Capítulo catorce #3
—¿Sabes por qué no me ofrecieron un contrato?
—Karma fulminó con la mirada a su patética excusa de padre—.
Porque desde tu cómodo puesto en el Pentágono tú les dijiste a los mandamases de la Marina que tú no me querías en el campo.
Que los «chicos» no estaban preparados para llevar a una «chica» en sus misiones.
—Las mujeres no están hechas para ser SEALs —el hombre hizo un gesto despectivo con la mano—. ¿De verdad esperabas que alguien te ofreciera un contrato?
—Joder, claro que sí —cada palabra del General Imbécil me revolvía las tripas—. Hizo el trabajo. Cumplió los requisitos. Debería haber conseguido un contrato.
Bastó una mirada a Karma para comprender el daño que su padre le había hecho en el pasado y las heridas que le estaba infligiendo en ese momento.
La luz se apagó en sus ojos. No había sarcasmo, no había réplicas ingeniosas.
Se giró de lado, dándole la espalda al general, y se acurrucó en posición fetal.
Karma. Aterrorizada. ¿Delante de mí?
Ni hablar.
Mi voz sonó como un gruñido grave.
—Lárgate de aquí.
—¿Y a ti qué te importa, campeón? —el general me sostuvo la mirada con desprecio—. Ah, ya entiendo. Te estás tirando a la puta. Tú y el resto de la flota.
Di un paso adelante, lo levanté por las solapas, lo estampé contra la pared y lo arrojé por la puerta.
—¡Lárgate de una puta vez!
—¡Cómo te atreves! —se levantó y lanzó un gancho de derecha capaz de partirte un hueso. El burócrata debía de ser un obseso del gimnasio.
Me agaché, le respondí con un puñetazo en el estómago y rematé con mi gancho de derecha, toda una institución en Virginia Beach. Lo levanté y lo lancé pasillo abajo; salió deslizándose por el vinilo brillante hasta el control de enfermería, y fui tras él.
—Llamen a seguridad —resonó la orden de Apollo por el pasillo.
Me planté frente al imbécil.
—Si vuelves a faltarle el respeto a Karma, te voy a moler a golpes.
—Es mi hija —desplomado contra la pared, alzó la mirada cargada de odio y esbozó una mueca burlona, ensangrentada—.
No tienes derecho a decirme qué hacer. Yo le enseñé todo lo que sabe.
Yo le enseñé a cazar. Yo la convertí en la soldado que es.
Yo la hice la mejor maldita francotiradora que el mundo haya visto jamás. Con esto.
Levantó el puño en el aire.
La rabia. Me recorrió en oleadas de ira y desesperación. ¿Cómo puede un hombre creer que hace bien golpeando a un niño o a una mujer, o a ambos?
Cualquier atisbo de control se fue al carajo. Lo puse en pie de un tirón y arremetí contra el cabrón con todo lo que tenía, usándolo como saco de boxeo.
—¡Knox, espera! —gritó Apollo—. Ya viene seguridad.
Eso no me detuvo.
—Mis abogados se van a dar un festín contigo en los tribunales —jadeó el general entre golpes, intentando bloquearme pero fracasando.
—Hagamos felices a tus abogados, entonces.
Gancho de izquierda. Gancho de derecha. Patada en la ingle. Golpe con la palma. Mi siguiente puñetazo lo mandó hasta los ascensores justo cuando las puertas se abrieron y cuatro agentes de seguridad de BB se me echaron encima.
—No, a él no —Apollo señaló al general, que se había dado la vuelta y estaba vomitando en el suelo—. Sacadlo de aquí y aseguraos de que no vuelva a poner un pie en este edificio.
—Sí, señor —los guardias de seguridad levantaron al general y, tras llevarlo al ascensor, desaparecieron cuando las puertas se cerraron.
—Mierda —maldijo Apollo, algo que no solía hacer.
—Y doble mierda —me limpié algo de sangre de la mejilla. No era mía.
—Menudo gilipollas —resopló Apollo—. Va a ir a por ti, lo sabes, ¿verdad?
Asentí. Que viniera. Debería haberle machacado a ese cabrón.
—Pobre Karma —Apollo negó con la cabeza—. Tener a ese matón por padre.
Joder. —Karma.
Me di la vuelta, eché a correr por el pasillo con Apollo pisándome los talones y entré en la habitación, solo para encontrarla vacía.
La vía intravenosa colgaba flácida y goteaba en el suelo. La cama estaba vacía. Unas gotas de sangre manchaban las sábanas. Se me revolvieron las tripas con un mal presentimiento.
—¿Dónde está? —entré en el baño, salí al pasillo, miré a un lado y a otro—. ¿Dónde demonios se ha metido?
Apollo descolgó el auricular. —Debería estar demasiado débil para levantarse de la cama, y no digamos para moverse.
—Está hecha de acero y tiene una voluntad de hierro —me quedé plantado en medio de la habitación y me pasé los dedos por el pelo—. Su estado puede ser un inconveniente, pero no un impedimento. Para nada.
—Tenemos que encontrarla —Apollo pulsó los botones—. Lo último que necesita es otra lesión. Si tropieza o se cae por las escaleras, podría empeorar —cuando alguien respondió, empezó a ladrar órdenes por teléfono—. Bloquead las salidas. Mirad en los huecos de escalera. Seguramente esté bajando.
No. No estaba bajando. Si conocía a Karma, estaba subiendo. Los francotiradores siempre preferían la ventaja de la altura, incluso cuando buscaban una salida.
Una salida.
Se me heló la sangre en las venas.
—Seguid buscando —ordené mientras salía disparado de la habitación.
—¿Adónde vas? —gritó Apollo a mis espaldas.
—A encontrarla —le respondí a gritos.
Antes de que fuera demasiado jodidamente tarde.