Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Karma

Localicé mi objetivo. Inhalé. Exhalé. En el fondo de la pausa natural de la respiración, apreté el gatillo, una presión suave del pulpejo del dedo contra el metal.

El objetivo cayó.

Tiré del cerrojo, expulsé el casquillo y lo accioné de nuevo inmediatamente para cargar la siguiente bala. Identifiqué mi siguiente objetivo y repetí el proceso.

Era una secuencia grabada en mi ser. Alinear el disparo. Inhalar. Exhalar. Apretar. Tirar. Accionar. Repetir.

Estaba en la zona.

Mi mente procesaba un millón de pensamientos por segundo mientras repasaba continuamente la lista de control interna y externa que alimentaba el cerebro de una francotiradora.

El circuito interno se centraba en mantener el ritmo cardíaco bajo, gestionar la adrenalina, conservar la disciplina respiratoria, sostener una forma de tiro óptima y calcular y ajustar los disparos.

El circuito externo monitorizaba los factores ambientales: el clima, mi equipo en tierra, la distribución enemiga en la zona de fuego. Registraba amenazas potenciales y discernía qué había delante y detrás de cada disparo.

En ese momento era un ordenador balístico humano, consumida por mi misión, entrenada para colocar con precisión las balas donde se necesitaban.

Asentada en la cadencia letal de la francotiradora, mi arma era una extensión de mí misma. Tras haberme criado con el ojo en la mira, tras años de entrenamiento, práctica y experiencia sobre el terreno, el proceso me resultaba tan natural como respirar.

Alineé el siguiente disparo, disfrutando de la sensación de la carrillera de Miranda contra mi rostro: fuerte, suave, fiable; firme pero también delicada. Me recordaba a cuando me recosté sobre el pecho acerado de Knox la noche anterior, después de hacer el amor.

Apreté el gatillo. Pum. Mi hombro absorbió el retroceso amortiguado de Miranda, un empuje brusco y satisfactorio que me daba casi tanto placer como las embestidas profundas de mi amante.

Objetivo neutralizado.

Me encantaba disparar tanto como me encantaba el sexo.

Mi cuerpo estaba habituado a ello, lo necesitaba.

Necesitaba cazar para sobrevivir en un universo donde no tenía otro propósito.

No disfrutaba del aspecto letal de mi oficio, pero entendía que era necesario para que mi equipo sobreviviera, los inocentes prosperaran y mi país mantuviera a sus ciudadanos a salvo.

No justificaba mi oficio mortal. Había dejado de hacerlo mucho tiempo atrás.

Simplemente creía que era un mal necesario para contener males peores que yo.

Al buscar y destruir a criminales despiadados que se aprovechaban de seres humanos inocentes, era la cazadora de cazadores, Karma venida a impartir karma.

Cada vez que disparaba, apenas ciento treinta decibelios ronroneaban en mis oídos protegidos.

Los susurros amortiguados de Miranda llegaban en forma de ráfagas, pums apagados, seguidos del débil pero satisfactorio tintineo del casquillo usado al golpear la tela que había colocado sobre las baldosas.

El aroma picante de la pólvora me anclaba en la secuencia rápida y fluida: el olor distante a carne carbonizada con un toque de azufre y metal, el perfume de mi vida.

Esos eran los sonidos, las imágenes y los aromas del éxito, de una decisión tomada, disparos realizados y el propósito de mi vida cumplido.

Cada disparo era un ejercicio racional de toma de decisiones. Adquirir objetivo. Centré la retícula en el matón de barba espesa que intentaba flanquear al equipo.

¿Disparar o no disparar?

Mis sentidos volcaban millones de bits de datos en el cerebro. El objetivo sostenía un arma apuntada hacia mis chicos. Su dedo presionaba el gatillo. Las reglas de enfrentamiento eran claras.

Disparar.

Se fue a criar malvas.

Siguiente.

Identifiqué un nuevo objetivo furtivo que corría entre los arbustos y sacudía las hojas como un poseso. Ajusté la mira. Te tengo.

¿Disparar o no disparar?

Figura pequeña. Sin arma. Un niño huyendo de la mano de un jardinero.

No disparar.

Largaos de ahí o acabaréis conociendo al diablo, gente.

Un grupo de unos seis mierdas se reunió junto al ala este del palazzo, todos armados y preparados para emboscar a Knox y al equipo antes de que llegaran al mar. Aprovechando su superioridad numérica para diluir mi impacto, cargaron a través de los jardines.

Iba a tener que tirar de ojo —jerga de francotirador para improvisar.

A esta distancia, tenía que apuntar cuatro cuerpos por delante de un tango en carrera para dar en el blanco. Mi objetivo era la incapacitación rápida e inmediata. Un impacto en el corazón aún podía darle a uno de esos cabrones hasta diez segundos de vida.

Tiempo suficiente para matar a uno de mis chicos.

Calculé el adelanto, encuadré al matón que iba en cabeza, rastreé hacia delante y apreté el gatillo. Primer imbécil abatido. Repetí la secuencia y derribé al segundo y al tercero. Fue suficiente para acojonar a los demás. Se dieron la vuelta y salieron corriendo con el rabo entre las piernas.

Tenía margen para derribarlos a todos antes de que alcanzaran cobertura. Rastreé al que iba en cabeza, apunté por delante de él, lista para meterle la bala justo donde se encontraría con su cabeza.

¿Disparar o no disparar?

Eran un puñado de hijos de puta, una colección de almas podridas.

Había leído sus expedientes: asesinato, violación, tráfico de esclavos, tortura, genocidio.

Ninguno de ellos valía la mierda que cagaba.

Sin embargo, mientras huían de mi equipo dándome la espalda, no presentaban una amenaza clara e inmediata.

Maldita sea. No era una asesina a sangre fría. Era una profesional que se tomaba en serio las reglas de enfrentamiento. Me fastidiaba, pero la decisión estaba clara.

No disparar.

Los dejé escapar.

Corrieron como conejos hacia sus madrigueras y desaparecieron de la vista justo cuando Knox y su equipo esprintaban hacia los acantilados.

Crac.

Un chasquido agudo anunció un disparo, un proyectil de alto calibre que viajaba más rápido que el sonido. No era de los míos y no provenía de un arma con silenciador. Casi al mismo tiempo, una bala silbó sobre mi cabeza y golpeó la pérgola de la terraza.

El disparo no impactó cerca de mí, pero el hecho de que hubiera sido dirigido hacia mi posición significaba que alguien tenía una idea aproximada de dónde estaba, y eso podía convertirse en un problema.

Aún no había completado mi misión.

A través de la mira telescópica, exploré el palazzo y los jardines. Oculta tras los muros, divisé a la seguridad de Girard en vergonzoso desorden, pero en ese momento ninguno disparaba ni apuntaba hacia mí.

Otro chasquido.

Saltaron trozos de hormigón cuando el proyectil impactó en el borde del muro que me protegía.

Maldito cabrón. Había cometido un error al dispararme mientras yo no respondía al fuego.

Reconstruí mentalmente la trayectoria del disparo.

Allí. En el tejado. Parcialmente protegido por la cornisa del edificio, un hombre con traje elegante corría de derecha a izquierda.

Dirigí la mira hacia mi equipo mientras alcanzaban el mirador. Exploré el terreno en busca de hostiles y no encontré ninguno. Volví a apuntar al tirador del tejado y lo observé mientras preparaba su siguiente disparo. Aumenté el zoom y pude verlo bien.

Gustav Girard.

Vaya, hola, pedazo de mierda.

Su segundo disparo llegó desde otra dirección. Estaba usando una técnica de detección por triangulación para localizarme. Dispararía desde varias direcciones con la esperanza de que yo respondiera al fuego. Después cruzaría los ángulos de mis disparos y calcularía mi posición exacta.

Que le jodan. No iba a darle esa satisfacción, pero me fijé en su habilidad con las técnicas antifrancotirador. Estaba bien entrenado, sabía exactamente dónde nos habíamos alojado Knox y yo, y me estaba buscando en la terraza.

El muy hijo de puta no iba a encontrarme tan fácilmente.

Era una lástima que no pudiera eliminarlo.

Si le disparaba y fallaba, revelaría mi posición, que era exactamente lo que él quería.

Por suerte para él, tenía otra prioridad antes de mandarlo al otro barrio.

Debía cumplir la segunda parte de mi misión antes de que sus secuaces, que probablemente ya venían de camino, me acorralaran.

Hora de acabar con esto y largarme de aquí.

***

Knox

Nos detuvimos en el mirador encaramado en lo alto del acantilado y, tras saltar el murete, nos pusimos a cubierto detrás de él.

Un chasquido solitario resonó sobre nuestras cabezas, pero el disparo no impactó cerca de nosotros.

Las primeras gotas de lluvia me salpicaron la piel.

Unos seis metros más abajo, las olas lamían las rocas y dibujaban remolinos de espuma en la superficie.

Miré a Ram.

—¿Podrás nadar?

—Claro que sí —dijo mientras vigilaba los jardines a nuestra espalda con el arma en ristre.

—Estás sangrando —Mac miró a Ram—. ¿Y los tiburones?

Ram, un SEAL como yo, sonrió con suficiencia.

—Mi sangre es más bien repelente de tiburones, así que no tengas miedo, machote del Delta. Quédate pegado a mí y no te comerán.

Atado a mi espalda, Girard soltó un gemido lastimero, pero los tres nos reímos.

—Vosotros dos, no os separéis —ordené a Ram y Mac, y luego pulsé el comunicador—. Control, aquí Verde. Luz verde. Repito. Luz verde. Cambio.

Una lancha neumática de casco rígido de doble motor y cuatro metros y medio de eslora —RHIB— apareció a toda velocidad bordeando la costa rocosa, tripulada por una figura enfundada en neopreno.

Sabía quién iba al timón de nuestra Zodiac.

Tanto en el universo cibernético como sobre el terreno, siempre podía contar con Trev.

Flanqueado por Mac y Ram, señalé el mar con la cabeza.

—Id.

Se lanzaron.

—Eh, Gasparito —le di un golpecito en la coronilla a Girard para asegurarme de que prestaba atención—. Coge aire y aguanta la respiración.

El hijo de puta chilló como un cerdo.

Di un paso adelante. Con el arma bien sujeta, el corazón bombeando adrenalina y el sabor de la victoria en la boca, salté.