Capítulo Doce
Karma
Me metí en un bar bullicioso y, con el estuche a la espalda, me escondí en el fondo del local.
Desde allí observé a través de los ventanales cómo un grupo de matones de Gustav detenía a una mujer alta y rubia en la calle.
Formaba parte de un tour alemán y el guía, furioso, acudió en su defensa: alzó su paraguas multicolor y ahuyentó a los matones.
La única razón por la que dejaron ir a la mujer fue que no era yo. Los cabrones se alejaron calle abajo, pavoneándose mientras seguían buscando.
Mi mejor oportunidad de salir de aquí con vida era abandonar la ciudad donde Gustav tenía rienda suelta para cazarme.
Ya había probado en las estaciones de autobús y ferry.
Estaban plagadas de hombres de Girard y policía local.
También había intentado salir de la ciudad histórica a pie, pero cada calle y callejón que conducía fuera de La Valeta estaba bloqueado por los operativos de Gustav.
La única salida de aquí era el mar, y aun así tendría que evadir a la guardia costera local y a los hombres de Gustav que patrullaban las aguas.
Planeaba cruzar el Gran Puerto, desembarcar en la orilla opuesta y poner distancia entre La Valeta y yo.
Una vez fuera de la ciudad, podría encontrar un lugar donde esconderme, pasar desapercibida e idear una forma de contactar con mi equipo.
Para eso necesitaba una embarcación. Nada grande ni llamativo.
Un kayak al amparo de la oscuridad bastaría.
Como había explorado la ciudad antigua con Knox, tenía una idea de dónde podría «tomar prestada» una embarcación para escapar. Necesitaba llegar a una de las tres ubicaciones viables en el lado del Gran Puerto que Knox y yo habíamos identificado como puntos de evacuación de emergencia.
El desafío era llegar hasta allí.
Me abrí camino por Merchant Street en dirección al antiguo fuerte.
La lluvia había amainado, un gran crucero había atracado en el puerto, y turistas y lugareños salieron en masa.
La ruidosa multitud del sábado noche me ayudaba a pasar desapercibida.
Pasé junto a al menos cuatro patrullas diferentes de Girard, fácilmente reconocibles por sus armas mal disimuladas y los policías que los acompañaban.
Necesitaba llegar al paseo marítimo cuanto antes, pero cada giro que intentaba estaba bloqueado por los atentos imbéciles de Girard. Estaban estrechando el cerco.
Gracias a mi investigación, tenía un as bajo la manga.
La orquesta sinfónica local daba un concierto de cuerdas en los Jardines Barrakka cada sábado por la noche.
Esperé a que se reunieran frente a la sala de música en una plaza cercana y luego los seguí.
Cuando nos acercamos al giro en St. Nicholas Street, me mezclé con ellos y me adentré en el grupo.
Justo en medio de la multitud, el corazón me dio un vuelco cuando divisé al propio Gustav dando órdenes a sus patrullas.
El flujo de gente nos encaminó hacia la esquina donde él estaba.
Cualquier movimiento repentino de mi parte solo llamaría la atención sobre mí, la más alta del grupo y quizás la más cargada.
Mantuve la cabeza baja y pasé a menos de un metro de un agitado Gustav.
Mientras pasaba, me miró directamente. Frunció levemente el ceño.
Le sostuve la mirada. No hacerlo activaría sus alarmas mentales.
Uno de sus hombres le hizo una pregunta.
En cuanto apartó la mirada, me deslicé más adentro de la multitud, me encogí y aceleré el paso.
Miré por encima del hombro hasta que perdí de vista a Girard.
Al final de la calle, los músicos giraron hacia los jardines. Crucé la calle y me dirigí a las escaleras que bajaban a la playa de Wuestenwinds. Era la más cercana de las tres ubicaciones que habíamos explorado como puntos de extracción de emergencia, todas dentro del rompeolas de St. Elmo.
El lugar no era la típica playa de arena, sino más bien una cornisa rocosa encajada al pie de un enorme muro de piedra caliza, un lugar de baño local.
Un montón de casas con techos de hojalata y pequeños bares se apiñaban al pie del muro.
Música, voces y risas llegaban desde los bares. Me abrí camino hacia el agua.
Me refugié en las sombras y me moví hacia el extremo más alejado de la playa, donde Knox y yo habíamos visto un pequeño local de alquiler de kayaks.
La tienda estaba a oscuras y en silencio.
Fuera, los kayaks estaban encadenados con un candado.
Los perros ladraban y unos pasos resonaban en las escaleras sobre mí, el golpeteo de muchos zapatos contra el hormigón, bajando a toda prisa.
Mierda.
Girard debía de haberme reconocido con retraso. O eso, o había anticipado mi huida hacia el mar, y sus secuaces estaban rastreando cada centímetro de la costa.
De cualquier modo, se me acababa el tiempo.
Saqué la multiherramienta del bolsillo, inserté una ganzúa en la cerradura y la abrí. Desaté un kayak del lote y, en silencio, me lo eché al hombro. El kayak no era pesado, pero sí voluminoso y difícil de manejar, especialmente con el estuche a la espalda.
Ni que decir tiene que no pensaba soltar el estuche.
Me mantuve en el extremo más alejado de la playa, evitando las luces que salían de bares y ventanas, y me dirigí al agua. Casi había llegado cuando tres sombras emergieron de la oscuridad y me bloquearon el paso.
—¿Creías que iba a dejarte escapar? —Gustav salió a la luz e hizo un gesto a sus hombres—. La quiero viva. Es la única forma de recuperar a mi padre.
Tenía el rostro convertido en una máscara de furia. Los ojos le brillaban con violencia contenida. Sostenía la Beretta en la mano, y sus hombres me apuntaban con un par de AK-47.
Aunque, claro, acababa de decir que me quería viva. ¿No?
Peor para él.
Balanceé el kayak, lo sostuve ante mí y cargué contra los hombres. Gané velocidad mientras ellos dudaban y los embestí. Los tres cayeron de un solo golpe.
Rodaron como bolos. Arrojé el kayak a un lado pero mantuve el agarre en el asa, lo arrastré tras de mí y eché a correr hacia el agua.
Gustav no iba a recuperar a su padre. Nunca. No pensaba permitirlo.
Lo habría logrado si el resto de los matones de Gustav no hubieran acudido a ayudar a su jefe. Unos doce hombres cruzaron la playa corriendo y me cortaron la ruta de escape. Sus filas no dejaban de crecer mientras las radios crepitaban con órdenes de refuerzos.
Atrapada entre dos líneas, solté el kayak y me moví lateralmente para poner un muro de roca a mi espalda. Me afirmé sobre los pies, saqué a Siggy de la funda en la parte trasera del pantalón y disparé a todo el que se me acercara.
Uno, dos, tres impactos. El resto de los matones se tiraron al suelo. El sonido de los disparos resonó en la ensenada y alarmó a la gente del bar.
—¡Llamad a la policía! —gritó alguien.
No hacía falta. Ya estaban allí.
—¡Cogedla! —gritó Gustav mientras se ponía a cubierto detrás de sus hombres y empujaba a algunos hacia delante—. Todos vosotros. A la vez. ¡Cogedla!
Unos veinte matones me embistieron desde todas direcciones, un muro humano. Aunque disparaba y algunos caían, seguían avanzando. No desperdicié munición. Cada disparo dio en el blanco. Seguí disparando hasta quedarme sin balas.
Eché mano de Min y apuñalé al primer imbécil que me agarró. Le hundí la hoja en el vientre y la saqué. Con un gruñido, el hombre cayó al suelo y se agarró el vientre ensangrentado. Al segundo, tercero y cuarto que vinieron a por mí también los rajé.
Uno de los imbéciles me arrancó la peluca de la cabeza.
Alargué el brazo y le rajé el muslo. Los matones formaron un semicírculo a mi alrededor, turnándose para atacarme desde distintas direcciones.
Logré asestar buenos golpes a cambio de unas cuantas cuchilladas más.
Entonces alguien me atizó con fuerza en la cabeza, me rechinaron los dientes y el mundo se oscureció.
Cuando volví en mí, el estuche ya no estaba en mi espalda, Min había desaparecido de mi mano y Gustav se cernía sobre mí con una sonrisa vengativa.
—No puedes matarme, ¿recuerdas? —le sonreí mientras saboreaba la sangre en mi boca—. Quieres recuperar a tu padre. Lo entiendo. Pero yo sí que puedo matarte a ti.
Me lancé hacia delante y le estrellé la cabeza contra la entrepierna. Lo pillé por sorpresa y lo derribé. Cayó de culo al suelo. Me monté a horcajadas sobre él y le solté un puñetazo en la cara. No es que me sirviera de mucho. Sus secuaces se me echaron encima. ¿Una contra doce?
No era una pelea justa.
Luché como una fiera. Rompí unas cuantas narices. Knox siempre había dicho que tenía un gancho letal. Al final, me inmovilizaron en el suelo. Con un gruñido, Gustav se levantó y se dobló sobre sí mismo, sujetándose las partes.
—Eres una zorra despiadada —gruñó con el labio partido y ensangrentado.
—Sí, lo soy.
El karma era, efectivamente, una zorra.
—Me usaste para llegar a mi padre —dijo limpiándose la sangre de la cara.
—Tú también intentaste usarme para tus propósitos —le solté con una sonrisa burlona al capullo.
—Pero ahora te tengo a ti —enseñó los dientes—. La venganza será dolorosa.
—No me llevarás con vida. Tú y tu micropolla aún no me habéis visto luchar de verdad.
La provocación funcionó. Los hombres se ofendían tan fácilmente cuando les mencionabas el tamaño de su polla.
No pensaba dejarme capturar con vida. Puede que otra lo hiciera.
Yo no. Jamás caería tan bajo como para convertirme en una carga para mi equipo.
Nuestra misión había sido un éxito. Mi supervivencia no iba a poner en peligro lo que habíamos logrado.
Gustav se me echó encima como un perro rabioso. Debió de olvidar que me quería con vida.
Ese era el plan.
Ningún SEAL había sido capturado con vida en combate. Yo era marine, pero también me regía por los altos estándares de los SEAL. No pensaba ser la primera en caer con vida.
Me hice un ovillo, me cubrí la cabeza con las manos y me encogí todo lo que pude, pero él me pateó con fuerza y animó a sus matones a hacer lo mismo. Me rodearon en una nube de dolor físico como jamás había sentido.
—¡Parad! —gritó tras lo que parecieron horas de golpe tras golpe—. ¡He dicho que paréis!
Parpadeé entre la sangre que me cubría la cara y lo vi de nuevo de pie sobre mí. Esto empezaba a tocarme las narices.
—El último —y su pie se estrelló contra mi cráneo.
Un relámpago estalló dentro de mi cabeza. La visión me parpadeó. El mundo enmudeció. Me tambaleé en un vacío oscuro mientras sentía la muerte inundarme el cerebro, embotarme los sentidos, enfriarme las extremidades.
El golpe me hizo rodar hacia el agua. Me desplomé boca abajo, de cara al canal. La mejilla me golpeó contra la roca húmeda. Las luces parpadeantes de las fortificaciones al otro lado del canal se enfocaban y desenfocaban mientras la sangre caliente me brotaba por un lado de la cara.
Intenté moverme, pero el cuerpo se negó. Cerré el puño, pero los dedos no respondieron. Respirar dolía, pero bueno, al menos no iba a joder la misión. Una neblina de dolor me pesaba sobre los párpados, pero reconocí a Gustav cuando se arrodilló junto a mí.
—Os dije, hijos de puta, que no la matarais —miró a sus hombres, enfurecido.
—Y yo te dije... —jadeé entre estertores— que no pensaba dejarme capturar con vida.
—Te lo juro. Te haré sufrir. No te dejaré morir... todavía —me agarró un puñado de pelo, me levantó la mejilla del suelo y me clavó la mirada.
—Yo tampoco —resonó otra voz a espaldas de Gustav.
Luché por enfocar la visión de túnel que se me cerraba. Una figura borrosa emergió del agua. Un túnel negro se cerró a mi alrededor. El precioso rat-a-tat de un M4 me escoltó hacia el olvido.