Capítulo Siete #3
Hiciera falta o no, me moví rápidamente tras la esquina, levanté el arma y apunté a la puerta.
Trev la abrió y entró un hombre negro atractivo, con nariz prominente, ojos castaño oscuro y ese corte de pelo moderno que volvía locas a las mujeres: rizos cortos en la parte superior y degradado en los lados.
Llevaba el uniforme del hotel y empujó un carrito repleto de platos tapados hacia la habitación.
—¿Alguien ha pedido hamburguesas con queso? —preguntó con un melodioso acento africano.
—Ese sería yo —dijo Trev, y cerró la puerta tras el camarero.
—Sin novedad en el frente —se apresuró a decir el ex-SEAL en cuanto vio mi arma, recuperando su acento americano de siempre—. No me dispares, Karma. Soy muy fan tuyo, pero no quiero acabar con tus balas en el cuerpo.
—Ramírez —dije sin dejar de apuntarle—. ¿Por qué coño no estás siguiendo a Knox?
—Viene justo detrás de mí —informó—. Mac cierra la retaguardia.
—Ram, Ram, Ram —negué con la cabeza y bajé el arma, dedicándole esa mueca que helaba la sangre a los hombres más débiles—. Si le pasa algo a Knox, vas a parecer un puto colador en tu ataúd.
—El propio Tritón me ordenó adelantarme —Ram se dejó caer en el sofá, plantó sus zapatos relucientes sobre la mesa de centro y me dedicó una amplia sonrisa—. Si no te gusta, háblalo con el jefazo. Yo solo sigo órdenes y consigo hamburguesas.
—Tiene razón, ¿sabes? —Trev aparcó la silla junto al sofá y volvió a centrarse en la pantalla—. Eso de no matar al mensajero parece que aplica aquí.
—Por cierto —Ram señaló mi pecho—. Me mola mogollón la camiseta. Es tan...
—¿Yo? —le corté.
—Iba a decir guay.
—Hoy te toca el buen Karma —le guiñé un ojo—. Acabas de apuntarte un montón de tantos.
El móvil volvió a sonar y, un momento después, una tarjeta pitó en la puerta. Como esperaba a Knox, gruñí cuando entró Big Mac en su lugar: un metro noventa y cinco de puro músculo y piel bronceada.
Llevaba el pelo oscuro y brillante recogido en un moño descuidado que no conseguía contener todos sus rizos.
La barba incipiente que le salpicaba la mandíbula y el labio superior contribuía a su aire relajado.
Con pantalones cortos tipo cargo, camisa hawaiana y chanclas, pasaba desapercibido como el ex-Delta que era, con pinta del turista canadiense que debía aparentar.
—Lo de la tranquilidad en el frente occidental —dijo, cerró la puerta tras de sí y se detuvo en seco al toparse con mi mirada—. ¿Qué he hecho ahora?
—Cienfuegos, ¿qué coño te pasa? —le espeté—. ¿Dónde está tu activo?
—Mi activo está abajo ligando con una tía buena en el bar para darme tiempo a subir sin que me detecten mientras Druida controla las cámaras —Mac quitó la tapa de uno de los platos, cogió una hamburguesa y le pegó un mordisco antes de hablar con la boca llena—.
Ya conoces a Tritón. El primero en entrar, el último en salir.
Así que déjame en paz y métete con él si te molesta tanto.
—Karma es un pelín sobreprotectora, eso es todo —Ram cogió una botella de refresco del carrito y desenroscó el tapón con su manaza—. No le gusta que Tritón ande suelto si no lo tiene en el punto de mira.
—Tampoco le gusta su calamar frito —Mac se rio mientras masticaba.
—¿Te he pedido tu opinión sobre mis gustos? —cogí una patata frita del plato y le apunté con ella—. Ah, espera. No, ¿verdad? Pues entonces levanta la mano, tápate la boca y no la quites, a menos que quieras que te meta un tiro en tu micropolla sin previo aviso.
—Ay —Mac se cubrió el paquete—. Y yo que pensaba que te caía bien.
—Dato curioso —mordí la patata por la mitad—. Sois mi trabajo. Mientras estéis bajo mi vigilancia, la única que os mete una bala soy yo.
—Joder, dale un respiro al currante —Mac puso los ojos en blanco—. En el fondo nos quieres.
—Cierto —Trev no apartó los ojos de la pantalla, pero ensanchó la sonrisa.
—También sé que soy tu favorito —Mac, esperanzado, mostró una hilera de dientes rectos manchados de kétchup y mostaza.
—Claro, eres un coñazo —fingí darle la razón—. Me caes tan jodidamente bien que si me pidieras una palmadita en la espalda, te tiraría por el precipicio más cercano.
Ram intentó aguantarse la risa y acabó echando un chorro de refresco por la nariz.
Mac negó con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevas con este humor de perros de categoría cinco, borrascas?
—Oh, no sé —me lamí la sal de los dedos—. ¿Unos treinta y cuatro años?
—Joder, tía, eso es mucho tiempo para estar cabreada.
—No me llamo «tía» —le dediqué a Mac mi sonrisa más gélida—. Me llamo Karma y se pronuncia «que te jodan».
El móvil volvió a sonar.
—Ya llega Tritón —anunció Trev sin dejar de teclear.
Miré por encima de su hombro y vi a Knox en la pantalla, riendo con una mujer en el ascensor. Al verlo coquetear con la señorita Oh Qué Grande y Musculoso y Guapo Eres, empecé a echar humo como una tetera.
—¿Hace calor aquí, o qué? —Mac tiró de su cuello y se abanicó la cara.
—O qué —espeté.
Un minuto después, la puerta se abrió y Knox entró con paso firme, un vaquero completamente fuera de lugar en Malta y, sin embargo, como si hubiera nacido para estar allí.
Echó el cerrojo y me miró de arriba abajo, como para asegurarse de que estaba entera.
¿Acaso pensaba que iba a desmoronarme por dos míseras horas en el visor?
Se quitó el sombrero, lo dejó en la encimera y clavó la mirada en Trev.
—¿Quieres decirme qué demonios haces aquí?
—Sí, cuéntanos —crucé los brazos y me apoyé en la barra—. Estamos todos en ascuas.
—Niños, no os pongáis quisquillosos conmigo —Trev cerró el portátil y por fin nos prestó toda su atención—. Estoy aquí por una razón de lo más interesante.
—¿Y cuál es?
—Hemos localizado la ubicación principal de las minas de criptomonedas de Girard.
—¿Dónde? —exigió Knox.
—Justo debajo de nuestras narices, o quizás debería decir, justo debajo del palazzo, en una serie de cuevas de piedra caliza que se adentran en la isla.
Knox soltó un silbido.
—¿Cómo demonios lo descubriste?
—Estudiamos la red eléctrica y descubrimos que cierta zona de Malta estaba devorando más electricidad que Dinamarca entera. O era una plantación de marihuana a lo grande o una operación de minería de criptomonedas. Cuando me centré en las coordenadas, tuve la respuesta.
Ram chocó los cinco con Trev.
—Eres el mejor, Druid.
—Jodidamente brillante —Mac le ofreció un puño para chocarlo.
—Eso todavía no explica por qué estás aquí —señalé, muerta de curiosidad.
—Sí, sobre eso —Trev se encogió de hombros—. La CIA quiere sacar a Gircoin de circulación. Girard y compañía están a punto de facilitar una transacción de armas nucleares entre estados canallas. Inaceptable. Dada nuestra misión, estamos en posición de ayudar, así que voilà.
—Todo el trabajo preliminar está hecho —Knox frunció el ceño, sin molestarse en ocultar su disgusto por tener que desviarse del plan—. Hemos escondido el equipo, atado todos los cabos, revisado hasta el último detalle. ¿Cómo cambia este nuevo objetivo nuestra operación?
Trev esbozó su sonrisa plácida.
—Estoy aquí para añadirle un toque de sabotaje a nuestra misión.