Capítulo quince #3
Tumbada en la cama del hospital, con el rostro de Knox entrando y saliendo de foco, me di cuenta de que había sido moldeada por una mano cruel, empujada por un túnel oscuro, estrecho y asfixiante donde había pasado toda una vida arrastrándome por un laberinto plagado de trampas diseñadas para frenar mi avance.
Había superado cada obstáculo, esquivado cada trampa, desafiado cada insinuación de que valía menos que cualquier soldado raso, y había escalado hasta la cima del mundo de los francotiradores militares, donde nunca antes había habido sitio para una mujer.
Tampoco había habido sitio para mí, así que había plantado mi bandera y la había mantenido allí, incluso cuando los altos mandos —y mi padre, por supuesto— se empeñaron en echarme de esas alturas.
Todo porque era mujer.
Ser mujer me había perseguido toda mi vida. Era como una maldición.
Estaba exhausta de tener que demostrar mi valía constantemente, de no admitir lo obvio. Knox tenía razón. Mi padre era un maltratador, pero me negaba a ser la víctima de nadie, y eso incluía a mi padre y también a Gustav. Pensaba contraatacar. Así era como lidiaba con mierda como esta.
—¿Puedo preguntarte algo? —la nuez de Knox subió y bajó—. ¿Dónde estaba tu madre durante todo esto?
No quería tocar ese tema ni con un palo.
—Murió cuando era pequeña.
No había tenido a nadie que diluyera la influencia de mi padre ni que me defendiera de sus abusos. Desde muy pequeña había aprendido que era yo contra el mundo.
—Lo siento mucho —el suspiro de Knox resonó con la tristeza que llevaba dentro—. Apuesto a que tu vida en el ejército tampoco fue un camino de rosas. Has luchado tan duro y durante tanto tiempo, y has conseguido tantas cosas, que olvidaste algo muy importante.
Crucé los brazos y arqueé las cejas.
—Y como de repente te has convertido en psicólogo, vas a decirme qué es.
—Si estuviéramos en posiciones invertidas, esperaría que hicieras lo mismo por mí —no esperó una réplica ingeniosa de mi parte—.
El perfeccionismo es una cualidad que te sale de forma natural.
Te la grabaron a fuego en el ADN, y está bien tenerla, teniendo en cuenta a qué te dedicas, pero hay otra cualidad aún más importante.
—Dispara.
—Resiliencia —dijo—. La capacidad de recuperarse.
—Estás hablando de mi estúpido hematoma, ¿verdad?
—Sufriste una lesión. Tu cerebro está a lo suyo en este momento. Por lo que a mí respecta, tu mierda de padre acaba de golpearte en la cabeza otra vez.
—Lo superaré —me encogí de hombros—. Siempre lo hago.
—Esta vez tienes que lidiar con esta mierda. Apollo tiene una amiga que se le da bien ayudar a gente como nosotros a entender la porquería que se remueve en el fondo de nuestras almas. He hablado con ella de vez en cuando. ¿Qué tal si le das una oportunidad?
Me quedé boquiabierta.
—¿Hablaste con un loquero?
—Sí —arqueó las cejas—. ¿Por qué no?
—¿Porque los loqueros son para débiles y tontos?
—Apuesto a que eso lo dijo tu padre. No estoy de acuerdo. Tuve que echar mano de todo mi valor solo para presentarme.
—¿Te ayudó?
—Muchísimo.
Si alguien tan orgulloso y capaz como Knox podía ir a terapia, quizá yo también podría beneficiarme.
—Puede que esté dispuesta a darle una oportunidad.
—Excelente —Knox me tomó ambas manos y detecté una emoción nueva brillando en sus ojos—. Tienes que prometerme que si alguna vez te sientes como hoy, hablarás conmigo.
—¿Por qué?
—Porque soy tu amigo y tu compañero de equipo, y los dos hemos perdido a demasiados amigos por mierdas como esta cuando no estuvimos ahí para ayudarlos a superarlo —típico de Knox, sacarlo todo a la luz sin andarse con rodeos—. ¿Me lo prometes?
Tenía razón. Demasiados de nuestros colegas habían sucumbido a un momento de mierda. Después de pasar por eso, ahora me daba cuenta de que quería quedarme.
—Lo prometo.
—Una cosa más. Date el beneficio de la duda. ¿Podemos acordar que no deberías plantearte tu fecha de caducidad por nada de lo que diga tu imbécil de padre?
Lo pensé y me senté más erguida en la cama.
—Puede que tengas razón.
—Tengo razón —afirmó con ese tono santurrón y arrogante tan suyo.
Puse los ojos en blanco.
—Ah, sí, lo olvidaba. Lo sabes todo.
—Bueno, puede que no siempre tenga razón —admitió—, pero esto lo sé seguro. Tu padre es un saco de mierda. ¿Tú? Estás hecha de diamantes. Eres dura. Fiable. Inteligente. Hermosa. Hábil. Eres un tesoro entero concentrado en una sola mujer. Eres de verdad.
—Por el amor de Dios, Knox. Tienes que dejar de dorarme la píldora —me ardían los ojos y temía que fueran lágrimas a punto de brotar—. Eso es lo más bonito que nadie me ha dicho nunca y no puedo con ello ahora mismo.
—¿Crees que te estoy dorando la píldora ahora? ¡Ja! Espera a que desate sobre ti mis superpoderes de comunicación hiperdesarrollados. No tienes ni idea de lo que esta lengua de oro puede hacer, y no me refiero solo a mi técnica perfecta de cunnilingus.
Sus esfuerzos por aligerar el ambiente funcionaron.
—No lo haces tan mal.
—¡Oye! —fingió fulminarme con la mirada—. Soy el mejor.
Me encogí de hombros con indiferencia.
—Siempre hay margen de mejora.
—En cuanto estés lo bastante bien, estaré encantado de practicar.
—¿Ah, sí? —Las mejores noticias que había tenido en todo el día. Me había puesto rara con él, ¿y aún quería jugar?
—Cuando estabas allá arriba, dándole vueltas a todo... —hizo una pausa y se aclaró la garganta—. ¿Consideraste todas las variables?
—¿Qué variables?
—Yo, principalmente.
Resoplé.
—¿Tú?
—Sí. Yo —esbozó su sonrisa más arrogante—. ¿Qué haría yo sin mi mejor francotiradora, la mismísima mujer maravilla del Equipo Élite, si hubieras decidido abandonarme?
—Habrías contratado a otra persona —ofrecí con ironía—. Alguien mejor, que no comete errores y no deja que una bala atraviese a uno de sus compañeros.
—No estás pillando lo que quiero decir —pareció buscar las palabras—. No puedo concebir mi vida sin que estés en ella dándome la lata. Eres mi mejor operativa, mi mayor baza, mi amiga. Mantienes mi ego a raya y evitas que se me suba a la cabeza y salga flotando hacia el espacio exterior.
Solté un bufido.
—Alguien tiene que pinchar ese enorme globo.
—Precisamente —amplió su sonrisa—. Sin ti cubriéndome las espaldas, nunca me sentiría seguro. Ni siquiera podría ser mi alegre y despreocupado yo. ¿Estás dispuesta a privarme de mí mismo?
La expresión de su rostro era tan conmovedora que resultaba cómica. No pude evitar reírme.
—Esto me suena a problema tuyo.
—No, esto me suena a problema nuestro.
Nuestro. Casi se me escapa un jadeo. Sonaba bien. Imposible, pero bien.
Una sonrisa torcida seguía en mis labios, pero algo tenso y doloroso se desenredó en mi interior, la bola de alambre de púas que rodeaba mi corazón. —¿Y si ya no puedo cubrirte las espaldas? —Mi voz sonó frágil y tan vacilante como mis emociones en constante cambio—. ¿Y si no puedo disparar?
—Lidiaremos con lo que venga. Eres más que una francotiradora. Sin ánimo de ofender a Miranda, eres más que tu rifle. Todo lo que tocas se convierte en oro. Todo lo que te propongas te saldrá bien.
—Estás delirando. Lo único que se me da bien es disparar.
—Falso —dijo—. Eres una francotiradora de primera, pero también eres una gran amiga, una compañera de equipo fantástica y, no lo olvidemos, una amante fabulosa. ¿Con quién demonios me voy a acostar si no es contigo?
—Tienes miles de conquistas de bar y voluntarias a montones —le recordé.
—Tú y yo hicimos un trato.
Arqueé las cejas. —¿Lo hicimos?
—Somos follamigos, compañeros de equipo con derecho a roce. ¿Recuerdas? ¿Vas a echarte atrás ahora?
—Meh. —Me encogí de hombros con indiferencia, pero el corazón me latía con fuerza contra las costillas.
Vaya si tenía algo que esperar con ganas.
Tenía un montón de mierda que desenredar, pero en ese instante, tenía clara una cosa: quería a Knox en mi cama una y otra vez—. ¿Es eso una oferta lo que oigo?
Me dedicó su sonrisa perezosa. —Lo que sea necesario para animarte, Ángel.
Me reí. Sentía la cabeza palpitante como rellena de algodón y una cuchilla me cincelaba el cráneo con cada risita y, sin embargo, ahí estaba, riéndome como una chica tonta.
Knox me hacía reír. La sonrisa que ahora lucía en el rostro me hacía sonreír. Ojalá hubiera tenido un Knox a mi lado toda la vida, alguien que aligerara la carga cuando se volvía demasiado pesada, alguien que me recordara plantarle cara al general.
De pronto, me di cuenta de que mientras disfrutaba de su compañía, había olvidado mis prioridades.
—Entonces, ¿cuál es el plan ahora? —pregunté.
—Tú te lo tomas con calma, sigues las instrucciones de Apollo y, una vez que salgas de aquí, te tomas un descanso.
—Descanso, mis narices. —Resoplé—. ¿Dónde coño está Gustav Girard?
—Completaste tu misión —ofreció Knox—. Elite se está encargando del asunto. Ya no tienes que preocuparte por él.
—¿Qué demonios se supone que significa eso?
—Fulminé a Knox con la mirada—. Debes de estar loco si crees que quiero que Elite o cualquier otra persona se encargue de mis asuntos pendientes.
¿Esperas que me pase el tiempo comiendo bombones y limándome las uñas mientras ese hijo de puta anda por ahí, jodiéndole la vida a otra persona?
Una nota de humor brilló en los ojos de Knox. —Los bombones son una gran idea.