Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Karma

Dos días después, Derek y Ken partieron hacia Belice y la impresionante autocaravana personalizada de Trev se detuvo frente a la casa principal del rancho, donde Knox y yo esperábamos junto a las puertas de entrada.

Aquel monstruo de vehículo tenía ventanas tintadas, así que no podía ver el interior.

El motor se apagó. Un momento después, la puerta se abrió de golpe y Big Mac saltó a los adoquines del camino de entrada.

—Tío.

Se estiró, enorme como un oso pardo.

—Menudo viaje más largo, joder.

—Cierra el pico de una vez.

Los escalones giraron y se alargaron para formar la rampa que Trev usó para bajar la silla de ruedas del vehículo.

—Este pesado de los cojones no ha parado de quejarse en todo el camino. Mac es como Peter Pan. Nunca creció.

—Anda la hostia.

Ignorando a Trev, Mac giró lentamente sobre sí mismo contemplando el rancho.

—Ahora sí que estamos oficialmente en medio de la puta nada. La casa está bien. Las vacas dan un miedo de cojones.

—Aún no has visto los toros —ofrecí.

Fingida o no, la mueca de terror de Mac me hizo sonreír.

—Hola, Mac el Raro.

Knox soltó un bufido.

—¿Los terroristas no te asustan, pero las vacas sí?

—Mu suena mucho a bu —bromeé.

Todos menos Mac se rieron.

—Dijiste que íbamos a estar cortos de personal.

Trev detuvo la silla al pie de la rampa, junto a mí.

—Pues ese par de espuelas extra que querías... te las hemos traído.

Knox se echó el sombrero hacia atrás y se plantó con los puños en la cintura, mirando a Trev como si buscara el doble sentido de un chiste.

—¿Cómo es eso?

Trev sonrió con suficiencia.

—Trajimos a otro vaquero, uno de verdad, como tú.

—Eso me suena a problemas.

Knox entrecerró los ojos con escepticismo, mirando a Trev.

—¿Y dónde demonios has encontrado a otro vaquero como yo?

—Es una historia graciosa.

Los ojos color caramelo de Trev brillaron con humor.

—Encontramos al chiflado a cinco kilómetros carretera abajo, cargando una mochila de cuarenta kilos, trotando por la interestatal con su sombrero y sus botas de vaquero gastadas, lo cual, como sabes, es totalmente ilegal.

—Que me aspen.

Mac se rascó la cabeza con gesto teatral, soltando aún más mechones rizados de su desordenado moño.

—Si llevar sombrero y botas de vaquero es ilegal en Colorado, entonces la mitad de la gente fuera de Denver y Boulder debería estar en la cárcel.

—Los sombreros y las botas no son ilegales, so imbécil.

Trev dirigió el bufido hacia Mac.

—Lo que es ilegal es trotar por la interestatal, por no mencionar que es peligroso de cojones.

—Ah, ya veo.

Mac sonrió con suficiencia y, en ese momento, supe que estaba metido en algún tipo de montaje.

—A ver si lo entiendo.

Volví a mirar a Trev.

—¿Encontraste a un lunático disfrazado de vaquero trotando por la interestatal y lo recogiste... por qué?

—Sabíamos que Knox necesitaba otro peón —explicó Trev—. El tipo estaba haciendo autostop. Sacó el pulgar cuando nos oyó venir. Reduje la velocidad para echarle un vistazo, ver si estaba trastornado o tenía ojos de loco o algo.

—¿Y? —exigí.

—Y, bueno, cuando vi su cara, tuve que darle un aventón.

Algo todavía se me escapaba.

—Ah, joder.

Knox fue hacia la rampa de la autocaravana y, haciendo bocina con las manos, gritó:

—¡Sal de ahí cagando leches! ¿Me oyes, imbécil? ¡Sal! ¡Ya!

—Eh...

Intercambié miradas con los demás.

—¿Qué está pasando?

—Mira.

Mac me dio un codazo en las costillas.

—Esto va a ser tan divertido como una noche de fiesta en Río.

El hombre que salió pavoneándose de la autocaravana podría haber sido el gemelo de Knox.

Tenía la misma constitución ágil, las mismas piernas largas y hombros musculosos, pero quizás era dos o tres centímetros más alto que Knox y sus ojos eran grises como las nubes de tormenta que se arremolinaban sobre las montañas.

Avanzó por el camino de entrada como si hubiera tomado prestado el andar arrogante y seguro de Knox, con un Stetson marrón y unas botas de vaquero gastadas, cargando una mochila de camuflaje que se quitó de los hombros y dejó a sus pies.

¿El nombre en la mochila?

Lancaster.

—¿Qué demonios, Kane?

Knox se plantó cara a cara con el que supuse que era su hermano pequeño, aunque de pequeño no tenía nada.

—No llegabas hasta mañana y podría haberte recogido en el aeropuerto. ¿Trotando por la interestatal? ¿Haciendo autostop otra vez?

—Ya me conoces.

Su voz era suave como una serpiente deslizándose entre la hierba.

—El autostop me parece fascinante. La gente que conoces... Este par variopinto, por ejemplo. Imagina mi sorpresa cuando descubrí que eran tu equipo.

—Eso es lo que pasa cuando aceptas que te lleven desconocidos —espetó Knox—. Cuando mamá se entere de que estabas haciendo autostop en la interestatal, te va a desollar vivo.

Los ojos grises de Kane brillaron.

—Pues no seas capullo y no se lo cuentes.

—Kane... —gruñó Knox.

—Knox... —gruñó Kane a su vez.

Los dos hombres se abalanzaron el uno sobre el otro. Chocaron y se fundieron en un abrazo, dándose palmadas en la espalda como si intentaran sacarse algo de los pulmones a golpes.

El reencuentro me llegó al alma. Me ardieron los ojos. Vaya, una patada en la cabeza y de repente me había convertido en una blandengue sentimental.

—¿Cuánto ha pasado? —preguntó Knox, estrechando a su hermano entre los brazos.

—Más de cuatro años.

Kane intentó levantar a Knox del suelo y el abrazo se convirtió en un combate de lucha libre, cada uno tratando de tumbar al otro.

—¿Esto es una pelea o un momento ñoño entre hermanos? —pregunté.

—Bromance —declararon Mac y Trev al unísono.

Al intercambiar sonrisas con ellos, me di cuenta de que, aunque había disfrutado mucho de la compañía de Knox, había echado de menos al equipo.

Siempre había actuado como si fuera uno de los chicos, pero la realidad era que, aunque era mujer, en Elite formaba parte de algo especial.

Esos tipos eran mis hermanos de armas, mis amigos y mi familia.

El crujido de neumáticos sobre la grava me alertó del Lamborghini negro que tomaba la curva y cruzaba la explanada del aparcamiento. Los hermanos Lancaster interrumpieron su pelea para observar el impresionante Aventador que se detuvo ante nuestro grupo. El resto nos quedamos mirando.

Mac silbó.

—A eso lo llamo yo un pedazo de coche.

—Lo he visto antes —Trev rodó hasta el bordillo y se quedó mirando las ventanas tintadas.

—Suéltalo, Druida —me apoyé contra el pilar de piedra y crucé los brazos—. Cuéntanos más sobre este bonito juguete.

—Esa máquina no es ningún juguete bonito —Trev frunció ligeramente el ceño—. Es un prototipo de última generación, blindado, de cuatro plazas, capaz de alcanzar velocidades de vértigo. Solo existe uno en el mundo. Pertenece al jefazo de Battle Brothers, Kass Battleson.

—¿Te refieres a nuestro ilustre director ejecutivo? —mi curiosidad se disparó—. ¿Por qué demonios vendría hasta aquí?

—Se me ocurren varias razones —Trev apretó la mandíbula—. Todas significan problemas.

***

Knox

Por una vez, Sebastian Aguilar logró sorprenderme cuando salió del Lamborghini único de Kass Battleson. Había hablado con Seb todos los días y no me había dado ninguna pista de que pensara unirse a nosotros. Y sin embargo, ahí estaba.

Se desenroscó del asiento del conductor y se irguió en toda su altura de metro noventa, con la mandíbula sombreada por la barba del día, mientras sus alertas ojos azules recorrían el lugar como si evaluara un campo de batalla.

—¿Orion? —dejé a Kane atrás y me acerqué a saludar a Sebastian—. ¿Qué demonios haces aquí?

—Oí que necesitabais peones de rancho —pulsó el mando, cerró la puerta del coche y, apoyándose contra él, cruzó los brazos con una sonrisa.

Me eché el sombrero hacia atrás y me rasqué la cabeza mientras lo miraba con escepticismo.

—¿Quieres cabalgar con nosotros?

—Ni hablar —sacudió el pelo castaño y se rio con ganas—. A menos que sea absolutamente necesario, pienso ahorrarle el dolor a mi trasero.

Sonreí a mi jefe, que también era mi mejor amigo, todavía asombrado de lo fácil que le salía la risa últimamente.

En los últimos meses había cambiado, por dentro y por fuera, todo para mejor.

Ahora parecía menos un alma atormentada y más un tío despreocupado; imponente, dada su constitución, pero con pinta de surfista cachas de Florida.

La persona triste y solemne que había sido cuando nos asignaron la misión en la playa el año pasado había dado paso a una felicidad que irradiaba desde dentro, todo gracias a Gracie Rose, la mujer que había traído la redención a su vida.

Me alegraba muchísimo por mi amigo. Y también me moría de curiosidad.

—Si no vienes a machacarte el culo, ¿a qué has traído la nave espacial de Kass?

—Estaba en la sede de Denver. Kass me ofreció su coche y acepté —a Sebastian se le arrugaron las comisuras de los ojos al sonreír—. En cuanto a mis razones para estar aquí, tengo varias.

—¿Y son?

—Número uno —contó con los dedos—, verte en tu hábitat natural. No quería perderme ese espectáculo. Número dos, he oído que la pesca con mosca en el Rio Alto es increíble.

—¿En serio? —me metí las manos en los bolsillos y reprimí una sonrisa—. ¿Has venido hasta aquí a pescar?

—¿Por qué no?

—Porque no es propio de ti ir a pescar cuando estamos persiguiendo a Gustav Girard por todo el planeta. Así que suéltalo, Delta Farsa. La verdadera razón por la que estás aquí es...?

—Darte las buenas noticias en persona —le brillaron los ojos.

—¿Y bien? —intercambié una mirada con Karma—. ¿Vas a contárnoslo o qué?

—Hemos localizado a Gustav Girard.

—Ya era puta hora —Karma esbozó una sonrisa escalofriante—. Espera a que le ponga las manos encima.

—No hace falta ir a cazarlo —Sebastian sonrió con suficiencia—. No va a ir a ninguna parte.

Con el ceño fruncido, Trev se acercó rodando.

—¿Quién lo ha encontrado y dónde está?

—Los servicios de inteligencia españoles lo pillaron en el aeropuerto de Madrid. Lo tienen bajo custodia. Interpol está de camino para recogerlo.

—Mmm —Trev se mordió el labio.

—¿Qué pasa? —cada vez que el Druida se quedaba callado, me entraban escalofríos.