Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo dieciocho #3
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Capítulo dieciocho #3

Intentó alejarse de mí, pero me aferré a ella.

—Siempre has estado en lo más alto. Nunca has tenido miedo de que te pongan de patitas en la calle. No sabes lo que se siente cuando te dan de lado o estás a merced de los caprichos de otros.

—Puede que te equivoques.

Si quería ayudarla, tenía que darle algo más que palabras. Tenía que ser sincero con ella.

Me desafió arqueando las cejas.

—¿Y eso?

—Te lo voy a enseñar.

Me sorprendí a mí mismo soltándola y desabrochándome la camisa.

Frunció el ceño.

—¿Qué demonios haces?

—Paciencia. No es tu fuerte —excepto cuando estás cazando al enemigo—, pero ahora mismo no estás de caza y yo no soy tu enemigo.

Me quité la camisa por los hombros y la dejé caer en el sofá.

—Sígueme la corriente en esto. Lo que estoy a punto de hacer no me resulta fácil.

Al menos eso la hizo callar.

Me di la vuelta, ofreciéndole una buena vista de mi espalda.

—¿Lo ves?

—¿Tu tatuaje de estilo maorí?

Sus dedos me hicieron cosquillas en la piel mientras trazaban el contorno del sol.

—Sí, lo veo. Me encanta la geometría. ¿Qué pasa con él?

—Mira más de cerca, justo en el centro, donde convergen todas las líneas.

Esperé hasta que sus dedos se posaron en el punto sensible.

—¿Qué ves?

Se quedó en silencio, pero su tacto se hizo más intenso. Las yemas de sus dedos trazaron círculos sobre la piel tatuada, tropezando con los bordes elevados de la cicatriz, trayendo consigo dolor fantasma y recuerdos que preferiría olvidar.

—Es una cicatriz —susurró—. Una cicatriz de bala. Te dispararon.

—Sí, me dispararon —admití—. Aparte de Sebastian, nunca se lo había contado a nadie. Hasta ahora.

—Dios mío, Knox, ¿cuándo te dispararon?

Los dedos de Karma recorrieron la cicatriz casi con reverencia.

—¿Cómo pasó?

Tragué saliva y, haciendo un esfuerzo por no revivir la agonía, opté por la versión resumida.

—Un par de años antes de conocernos, estaba entrenando tropas en el extranjero. Estábamos en el campo de tiro. Me giré para usar el caballete. Uno de mis alumnos era un infiltrado talibán. Me disparó por la espalda.

—Que le den por culo al hijo de puta.

Su mano se posó sobre la cicatriz.

—Podría haberte matado.

—Casi lo consigue. La bala me rozó la columna, me perforó el pulmón y se alojó cerca del corazón. Los cirujanos lucharon a muerte para extraer el proyectil. Estuve en el hospital mucho tiempo. Mi vida pendió de un hilo durante un tiempo.

—Lo siento mucho.

Besó la cicatriz y la ternura que solía guardar en lo más profundo me envolvió en oleadas de cariño sincero.

—No pasa nada.

Giré la cabeza y busqué su mirada.

—Sobreviví. Al final, todo pasó: el dolor, la rabia, la sensación de traición, joder, hasta el miedo a perder mi carrera desapareció cuando... bueno... ya sabes.

—Te pusieron de patitas en la calle —concluyó con gesto sombrío.

—No exactamente, pero casi.

Mantuve la furia a raya y volví a mirar el fuego.

—Los mandamases me asignaron un trabajo de oficina. Un trabajo de oficina. A mí. Eso no iba a pasar.

—Por eso te uniste a Battle Brothers —adivinó con voz queda y ronca por la sorpresa—. Por eso dejaste a los SEALs en la cima de tu carrera.

—Sí.

Las manos de Karma rodearon mi cintura. Pegó su cuerpo a mi espalda y apoyó la mejilla contra mi piel.

Puse mis manos sobre las suyas. De ella irradiaba una emoción especial: compasión, comprensión, solidaridad, afecto, una mezcla de todo eso.

De repente, ya no me sentía amargado por haber dejado los Equipos.

En cambio, me sentía afortunado.

Si no me hubieran herido, no habría venido a trabajar para Battle Brothers ni me habría unido al Equipo Elite. No habría conocido a Karma. No estaría aquí, en mi cabaña, con ella, con la sensación de que siempre habíamos estado destinados a estar aquí, ahora.

Entonces lo entendí. Había mucho más en la vida que la lucha. Nunca lo había sabido hasta ese momento. Como esto entre Karma y yo, esta necesidad de estar con ella. Ahora lo veía, lo sentía, lo aceptaba.

¿Cómo podía hacerle entender lo que acababa de comprender, lo que ella me había ayudado a entender?

Depositó un círculo de besos alrededor de mi sol. —Si yo hubiera estado de francotiradora, nunca habría logrado disparar. Odio saber que sufriste, que pasaste por todo eso.

—No fue fácil, eso seguro, pero ya quedó atrás. Tenía a Sebastian. Estuvo a mi lado en las buenas y en las malas. Nunca le había mostrado mi cicatriz a nadie más.

—Me la mostraste a mí.

—Así es.

—Querías que supiera que entiendes por lo que estoy pasando —su abrazo se apretó a mi alrededor—. Querías mostrarme que es posible sanar. Que la vida continuará y que tengo opciones. Puedo adaptarme, superarlo como lo hiciste tú.

Era tan inteligente.

Me di la vuelta y me encontré con sus ojos brillantes. —Paciencia contigo misma. Eso es todo lo que te pido.

—Lo intentaré —se acercó y rozó mis labios con los suyos.

La estreché contra mí y profundicé el beso hasta que ambos ardíamos con más intensidad que las llamas de la chimenea. Casi se nos fue de las manos, pero logré contenerme. Karma, mi llama viviente, abrió los ojos con mirada interrogante.

—Tengo que decir... —tragó saliva—. Estoy acostumbrada a cuidar de mí misma. Esto, tú y yo, esta cabaña, todas estas conversaciones... me resulta raro.

—Para mí también es raro, y sin embargo no es algo malo. ¿O sí?

—No, no es algo malo —su admisión me hizo reprimir un estallido de alegría—. Pero estoy aquí, comiendo tu comida, viviendo en tu casa. ¿Me estoy apoyando demasiado en ti?

—¿Me has oído quejarme de eso?

—No.

—Entonces, apóyate en mí. Apóyate en mí todo lo que necesites. Soy fuerte como una roca y no te arrepentirás. Y aquí va una promesa más: si te apoyas en mí, yo me apoyaré en ti —hice una pausa y contuve la respiración—. ¿Qué te parece?