Capítulo veinte #2
Mi madre, Ramona Calderón, provenía de una ilustre familia de rancheros mexicanos cuya propiedad del valle databa de antes de la anexión.
La mujer bajita y morena que le había legado a Ken sus ojos oscuros, a Kane su temperamento de fuego y a mí una cabezonería a prueba de bombas, era un petardo humano dedicado a mantener su casa, sus hombres y su rancho en perfectas condiciones.
Que se hubiera casado con Kyle Lancaster, un jornalero blanco sin un duro de ascendencia irlandesa que vino a trabajar para su padre una temporada fatídica, hablaba de su coraje indomable. Kyle había estado recorriendo el país para «encontrarse a sí mismo». En cambio, encontró a mi madre.
Perro con suerte.
Ella había convertido a Kyle en ranchero y caballero, y luego hizo lo mismo con sus hijos revoltosos, a los que dio a luz en apenas tres años y medio. Hacía unos años, ella y papá nos habían traspasado el rancho y ahora pasaban la mayor parte del año disfrutando de su jubilación en Florida.
Saber que Karma había tenido una infancia terrible me hacía valorar aún más a mi familia.
También me hizo darme cuenta de que las posibilidades de convencer a la preciosa mujer sentada al otro lado de la mesa para que se quedara conmigo eran bastante bajas.
Pero que las probabilidades estuvieran en mi contra no significaba que no fuera a intentarlo.
Ramona Calderón-Lancaster se había asegurado de que yo no llevara el gen de la rendición.
—Knox, Knox. —Ken me devolvió al presente con un codazo—. ¿Adónde demonios fuiste? ¿Me estás escuchando?
—No voy a mentir, Kenny. —Añadí una cucharada de guacamole fresco a mis enchiladas—. Me estoy esforzando mucho por no escucharte.
—¿Ah, sí? —Hizo girar en el aire su tenedor con hilos de queso colgando—. ¿Por qué?
—Quizá tenga que ver con que te has convertido en un bocazas. ¿Qué te hace pensar que a Karma le interesa toda esa basura?
—Ella preguntó, yo contesté. —Me despachó con una mirada de reojo y volvió a su objetivo principal: avergonzarme—. Oye, Karma, ¿te he contado lo de aquella vez que Knox estaba pescando truchas con mosca y se enganchó los calzoncillos? El calzonazo de su vida.
Karma, Ken y Derek estallaron en carcajadas.
El honor requería que me defendiera.
—Tenía doce años, idiota.
—Eso no lo hace menos gracioso.
—Que te jodan a ti y a la mula en la que llegaste.
—Solo estoy pasándomelo bien a tu costa.
Ken sonrió con suficiencia.
—Al fin y al cabo, hace años que no traes a una mujer a casa.
—O nunca —añadió Derek, para nada útil.
Karma me lanzó una mirada incrédula.
—¿En serio?
Apunté con el cuchillo a mi hermano y a su marido.
—¿Por qué iba a traer a alguien a esto?
—Buen argumento.
Miró a Ken.
—Cuéntame más.
—Encantado.
Ken me dedicó una sonrisa burlona.
Suspiré. No tenía ninguna esperanza de hacer callar a Ken y, como Karma parecía disfrutar de su cháchara, me tocaría aguantarlo.
—¿Te acuerdas de cuando eligieron a Knox rey del baile?
Derek se sirvió otra enchilada.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
Ken le hincó el diente al filete.
—Se negó a ir, pero mamá lo obligó. Por aquel entonces estaba obsesionado con convertirse en un SEAL de los buenos. Le importaba una mierda el baile. Pero bueno, al menos te lo pasaste bien con Aileen Polansky.
—¿Quién es esa tal Polansky? —preguntó Karma mientras cruzaba el tenedor y el cuchillo sobre el plato.
—Nada menos que la tía más buena del instituto y la mismísima reina del baile —anunció Ken con teatralidad—. Le echó las garras a Knox aquí presente. Fueron la pareja más atractiva del pueblo durante... no sé... ¿cuatro años?
—Dos años, muchas gracias.
Dos años muy largos que prefería no recordar.
—¿Sabías que ganó el bronce olímpico en taekwondo hace unos años?
—No tenía ni idea, pero Aileen era buena en eso.
Sabía dar y recibir.
—Aileen, sí —murmuró Derek—. Bonita como una rosa, afilada como una espina.
—Hablando de espinas sangrientas —dije mientras devoraba el último trozo de filete—. ¿Qué tal la reina del drama?
—En su tercer divorcio y, como siempre, al acecho —dijo Ken con la boca llena—. Todavía pregunta por ti cada vez que la vemos, ¿verdad, Derek?
—Desde luego —confirmó Derek, y su voz grave destilaba todo tipo de insinuaciones pecaminosas.
Karma clavó en mí su mirada felina.
—No tenía ni idea de que te iban las reinas del baile.
—Eh, para el carro —dije dejando los cubiertos—. Fue una sola reina del baile.
Mi hermano cabeza de chorlito soltó una risita.
—Knox era todo un rompecorazones, si me entiendes.
—Oh, te entiendo perfectamente.
Karma entrelazó los dedos y, con los codos sobre la mesa, apoyó la barbilla en las manos.
—Sé lo efectivo que es Knox el machote en el circuito social femenino.
Ken y Derek se lo pasaron en grande, pero las chispas que ardían en los ojos de Karma me quemaron las entrañas y me dejaron con una necesidad compulsiva de disculparme por algo. Por qué, ni idea.
¿Estaba celosa?
Qué va.
No sería tan descarada como para echarme en cara que me hubiera divertido un poco mientras ella me mantenía a distancia durante más de dos años y no se privaba de sus propios revolcones fuera del trabajo. ¿O sí?
Ken carraspeó para llamar mi atención.