Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

Me agarré a su brazo, logré levantarme con su ayuda y fui arrastrando los pies junto a él hasta la puerta, pero cuando vi la escalera, las piernas me fallaron.

Knox me cogió en brazos y me llevó a un pasillo iluminado por luces blancas y brillantes que se me clavaban en el cerebro.

—Bájame —me cubrí los ojos—. ¿Qué demonios haces?

—Te llevo en volandas —una sonrisa burlona le iluminó la voz—. No hace falta que gastes energía cuando tienes un semental que te ofrece un servicio de transporte de primera.

No pude evitar reírme, aunque me dolió.

—¿Un semental, eh?

—La verdad no se puede negar —esbozó esa sonrisa perezosa tan suya y miró por el pasillo—. Vi un ascensor por aquí en alguna parte.

Apoyé la cabeza en su hombro, cerré los ojos y no protesté más. Estaba agotada; además, cuando Knox sonreía, ni siquiera yo podía resistirme.

Una hora más tarde, estaba de vuelta en mi cálida cama de hospital, con el gotero reconectado a mis venas y los medicamentos amortiguando lo peor del dolor de cabeza.

Tenía que admitir que me sentía menos como una cáscara reseca y más como un ser humano.

Entorné un ojo, hundí la cuchara en la sopa, la levanté con mano temblorosa y...

derramé el caldo antes de sacarla del cuenco.

Apreté los dientes y solté una retahíla de palabrotas creativas en voz baja. ¿Qué probabilidades tenía de recuperar algún día mi capacidad de disparar con precisión si ni siquiera podía alimentarme sola?

—Anda, deja que lo haga yo.

Knox se sentó en la cama y se hizo con la cuchara.

Empecé a protestar. —Puedo alimentarme sola...

Me metió la cuchara entre los labios. Tragué un bocado reconfortante que me humedeció la garganta, bajó suavemente por el esófago y calentó mi estómago vacío.

Que me joda el diablo. Tenía hambre, o quizás «hambrenfadada» era el término más adecuado. Mi cuerpo ansiaba esa sopa insípida con todas sus fuerzas.

—Sé que puedes alimentarte sola, sin problema —dijo Knox.

Recogió otra cucharada de caldo y me la acercó a la boca.

—Es la forma más eficiente de meterte calorías.

La eficiencia era algo que yo entendía, y como no había nadie más cerca, le dejé que me diera de comer hasta que se acabó la sopa y una oleada de energía me calentó los huesos.

Knox apartó la mesita con la bandeja, volvió a sentarse en la cama a mi lado y me miró fijamente.

—¿Quieres hablar de ello?

—No —aparté la mirada.

—Puede que te haga bien.

Me abracé el cuerpo.

—¿Cómo?

—Hablar puede darte claridad, ayudarte a entender cómo te sientes.

—Tú eres el gran hablador por aquí.

—A ti te va la economía de palabras. Lo pillo, pero esta vez esa estrategia podría hacerte más mal que bien.

Cogió el zumo de la bandeja, le clavó la pajita y me lo pasó.

—Mejor yo que un completo desconocido, ¿no?

Hablar con un desconocido sería insoportable en ese momento. Imposible.

—Puedes hablar conmigo, Karma. ¿Qué pasa? ¿Por qué subiste?

Si hubiera sido cualquier otro que no fuera Knox, habría mantenido la boca cerrada, pero era Knox y puede que tuviera razón en que no estaba siendo yo misma y necesitaba aclararme con toda esta mierda.

Di un largo trago al zumo de manzana y, agradecida por el subidón de azúcar, bajé el brick a mi regazo.

—Mi padre. Me avergonzó.

—Él solito se puso en ridículo, pero ya llegaremos a eso.

Hizo un gesto circular con la mano.

—Sigue.

—Necesitaba pensar.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi fecha de caducidad.

—Tu fecha de caducidad —repitió con voz neutra—. Me lo temía. ¿Puedes explicarte?

Resoplé.

—Ahora mismo suenas como un capullo santurón y sabelotodo.

—Lo siento. Soy un capullo santurón con certificado, pero no lo sé todo.

Me puso la mano en el brazo y me lo apretó suavemente.

—También soy tu amigo. ¿Puedes explicármelo, por favor?

—Es difícil.

Arranqué la pajita del brick y volví a meterla, intentando encontrar las palabras.

—Cuando un animal no puede cuidar de sí mismo, cuando es demasiado viejo, está demasiado enfermo, o sabe que le ha llegado la hora, simplemente se va y muere. Los elefantes lo hacen. Otras criaturas también. Lo he visto.

Frunció el ceño.

—¿Lo has visto?

—Una vez tuve una gata que se enterró en su arenero antes de morir. Volví del entrenamiento y allí estaba, tranquila y en paz, después de haberse ocupado de sí misma hasta el final.

—Ah.

Se quedó pensativo.

—Intento no dejar que la boca se me adelante al cerebro, pero no te voy a mentir. Estoy un poco flipado.

—¿Porque tomé la decisión inteligente de considerar mis opciones con lógica o porque quiero ocuparme de mí misma hasta el final?

—No. Ninguna de esas cosas me sorprendió. Siendo la maniática del control y autosuficiente que eres, querrías ambas cosas.

Se le crisparon los labios.

—Estoy flipado porque tuviste una gata.

—¿Por qué te sorprendería eso?

Parpadeé varias veces, bastante indignada.

—¿Crees que soy tan mezquina y egocéntrica que no podría cuidar de otra criatura?

—Eso es justo lo contrario de lo que pienso.

—¿Entonces qué?

—Nunca me dijiste que te gustaran los gatos.

—Oh.

Levanté el brick y di otro sorbo.

—Quizás no me gustan los gatos. Quizás solo me gustaba esa gata.

—Igual que no te gustan los hombres en general y nunca los quieres más de una vez en tu cama, pero no puedes evitar que yo te guste un poco y no te importa repetir conmigo, ¿verdad?

Movió las cejas sugestivamente.

Puse los ojos en blanco, pero agradecí su esfuerzo por aligerar el ambiente. Un amago de sonrisa me curvó los labios.

—Cállate.

—Vale.

Se puso serio y me miró fijamente.

—Déjame que te diga unas cuantas cosas. No eres un elefante ni una gata.

Eres humana y los humanos solemos hacer las cosas de forma diferente.

No eres demasiado vieja, no estás demasiado enferma, ni has acabado con este mundo todavía.

Tienes al Equipo Élite cubriéndote las espaldas, buenas posibilidades de recuperarte, y amigos que harían cualquier cosa por ti, el primero de todos, yo.

—¿Ves?

Dejé el brick en el regazo.

—Ese es el problema. No quiero ser una carga. Puedo cuidar de mí misma.

—Como tu gata.

—Exacto.

Negó con la cabeza.

—Mira, solo soy un SEAL estúpido con la boca muy grande.

Le dediqué una de mis mejores miradas de hastío.

—¿Y eso es novedad... cómo?

—Bienvenida, bruja descarada e insolente.

Su sonrisa le iluminó los ojos.

—Te echaba de menos.

Reprimí la sonrisa que pugnaba por asomar a mis labios. Knox era el único que me entendía, mi sarcasmo, mi humor ácido. Era la única persona que me había hecho querer ser yo misma.

—Páramo si crees que estoy diciendo gilipolleces —respiró hondo—. Creo que el General Mierda te hizo pensar en elefantes y gatos hoy.

—¿Tú crees? —repliqué, pero luego me lo pensé—. ¿A qué te refieres?

—Sus expectativas y, lo más importante, las tuyas, están totalmente descolocadas.

Recordé la voz de mi padre mientras estaba en la terraza, helándome el culo. Así me había gritado toda mi vida, como si fuera una recluta de pacotilla incapaz de hacer nada bien, una mocosa que solo aprendía a base de palizas y castigos.

—Te removió mierda del pasado —dijo Knox—. No te culpo. El General Mierda es un pedazo de mierda.

—Qué elocuencia —me miré las manos en el regazo—. No me gusta hablar de él.

—Te aterrorizaba —se aventuró a decir—. ¿De niña?

No tenía sentido negar lo que mi padre había dejado tan claro con su visita.

—También me enseñó a disparar y me hizo lo bastante fuerte para salir adelante contra todo pronóstico. Acepté lo bueno y lo malo, jugué con las cartas que me tocaron. Él me convirtió en la luchadora que soy.

—No, él no —a Knox le tembló un músculo en la mandíbula—. Tú lo hiciste. Tú te convertiste en la estrella que eres, a pesar de él.

¿Knox pensaba que era una estrella? Un rayo de sol atravesó mi sombrío estado de ánimo.

—No le debes una mierda a ese hijo de puta —le centellearon los ojos de rabia—. Sus métodos de enseñanza fueron brutales, crueles y equivocados. Hay otras formas de criar a un hijo.

—Ya estoy criada —suspiré—. Soy lo que soy.

—Un ser humano increíble —me estudió el rostro y preguntó—: ¿Siempre fue violento contigo?

—Supongo —cerré mis emociones a cal y canto—. Era boquifloja y tenía actitud de rebelde. Probablemente me merecí lo que me llevé.

Incluidas las citas con sus puños, las frecuentes visitas de su cinturón y los encuentros ocasionales con el agua hirviendo de la ducha.

—No merecías brutalidad —dijo Knox—. Nadie la merece.

—Me crió para ser dura —me había acostumbrado al mundo militar hostil y dominado por hombres, y me preparó para aguantar condiciones extremas—. Me enseñó a disparar y me hizo inmune al dolor y a las penurias. Algo de mérito tengo que reconocerle.

—No, no tienes por qué —la convicción de Knox me dejó sin palabras—. El mérito es todo tuyo. Te das cuenta de que es un maltratador, ¿verdad?

—Tal vez, pero…

—¿Pero qué?

—Le tocó la mala suerte de tener una hija en vez de un hijo —me encogí de hombros—. Para él, ser mujer era algo malo. Significaba debilidad. Siempre me decía que le había tocado el trabajo difícil: convertir a una niña enclenque en una guerrera.

—Eso son sus prejuicios de mierda —dijo Knox—. Si me preguntas a mí, las mujeres son la esperanza de la especie.

Le dediqué una pequeña sonrisa de agradecimiento. Sus palabras me reconfortaron, pero me puse seria al recordar el alto precio que había pagado por ser mujer.

—Mi padre quería un hijo —no era ningún secreto, lo decía constantemente—. En cambio, me tuvo a mí, una hija, una hembra miserable y decepcionante sin polla.

Entonces caí en la cuenta de que durante toda mi infancia había intentado que se sintiera orgulloso de mí.

De adulta también había intentado lo imposible.

La verdad era que lo había decepcionado incluso antes de venir al mundo.

Siempre sería un fracaso a sus ojos porque no era el hijo que había querido.

Joder. Me froté la cara. ¿Cómo de jodido era eso?