Capítulo diecinueve
Karma
Aparté la mirada de Knox y la fijé en la ventana.
Los copos de nieve flotaban en el viento sin rumbo, igual que yo.
A la hija del general Roa no la habían criado para pedir ayuda, para admitir que la necesitaba, para ser débil o vulnerable.
Apoyarme en otra persona estaba tan fuera de mi zona de confort que me resultaba alarmante y desconcertante a partes iguales.
Seguía esperando que llegara el golpe en forma de violencia, castigo o rechazo, pero por muy explosivo que fuera Knox en combate, conmigo era gentil, paciente y tierno.
No podía engañarme a mí misma. Me apoyaba en Knox. Constantemente. Lo necesitaba, y cuando él necesitara apoyarse en alguien, quería ser yo esa persona.
Traga con eso, zorra.
El rollo de alambre de púas aflojó su agarre en torno a mi corazón, como venía haciendo poco a poco cada día que pasaba con Knox en el rancho.
Con él había aprendido lo que era sentirse a gusto en la propia piel, feliz de ser una misma.
Era asombroso, pero se había colado en mis ecuaciones balísticas.
Ahora formaba parte de cada disparo que quería hacer.
Y también aterrador.
—¿Qué piensas? —preguntó Knox—. ¿Podríamos al menos intentarlo?
Las lágrimas me escocieron en los ojos. Lágrimas. Yo. No. El sarcasmo acudió en mi rescate.
—Adelante, vaca-quero.
Recurrí a mi patrón habitual y enseguida me retracté a toda prisa.
—Perdón. Quería decir vaquero. Sin vaca de por medio. Fuerza de la costumbre. Me encanta tocarte las narices. ¿Perdón otra vez?
—Nunca te disculpes por ser tú misma.
Me rozó la frente con los labios, transmitiéndome su calidez, recordándome que era como un hogar humano.
—Tócame las narices. Puedo aguantarlo. No me importa, y se te da bien.
Una sonrisa tonta afloró en mi rostro, una que intenté reprimir. Había pasado la mitad de nuestro tiempo juntos desafiándolo y la otra mitad insultándolo, y sin embargo ahí estaba, a mi lado como siempre, sin importar lo dura, grosera e insensible que hubiera sido.
Bueno, eso tenía que cambiar. Yo tenía que cambiar la parte de mí que arremetía para herirlo, para mantenerlo a distancia. Había intentado dejarlo fuera y había fracasado. El fracaso nunca me había sabido tan dulce, tan acertado.
—Espera aquí.
Cogió la camisa y se la puso mientras iba hacia la cocina.
—Tengo algo para ti.
En cuanto me soltó, eché de menos estar entre sus brazos. El poder que tenía sobre mí era extraordinario. Desconcertante.
Me di la vuelta, me abracé a mí misma y me quedé mirando el fuego. Parecía increíble que no se hubiera desahogado conmigo después de que me colara en su caja fuerte, construyera el campo de tiro y lo desafiara de todas las formas posibles. Joder, ya ni siquiera estaba enfadado por eso.
Al pensar en la historia que acababa de contarme, su dolor resonó en mí con tanta intensidad como los terribles dolores de cabeza que iban y venían.
Todo ese tiempo había estado centrada en mí misma, enfadada con él por no entender lo que estaba pasando, cuando en realidad él conocía de sobra la impotencia que me atormentaba, el miedo a lo desconocido, el terror de enfrentarse a los propios límites.
El poderoso Knox había sido herido. Había tenido que luchar para volver a la vida. Había tenido que soportar la humillación de que lo arrancaran de su equipo y lo apartaran. Nada de eso había frenado su ascenso meteórico en el Equipo Élite. Nada de eso había mermado quién era.
Siguiendo su ejemplo, yo podía hacer lo mismo.
Knox se aclaró la garganta y me giré. Solté un chillido como una niña pequeña al ver lo que sostenía en las manos.
—¡Miranda!
Mi mirada saltó de mi precioso rifle a mi guapísimo Knox. Dividida entre el hombre sonriente y el rifle magnífico, me abalancé sobre el hombre. Mi chica podía esperar un poco más; yo no podía contenerme de compartir mi alegría con la única persona en el mundo que sabía cómo animarme.
—Tranquila.
Knox pasó el rifle a una mano y, con los ojos como platos, me rodeó la cintura con el brazo y recibió mi abrazo.
—Sin protección auditiva, ese chillido tuyo podría causar daños. Pregúntale a mi tímpano si no me crees.
—Ahora mismo estoy muy ocupada abrazándote.
Hundí la cara en el hueco de su cuello.
—¿Podrías guardarte tus consejos cutres para otro momento en que pueda ignorarte mejor?
Su pecho retumbó contra el mío. Su risa me envolvió como una lluvia de verano. Aun así, no pudo ocultarme su sorpresa. En el momento en que me había lanzado hacia él en lugar de hacia Miranda, el voltaje de su sonrisa se había disparado.
Miranda lo entendería. De haber podido hablar tan bien como disparaba, habría estado de acuerdo con mi elección.
—También he traído las piezas y accesorios de Miranda.
Knox señaló con la barbilla la bolsa que había junto al sofá.
—Ahí tienes tu kit de desmontaje de campo, Siggy, Min y un nuevo ORS.
Se me cortó la respiración.
—¿Me has conseguido un nuevo ORS?
—Lo requisé en cuanto volvimos a territorio nacional.
—Eres magnífico.
Lo apreté tan fuerte que temí partirlo por la mitad.
Por aquel entonces no sabía si saldría del coma. No sabía si volvería a disparar, y aun así había requisado un nuevo ORS para mí. Si eso no demostraba que su fe en mí era mucho mayor que la mía propia, nada lo haría.
—¿Acabas de llamarme «magnífico»?
Su sonrisa encendió el dorado en torno a sus pupilas.
—Vaya manera de subirme el ego.
—No te preocupes.
Le planté un beso en los labios.
—Enseguida se me ocurrirá algo ácido que hará cuajar tu ego sobredesarrollado en el acto.
—Sin prisa.
Ensanchó la sonrisa.
—Mi ego inflado y yo podemos esperar todo el tiempo que quieras.
—Bien, porque quiero echarle un vistazo más de cerca a mi chica.
Lo solté y cogí a Miranda de sus manos, dándole vueltas para examinarla.
—Entonces...
Se atrevió a preguntar mientras yo abría la cremallera del bolso y empezaba a rebuscar en su interior.
—¿Esto ayuda a espantar el aburrimiento de esta cabaña?
—Pues claro. Obviamente —dije, girándome de rodillas y apartando de un manotazo todo el desorden de la mesita—. Mañana la sacaré a practicar tiro.
—Supongo que no hay manera de hacerte cambiar de opinión.
—Mi cerebro está a salvo en el campo de tiro, te lo prometo —apunté el rifle hacia abajo, comprobé que el cargador no estuviera puesto y accioné el cerrojo para asegurarme de que la recámara estuviera vacía—.
Tienes unos protectores auditivos excelentes.
Si puedo disparar, me sentiré mejor. Echo de menos disparar.
—Lo sé.
La ternura en su voz me hizo un nudo en la garganta y me humedeció los ojos. ¿Me estaba convirtiendo en un grifo humano?
Luchando por ocultar lo mucho que me conmovían sus gestos, busqué en mi bolsillo las horribles gafas prismáticas y me las puse. Conseguí enfocar un poco mejor. Encontré el kit de limpieza de Miranda y alineé las herramientas sobre la mesita.
—Te traje otra cosa para ayudarte a pasar el tiempo —dijo mientras volvía a la cocina—. Vuelvo enseguida.
Lo perdí de vista cuando entró en la despensa, pero oí la puerta abrirse y cerrarse. Regresó de inmediato con algo negro, redondo y peludo entre las manos.
—¿Una madeja de lana? —lo miré con incredulidad mientras se acercaba—.
¿Estás jodidamente loco? Si esperas que me ponga a tejer, has perdido la chaveta.
Que esté aquí no significa que me haya domesticado.
Preferiría comer mierda antes que intentar hacer ganchillo.
Si eso viene con un par de agujas de tejer, te las voy a clavar en los ojos.
—No hace falta tejer y, por el bien de mis ojos, tampoco hacen falta agujas —llegó al sofá y, doblando sus largas piernas, se sentó a mi lado con los ojos chispeantes de diversión—. Te traje esto para que te haga compañía cuando esté fuera trabajando en el rancho.
Separó los pulgares y abrió las manos para mostrarme el pequeño gatito negro que acunaba entre ellas. El diminuto felino bostezó y me miró parpadeando. Se me derritió el corazón y, por fin, admití que estaba enamorada.
De Knox.