Capítulo veinte
Knox
Hice girar la cuerda en sentido contrario a las agujas del reloj, con el lazo horizontal sobre mi cabeza, bien erguido en la silla.
Con la mano izquierda guiaba el caballo y controlaba la velocidad de mi montura para no asustar al rebaño reunido junto al tanque de agua.
Presioné un poco al añojo, lo separé del grupo y esperé hasta ver al animal trotar entre las orejas de mi caballo antes de soltar el lazo.
El lazo siguió el impulso de mi brazo, voló por el aire y cayó sobre el cuello del añojo. Derek soltó un grito de júbilo. Enrollé la cuerda en el cuerno de la silla y frené mi caballo con los talones justo cuando Ken lazaba las patas traseras de la vaquilla.
El animal se desplomó.
Desmonté y llegué a la vaquilla unos dos segundos antes que Ken. La sujetamos mientras Derek se acercaba y le inyectaba una dosis de antibióticos. El veterinario del rancho revisó la herida que cicatrizaba en la pata del animal y se apartó.
Ken y yo soltamos las cuerdas al unísono. El añojo se levantó y trotó de vuelta al rebaño sin apenas alterarse. Enrollé la cuerda en la mano y sonreí. Hacía tiempo que no lo hacía, pero aún conservaba el toque mágico.
—Vaya, vaya —Ken me dio una palmada en la espalda—. Todavía puedes competir con los grandes. El feo hombre rana ha manejado las cuerdas como el mejor de nosotros.
—Hombre rana, vale, pero feo, ¡y una mierda! —le hice una peineta—. No puedes competir con mi ADN de guapo.
—¡Ja! —soltó una carcajada—. Eres una versión degradada de mi ADN de primera.
—Paz, caballeros —dijo Derek con su voz grave de bajo desde el todoterreno, mientras guardaba el equipo veterinario—.
No hace falta que os enzarcéis en vuestra típica rivalidad de hermanos.
Estáis hechos del mismo molde y sois bastante guapos.
Lo sé —le guiñó un ojo a Ken—. Me casé con uno de vosotros, cabezas huecas.
Ken y yo nos reímos. Aunque echaba de menos a Elite y mis misiones, disfrutaba de estar de vuelta en el rancho, de trabajar codo con codo con mi hermano y su marido.
Derek, bajito, de piel oscura, musculoso, pura energía y cerebro, era el amor de Ken desde el instituto. Todos habíamos crecido juntos en el rancho, incluido Kane, que sin duda lo estaba pasando en grande en ese momento, metido en alguna misión increíble y llena de adrenalina con los Equipos.
—Y en cuanto a ti —Derek me señaló con un dedo rechoncho—. Me alegra saber que no has olvidado tus raíces. Llevo queriendo preguntarte desde que llegaste: ¿qué demonios te ha mantenido alejado?
—He estado ocupado —murmuré mientras Ken y yo llevábamos los caballos al agua a beber.
Derek se acercó y señaló con la barbilla por encima de mi hombro.
—Entonces, ¿tu ausencia no tendrá nada que ver con esa dulce belleza de piernas largas que baja por la colina?
Me di la vuelta y vi a Karma salir del bosque. Alta, estilizada, fluida, avanzaba por el sendero hacia el prado donde estábamos.
Sus largas zancadas me indicaban que hoy tenía el dolor de cabeza bajo control. Llevaba botas, vaqueros y una chaqueta acolchada sobre una de mis camisas de cuadros. Sin gorro, sin guantes. No era de las que se mimaban.
Incluso a esa distancia, veía cómo su aliento se condensaba en el aire. El sol proyectaba un brillo plateado sobre su cabello platino, que ondeaba suave con la brisa. Al menos llevaba unas gafas de aviador para protegerse los ojos del resplandor de la nieve.
En general, Karma estaba mejor. Dentro de lo que la vista le permitía, pasaba gran parte del tiempo con el mantenimiento de las armas, la mejora del equipo y su nuevo ORS, en compañía de Lapua, la gatita a la que había puesto el nombre de su calibre favorito.
La última exploración mostró una mejora sólida. El vértigo había disminuido y, aunque la visión doble iba y venía, los desmayos que más le preocupaban eran cada vez menos frecuentes.
Habíamos establecido una rutina de comidas largas, muchas conversaciones, paseos tranquilos y sexo en abundancia.
No estaba mal para un tipo que se ganaba la vida haciendo volar cosas por los aires y sacando a cabrones de sus agujeros inmundos.
El sexo lo mantenía dulce y convencional, pero me aseguraba de que siempre quedara satisfecha.
Por otro lado, nos enfrentábamos a algunos obstáculos.
Todavía no habíamos localizado a Gustav.
Trev estaba metido en un rastreo cibernético serio, y aunque todos trabajábamos con nuestros contactos y presionábamos a nuestros informantes, parecía que el pedazo de mierda se había esfumado de la faz de la tierra.
Mientras anduviera suelto, era como un sarpullido, un picor que no podía quitarme de encima.
Mi instinto me decía que no tardaría en intentar algo. El Equipo Bravo estaba en alerta máxima, pero si no averiguábamos pronto dónde se escondía Gustav, las cosas podían ponerse feas muy rápido.
Quería volver a la acción. Era lo que me hacía sentir vivo. Además, necesitaba atrapar al cabrón. Era mi trabajo, pero también era personal. Puede que la venganza no fuera la mejor justificación para cargármelo, pero quería hacérselo pagar por lo que le había hecho a Karma.
La falta de avances también afectaba a Karma.
No paraba de decirme que se sentía atrapada en el purgatorio.
Íbamos al campo de tiro dos veces al día.
Aunque había practicado mucho y a pesar de que ahora disparaba con su amada Miranda, no daba en el blanco.
La mira le empeoraba la visión doble y le agravaba los dolores de cabeza, le negaba precisión, pero aun así se negaba a parar.
Era más tozuda que todos los toros cascarrabias del rancho juntos.
La práctica diaria frenaba su recuperación y la irritaba sin fin. La frustración acumulada entre los dos explicaba por qué me alegraba de que hubiera decidido salir de su aislamiento, aunque prefería tenerla solo para mí.
—Oye, Knox —Ken me dio un puñetazo en el brazo—. ¿Me estás escuchando?
—Sí. No —no podía apartar los ojos de la mujer que venía hacia nosotros—. Ponme al día, ¿vale?
—Nos preguntábamos si tú y tu misteriosa belleza queréis venir a comer algo.
—Uf, tíos —seguí a Karma con la mirada mientras bordeaba el lago helado—. No sé si es buena idea.
Ken frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Es diferente.
—¿Diferente cómo?
¿Cómo podía explicar lo de Karma?
—Es diferente, sin más. No estoy seguro de que quiera compañía.
—Bueno, ¿por qué no se lo preguntas? —sugirió Ken mientras Karma se acercaba con el crujido de sus botas sobre la nieve pisoteada.
—¿Preguntarme qué? —Nos miró a todos y luego a mí.
—Karma, este es Derek —los señalé a ambos—. Es parte de nuestra familia y el veterinario del rancho.
—Bienvenida al Rio Alto. —Derek se quitó el sombrero, dejando ver su cabeza rapada, y le tendió la mano—. Encantado de conocerte.
—Sí, igualmente. —Karma le estrechó la mano brevemente.
—Sabía que estabas escondiendo algo en tu cabaña.
—Ken me lanzó su mejor mirada de «ajá» antes de dirigirse a Karma—.
Knox es un bicho raro y un hijo de puta muy reservado.
Construyó su cabaña al otro lado del rancho solo para no tener que aguantarnos.
Por cierto, soy Ken. —Se tocó el ala del sombrero y le estrechó la mano—. Soy el hermano mayor de Knox.
—Lamento oír eso. —Torció los labios sin perder el ritmo—. Nadie debería tener que sufrir así.
Ken soltó una carcajada.
—Ya te digo, hermana. Parece que has calado bien a mi hermano rompepelotas.
Karma mantuvo el gesto serio y señaló hacia mí con la cabeza.
—Él es la razón de que mi dedo corazón esté desarrollando artritis de tanto usarlo.
—Oye, Knox —logró decir Derek entre carcajadas—. ¿Por qué no nos dijiste que habías traído a casa a una comediante?
—O que era una especialista en Knox —se carcajeó Ken.
—Payasos, cerrad el pico —gruñí, pero mis palabras no tenían mala intención y, al dirigirme a Karma, yo también me reía—. Tengo que señalar que, si alguna parte de ti está desarrollando artritis, debe ser el dedo gordo del pie.
—¿El dedo gordo del pie? —Me miró frunciendo el ceño, curiosa—. ¿Por qué?
—Ya sabes, ¿de tanto patearme el trasero?
Sus ojos brillaron divertidos.
—Si te lo ganaste, te lo mereces.
—Y si tú lo das, yo lo quiero.
El rubor que le encendió el rostro desató la corriente eléctrica que crepitaba en el aire entre nosotros. Ya no estábamos hablando de patear traseros.
—Por fin, nuestro Knox pródigo ha encontrado la horma de su zapato. —Ken desplegó su sonrisa de un millón de dólares—. Karma, me encantaría escuchar más sobre tus habilidades para patearle el trasero a Knox. ¿Te apuntas a cenar con nosotros?
—Bueno... —vaciló.
—Quizás en otra ocasión —interrumpí.
—Espera. —Me lanzó su sonrisa de cazadora—. No me importaría escuchar algunas historias vergonzosas sobre ti.
—Tengo un montón de chistes de Knox-Knox guardados. —Los ojos de Ken brillaron, prometiendo pasarlo en grande a mi costa.
Así fue como acabamos sentados alrededor de la mesa esa noche, dando cuenta de unos filetes Wagyu de primera.
Como era de esperar, la cena fue un festival de meterse con Knox en el que mi hermano repasó cada metedura de pata que había cometido desde que nací. Karma pasó la mayor parte del tiempo partiéndose de risa.
Tras dar cuenta de los filetes a la parrilla, la ensalada y la versión de Ken de las enchiladas de queso mundialmente famosas de mi madre, los cuatro nos quedamos sentados alrededor de la larga mesa frente a la enorme chimenea de doble cara que era el punto focal de la casa principal, la gran cabaña de troncos donde crecí.
—¿Cuánto tiempo lleva el rancho en funcionamiento? —preguntó Karma cuando Ken hizo una pausa en su sesión de ponerme verde.
Ken se lanzó a contarle la historia de mi familia.