Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo Once
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Capítulo Once

Karma

Invisible bajo la tumbona y detrás de la toalla colgante, desplacé a Miranda unos centímetros a mi derecha, cambié el ángulo de disparo para apuntar hacia el sur y comprobé la posición.

Crack.

Otra bala impactó en la barandilla, a unos dos metros y medio de mí.

Lo ignoré.

Gustav todavía me estaba buscando. Bueno, que le jodan. Que busque.

Sus disparos aumentaban considerablemente el peligro, pero con el muro protegiendo mi flanco derecho no tenía el ángulo correcto para alcanzarme. Además, tenía órdenes y una misión, y el desgraciado no iba a impedirme ejecutarla.

Enfoqué la mira en el siguiente objetivo.

Cuatro transformadores gigantes alineados en el corazón de la subestación eléctrica en la cima de la colina al otro lado de la bahía, fuertemente vigilada.

La estación canalizaba las enormes cantidades de electricidad necesarias para alimentar la vasta operación de minería de criptomonedas de los Girard y los servidores de su banco.

No por mucho tiempo.

Mi último trabajo del día era dejar la estación fuera de servicio.

Me centré en mi primer objetivo, el transformador número uno. El disparo era complicado. Un kilómetro y medio era mucha distancia. El viento había arreciado y había comenzado a caer una lluvia ligera. Para complicar las cosas, mis balas tenían que impactar en un punto muy específico.

Me encantaban los buenos desafíos.

Necesitaba alcanzar las aletas de enfriamiento del radiador de los objetivos uno al tres.

La idea era acertarles en el punto exacto para que el aceite refrigerante se filtrara a las cubetas de contención, provocando que los transformadores se sobrecalentaran, fallaran y causaran un apagón que no revelaría el ataque de una francotiradora hasta que llegara al objetivo número cuatro.

Mi sistema de medición óptica procesó los datos.

Verifiqué distancia, deriva del viento, elevación, temperatura y presión barométrica.

A esta distancia, también tenía que tener en cuenta el efecto Coriolis, el impacto que la rotación de la Tierra tiene en una bala a alta velocidad.

El SMO calculó los datos y me ofreció una solución de disparo.

Inhalar. Exhalar. Apretar. Pum. Tirar del cerrojo. Casquillo expulsado.

Me detuve un segundo para evaluar el disparo, enfocando la mira en el agujero que mi bala perforante había abierto en la carcasa de acero.

Sonreí. Justo en el blanco.

El aceite debía de estar fluyendo en ese momento y ninguno de los guardias agrupados junto a la puerta parecía notarlo.

Siguiente.

Ajustando la perilla de elevación, activé el SMO y repetí el proceso con los dos transformadores siguientes. Calculé el adelanto para un objetivo y luego para el siguiente.

Crack. Crack. Crack.

Dos disparos impactaron en diferentes partes del balcón, pero el tercero astilló la tumbona de madera junto a la mía.

El cabrón se estaba acercando.

¿Estaba Gustav usando un observador para detectar el rastro de vapor de mis balas?

Que le jodan al bastardo. Ya casi había terminado.

Adquirí mi cuarto y último objetivo, el transformador del final de la fila.

Inhalar. Exhalar. Apretar.

Bum.

El infierno estalló en la tierra.

La bala que acababa de disparar era mi regalo especial para Girard Junior y Compañía. Esta .338 Lapua en concreto era una API, una bala perforante incendiaria. El aceite derramado de los transformadores adyacentes alimentó las llamas y la subestación explotó en un fuego furioso.

Hola, fuego, azufre y apagón.

La sobretensión por sí sola destruiría los servidores y equipos de Girard. Ram y Mac ya se habían encargado de los generadores de respaldo la noche anterior.

Adiós, minería de criptomonedas.

En el momento justo, la alarma de incendios del hotel se activó, fuerte y molesta.

No perdí tiempo en plegar el bípode y la culata.

Tras recoger los casquillos gastados y meterlos en el bolsillo, retrocedí arrastrándome desde debajo de la tumbona y me deslicé por la pequeña abertura entre las puertas correderas.

Una bala enemiga impactó en una de las puertas y los cristales estallaron por todas partes. Un trozo de metal pasó volando a menos de diez centímetros de mi cara, golpeó el SMO y lo atravesó, dejándolo inútil y colgando de la mira.

Maldito cobarde de mierda.

Me sacudí los cristales de la cabeza y, con Miranda a cuestas, me arrastré a cuatro patas por la suite, giré a la derecha y llegué al vestíbulo, que quedaba fuera de la línea de fuego.

Los hombres de Gustav llegarían pronto. La velocidad era vital para escapar sin dejar rastro.

Tardé sesenta segundos en guardar a Miranda, sus accesorios y los casquillos gastados en el estuche de violonchelo. Me arranqué la protección ocular y auditiva, me quité el mono y lo metí todo en el estuche también.

Había llevado el disfraz debajo del mono: pantalones negros, camisa blanca, chaqueta negra y calcetines, el uniforme ligeramente arrugado de un músico que sale a ganarse la vida un sábado por la noche en La Valeta.

Me moví rápido y con propósito claro hacia el baño. Antes me había untado la cara y el cuello con autobronceador instantáneo. Ahora me coloqué una peluca negra corta y me puse unas lentillas marrones. De camino a la salida del baño, me calcé unos zapatos de cordones desgastados.

Lo último de mi lista era borrar toda evidencia rastreable. Eso significaba prender fuego a la habitación, lo que explicaba la alarma estridente activada a distancia cortesía de Trev y sus guerreros cibernéticos.

El Equipo Elite tenía una regla estricta: cero daños colaterales. Knox había reservado todo el hotel boutique para esta fecha y luego había informado de un retraso en la llegada del grupo.

Aparte de nosotros, no había huéspedes en el lugar en ese momento y, si todo había salido según lo previsto, a esas alturas el personal ya habría sido evacuado por insistencia de un contacto local que habíamos contratado para dirigir la brigada de bomberos.

En los días siguientes, mediante lo que parecería una campaña anónima de crowdfunding, el Equipo Elite también cubriría los gastos del hotel que superaran la franquicia del seguro.

Siempre arreglamos lo que rompemos.

Dejando el estuche abierto detrás de mí, comprobé los explosivos C-4 que Knox había fijado al suelo antes de marcharse.

Estaban listos.

Una vez que activara el C-4, la habitación ardería hasta quedar reducida a cenizas, destruyendo toda evidencia física de nuestra presencia. Nadie preparaba un explosivo mejor que un SEAL, y Knox era el mejor. Saqué el detonador del bolsillo y me giré hacia el vestíbulo.

Bum.

Todo el edificio tembló bajo mis pies. La fuerza de una explosión brutal me levantó en vilo, me lanzó a través de la suite y me estampó contra la pared como un insecto en un parabrisas.

Por un momento, solo vi negro absoluto. El silencio zumbaba en mis oídos antes de que un pitido agudo me taladrara la cabeza. Me tapé los oídos con las manos. No podía levantarme. Ni pensar.

O piensas o mueres, vieja, así que piensa.

Parpadeé varias veces, intentando ver con claridad mientras me frotaba los ojos llorosos. ¿Qué demonios? ¿Había cometido un error y activado la explosión antes de tiempo?

No recordaba haber pulsado el detonador.

Ordené mentalmente a la habitación que dejara de girar, me impulsé desde el suelo y gateé con las rodillas temblorosas, inhalando el olor a azufre y saboreando tierra y cobre en la boca. Me froté la cara y vi, realmente vi, el daño.

Los escombros cubrían la habitación. Una espesa nube de humo y polvo se arremolinaba en el aire, dificultando la visión.

Las puertas correderas habían desaparecido.

Los espejos estaban rotos. La lámpara de araña yacía destrozada en el suelo.

Pequeños fuegos brotaban aquí y allá, consumiendo las cortinas y royendo la alfombra.

El paquete de C-4 permanecía sin explotar bajo un montón de escombros, pero la terraza había desaparecido.

Desaparecida.

Un enorme boquete ocupaba el lugar de la pared que antes separaba el exterior del interior.

Joder. Maldita sea.

Alguien me había lanzado una granada propulsada. Si hubiera ocurrido tres minutos antes, ahora mismo estaría criando malvas.

Informar. Tenía que informar a Knox.

Llevé la mano al auricular, pero no estaba. El receptor del cinturón también había desaparecido, arrancado por la explosión. Rebuscando entre los escombros, encontré la pequeña caja negra junto a la pared contra la que había chocado con tanta violencia. Agrietada. Inservible.

Busqué a tientas el móvil en el bolsillo. Un trozo de metralla había rasgado los pantalones y atravesado el teléfono. La pantalla había desaparecido. El móvil estaba muerto. Me había salvado de una herida, pero estaba destrozado sin remedio.

Cero comunicaciones.

La peluca yacía en el suelo, sucia pero intacta. La agarré, la sacudí y me la encasqueté de nuevo. Para salir de esta, iba a necesitar el disfraz completo.

Las llamas se extendían rápidamente por la habitación. El C-4 era un explosivo muy estable, pero Trev había desactivado los aspersores de la suite a distancia, y Knox y yo habíamos empapado las alfombras y los muebles con acelerante.

La suite ya ardía.

Tragué humo sin querer y tosí. Era cuestión de tiempo que aquello se convirtiera en un infierno. Además, Girard y sus matones seguramente venían de camino a comprobar su obra.

Tenía que largarme de allí pitando.

Pero antes tenía que terminar la misión.

El detonador. Lo tenía en la mano cuando impactó el RPG. Apartando mierda a un lado, lo encontré no muy lejos de donde yacía el receptor roto. Por suerte, parecía intacto. Ahora solo quedaba comprobar si funcionaba.

Me moví deprisa, notando el dolor de los moratones que empezaban a formarse, muy consciente de que podía llegar otro RPG en cualquier momento. Corrí hacia el vestíbulo.