Capítulo quince
Karma
Estaba en la pequeña terraza lateral del piso treinta y cinco, apoyada en la barandilla.
Las piernas me temblaban y un dolor de cabeza feroz me apuñalaba detrás de los ojos.
La endeble bata de hospital hacía poco por protegerme del frío, pero el sol de la tarde me calentaba el rostro y el viento me revolvía el cabello: el universo me recordaba que mis decisiones eran mías y solo mías.
¿Disparar o no disparar?
Aferré con más fuerza la barandilla de hierro y entrecerré los ojos.
Los edificios se difuminaban. Sombras bordeaban mi visión, remolinos oscuros que me hacían sentir como si mirara por un túnel inquietante.
El mundo se inclinaba y se balanceaba. Bien podría estar flotando en un bote en un mar agitado.
Si no podía ver bien, no podía disparar, y si no podía disparar, ¿qué sentido tenía?
Me puse de puntillas, me incliné sobre la barandilla y miré hacia abajo, tratando de distinguir a las personas diminutas que corrían como hormigas en las calles.
Estaban borrosas de cojones, indistintas.
No podía contarlas ni describirlas, y tampoco podía seguir el flujo de coches antes de que se convirtieran en una línea difusa.
Maldito nervio óptico aplastado.
Me incliné más sobre la barandilla. Quizás si me acercaba o cambiaba el ángulo, podría ver mejor. Nunca había tenido miedo a las alturas. Tampoco había tenido miedo de morir. Siempre pensé que me iría rápido, muerta por un disparo preciso entre los ojos mientras cazaba, aferrando a Miranda.
Me parecía bien.
Durante esas largas y solitarias misiones en las que acechaba al enemigo días y semanas enteras, había imaginado que Miranda sería enterrada conmigo. Me acompañaría en el viaje al olvido como las venerables espadas que los reyes vikingos llevaban a sus tumbas.
Las cosas habían resultado tan diferentes de lo que había imaginado.
Miranda no estaba conmigo y no había ningún francotirador enemigo que me concediera la misericordia de la muerte rápida, profesional y humana que yo había sido tan experta en dar.
En cambio, lo que me esperaba era un declive lento y doloroso hacia la nada, encabezado por mi cerebro lesionado, mi vista defectuosa, mi incapacidad para disparar con precisión y la falta de propósito de mi vida.
¿Qué valor tenía si no podía desempeñarme como francotiradora?
Si no puedes disparar, no eres más que un desperdicio de oxígeno, ladraba la voz de mi padre en mi cabeza. Si no puedes dar en el blanco, eres una sanguijuela de la sociedad, otra mujer débil e inútil, una carga para tu equipo.
Me froté la cara, intentando sacudirme su control sobre mi cerebro contusionado. ¿Cuántas veces me había dicho esas cosas? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Millones de veces?
Hubo días en los que no había creído ni una palabra de lo que el general Roa decía.
Era joven y estaba furiosa entonces —con él, conmigo misma— pero había disparado con precisión y había hecho mi trabajo, y mis misiones me habían dado razones para seguir luchando.
La ira había ayudado. Me había hecho más fuerte, más rápida, mejor.
Me había impulsado hacia adelante y hacia arriba.
Hoy, con la visión que me parpadeaba, las manos vacías de armas y el mundo girando como un tornado lento a mi alrededor, creía algunas de las cosas que él decía. Había fallado en mi misión. Había errado y Ram había resultado herido. Bajo mi vigilancia.
Eso nunca me había pasado.
La desesperación me atenazó el pecho.
Por si fuera poco, me habían capturado y había acabado molida a palos y en el hospital después de que tuvieran que rescatarme como a una estúpida damisela en apuros.
Yo era quien hacía los rescates, no al revés. Yo era la dura que capturaba a su presa, no al contrario. Ahora mi mundo se había puesto patas arriba.
¿Tenía razón mi padre? ¿Era una fracasada, una francotiradora de pacotilla, una mierda total?
Una cosa estaba clara. Era débil y lo había dejado ver.
No quería ser débil, hundirme en una espiral lenta de enfermedad e inutilidad. Nunca había querido ser un problema ni un desperdicio de recursos para mi equipo. Sobre todo, no quería ser una carga para Knox.
Nunca para él.
Si yo le gustaba algo, era solo porque era competente, hábil, fuerte. ¿Mujeres débiles e indefensas? No eran su estilo.
Aparté la imagen de su rostro apuesto, de esa sonrisa perezosa y arrogante que me lanzaba cada vez que tramaba algo. Si no pensaba en él, podía razonar con claridad.
Si no podía disparar, ¿se había acabado todo? ¿Había futuro para mí si el equilibrio seguía fallándome y la vista empeoraba?
Toma la decisión correcta para ti.
No era un desastre emocional. Era una marine racional que entendía los comienzos y los finales.
Valoraba mi capacidad de tomar decisiones.
Claro, había tenido una infancia de mierda, pero cuando por fin me liberé del yugo de mi padre y dejé su casa, cada disparo había sido decisión mía, cada decisión había sido mía.
Incluida esta.
Levanté la barbilla y me enfrenté a la tarde. Dos soles borrosos se posaban sobre unas montañas duplicadas. Parpadeé y todo se enfocó, nítido y claro como si mirara a través de mi mira telescópica. Parpadeé de nuevo y el mundo se desvaneció en negro durante unos segundos.
Joder. ¿Y si me quedaba ciega?
El metal de la barandilla se me clavaba en las palmas, áspero e inflexible.
Ya no puedes disparar, murmuraba el general en mi cabeza. Solo eres una chica frágil, inútil y mocosa sin cojones. Acaba con esto de una vez.
Uno por uno, fui relajando los dedos. Excepto el índice. Siguió enroscado alrededor del hierro como si estuviera enganchado a algún gatillo eterno.
A la mierda con mi dedo del gatillo. Era la única parte de mí que valía algo.
Suelta, le ordené al dedo obstinado.
No me obedeció.
El gemido de una ráfaga de viento frío fue el único sonido que rompió el silencio cargado que zumbaba en mi cabeza. ¿Era el momento? ¿Estaba lista para irme?
Me incliné hacia delante, esforzándome por distinguir las figuras en el suelo. ¿O quizás quería atisbar el futuro, mirar a la muerte a los ojos y decidir si era para mí?
Unos brazos poderosos me rodearon desde atrás. Jadeé cuando me arrastraron lejos de la barandilla. Mi dedo aflojó la presión. A cámara lenta, las calles de abajo se alejaron de mi vista. Cuando quise darme cuenta, estaba sentada en el banco de madera bajo el cartel de Zona de Fumadores.
Una chaqueta de cuero cayó sobre mis hombros, dándole algo de calor a mi cuerpo helado. Parpadeé y el rostro de Knox se fue enfocando poco a poco: los labios apretados en una línea recta, los ojos mucho más abiertos de lo que recordaba.
—Karma.
Nadie susurraba mi nombre como Knox, con devoción pero también con picardía, con propósito pero sin exigencias; con una «K» dura que brotaba del fondo de la garganta, y una «A» suave que se enroscaba en torno a la «R», se demoraba en la «M» y se encontraba con su encantadora gemela al final.
Se agachó ante mí, frotándome las piernas para quitarme el frío, con los ojos fijos en mí. No lo había oído acercarse, pero claro, se le daba bien eso, y mi oído —todos mis sentidos, en realidad— percibían el mundo como a través de un velo de seda.
—¿Ibas a...?
—No.
Todavía no, al menos.
—Solo estaba... dándole vueltas a todo.
—Ya veo.
Soltó un largo suspiro y se sentó a mi lado. Tomó mis manos y empezó a frotarlas para darles calor; con la otra mano me sujetó la barbilla y me levantó el rostro.
—Mírame.
Entrecerré los ojos y me encontré con el dolor que brillaba en los suyos.
—¿Qué haces aquí?
—¿No es obvio? —me lanzó una mirada extrañísima—. Te estaba buscando.
—Este edificio es enorme.
Me removí en el asiento, notando cómo la tensión abandonaba mis piernas ahora que no tenían que sostener mi peso; sintiendo el alivio que me recorría ahora que Knox estaba conmigo y ya no estaba sola con mis pensamientos.
—¿Cómo demonios me encontraste?
—Sé cómo piensas.
Se tocó la sien y esbozó una pequeña sonrisa cómplice.
—Eres francotiradora. Sabía que buscarías un lugar elevado con la mejor vista.
—Así que me encontraste.
Una oleada de náuseas se mezcló con un nuevo golpe de vértigo que me desestabilizó.
—Ahora vete. Necesito pensar más. Tengo mucho en la cabeza.
—Eso no va a pasar, ángel.
Me dio un beso casto en la frente. Sus labios se demoraron, dándome más calor, antes de apartarse y mirarme a los ojos.
—Lo siento, pero es un no rotundo.
—¿Por qué no?
—No voy a dejarte sola.
Pasó el brazo por mis hombros y me atrajo hacia él, compartiéndome el calor de su cuerpo.
—Me han asignado como tu apoyo de equipo. Eso significa que tengo órdenes de quedarme contigo hasta que te den el alta médica.
Oh, mierda. Se me cerró la garganta. Le habían endosado la carga de cuidarme. No quería que nadie me viera débil, vacilante e inútil, y mucho menos él.
—No quiero apoyo de equipo —refunfuñé.
—Te apuntaste a Elite. Aceptaste las reglas de BB, así que lo tendrás quieras o no. Estoy aquí para lo que necesites.
—No necesito a nadie.
Me salió más brusco de lo que pretendía, pero era verdad. No quería tener que necesitar a nadie, y menos aún a Knox.
—Entiendo que seas la emperatriz de la autosuficiencia, pero ahora mismo la prioridad es llevarte de vuelta a la cama.
Se puso de pie y se inclinó para cogerme en brazos.
—¿Vamos?
—No —lo detuve.
Había subido desde el piso veinticinco con ese estúpido camisón de hospital que había tenido que anudar dos veces para que no se me viera el trasero mientras subía a gatas por las escaleras.
Los escalones parecían deslizarse bajo mis manos y rodillas, y había tenido que parar dos veces a vomitar, lo que explicaba por qué no había llegado hasta la azotea.
El piso treinta y cinco me había parecido suficientemente alto para darle vueltas a todo y, si era necesario, asegurar el éxito de la misión.
Al fin y al cabo, la gravedad era la gravedad.
—Llegué hasta aquí —respiré hondo—. Puedo caminar.
Vaciló y luego me ofreció el brazo.
—De acuerdo.