de Sebastian brillaron con aprobación—. Ya era hora.

—¿Cómo coño lo supiste?

—¿Yo? No. No tenía ni idea. ¿Pero Gracie? —Señaló hacia atrás con el pulgar—. Ella lo supo desde el principio.

Por supuesto. Todo esto era obra de Gracie.

—¿Karma lo sabe? —preguntó Seb.

—No.

—Por eso Gracie insistió en venir. Ha estado hablando con Karma todos los días y dijo que era ahora o nunca. Gracie está en una misión. No fallará, así que prepárate.

—En ese caso, entra. —Como precaución, me quité el Stetson y lo agité hacia la casa—. La verdad es que necesito toda la ayuda posible.

***

Karma

Estábamos a punto de sentarnos a cenar cuando apareció Mac sin Trev, que llevaba horas encerrado en su autocaravana.

Minutos antes, habíamos mandado a Mac a buscar a Trev para que todos pudiéramos disfrutar del festín de barbacoa de Knox, pero cuando Mac volvió, miró la mesa con añoranza antes de anunciar:

—Trev convoca reunión. —Hizo un gesto de despedida a las costillas—. Adiós, amores míos. Qué pena que mi barriga nunca llegara a conoceros.

Excepto Kane, que no aparecía por ningún lado, todos nos olvidamos de la cena, cogimos los abrigos y seguimos a Mac fuera de la casa principal hasta el extremo de la plaza empedrada, donde Trev había aparcado su autocaravana de alta tecnología.

Si había convocado una reunión, algo pasaba.

Lo encontramos sentado frente a su batería de ordenadores, con los ojos entrecerrados mirando las pantallas y el ceño fruncido. Todos nos apiñamos a su alrededor.

—Esperad. —Trev tecleó una ráfaga de código en su pantalla principal—. Dadme un segundo.

Sebastian se volvió hacia Knox.

—¿Kane se unirá a nosotros?

—Está acampando en la cresta esta noche. —Knox se quitó el sombrero y lo sostuvo entre los dedos—. Dijo que Derek le había contado que los coyotes estaban asustando al ganado, y que iba a cazar a algunas de esas alimañas.

—Ojalá me lo hubieras dicho. —No pude disimular la irritación—. Podría haber ayudado con la caza.

—Todavía no. —Mi ceño fruncido hizo que Knox rectificara enseguida—. Pronto, quizás.

Puse los ojos en blanco de forma exagerada, pero también me sentí un poco revuelta.

Había estado fallando todos los tiros en las prácticas.

Joder, por lo que sabía, Knox tenía miedo de que matara accidentalmente a alguno de sus preciados toros.

¿Por qué iba a dejarme cazar coyotes en su rancho cuando había estado a mi lado todos los días en el campo de tiro mientras yo demostraba que no acertaba ni una?

—Hablando de Kane. —Mac miró a Knox—. Sé que acabo de conocer al tipo, pero es tan jodidamente voluble que me marea. ¿Qué le pasa a tu hermano?

Típico de Big Mac sacar el tema a relucir. Todos habíamos notado que Kane se había mantenido apartado, evitándonos. Algo le pasaba al tipo, pero qué era, ni idea.

Knox suspiró.

—Tengo que hablar con él.

Sebastian asintió.

—No es mala idea.

Miré alrededor de la autocaravana. Estaba diseñada por Trev para Trev, adaptada para que pudiera conducir aquel mastodonte y acceder a todas sus comodidades, con amplio espacio de circulación para su silla de ruedas.

Era uno de los guerreros más inteligentes y capaces que conocía, capaz de desenvolverse de formas que requerían habilidades superiores y una resiliencia que el resto de nosotros ni siquiera podíamos imaginar.

—Bien. Recapitulemos. —Levantó la vista de sus pantallas—. Sebastian, dijiste que las autoridades españolas habían capturado a Gustav Girard en el aeropuerto de Madrid. Aquí está el informe de la detención.

Con un par de clics, mostró imágenes de los documentos en las diferentes pantallas. Parpadeé varias veces, obligando a mis ojos rebeldes a enfocarse.